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Serie de Henry Jansma

Los Treinta y Nueve Artículos

Los Treinta y Nueve Artículos de Religión son la confesión doctrinal del anglicanismo clásico. Se acordaron en la Convocación de Londres de 1562 y quedaron fijados en 1571.

Aquí está el texto de los treinta y nueve, en la traducción de nuestro Libro de Oración Común de 1662. Bajo cada artículo, un enlace lleva al comentario de Henry Jansma, escrito entre 2017 y 2019.

Enrique VIII entrega la Biblia a prelados y a laicos; Dios Padre aparece sobre el trono, entre filacterias.

Dios y la Escritura

Artículos I a VIII

Imagen: Autor desconocido, «Portada de la Gran Biblia» (1539). Dominio público, vía Wikimedia Commons: Portada de la Gran Biblia (1539).

I. De la fe en la Santa Trinidad.

Hay un solo Dios vivo y verdadero, eterno, sin cuerpo, partes ni pasiones; de infinito poder, sabiduría y bondad; Hacedor y Conservador de todas las cosas, tanto visibles como invisibles. Y en la unidad de esta divinidad hay tres personas, de una misma sustancia, poder y eternidad: el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo.

Comentario de este artículo: Un Dios en Trinidad, y la Trinidad en unidad Entrega 2 de 38

II. Del Verbo o Hijo de Dios, que se hizo verdadero hombre.

El Hijo, que es el Verbo del Padre, engendrado del Padre desde la eternidad, verdadero y eterno Dios, y de una misma sustancia con el Padre, tomó la naturaleza humana en el seno de la bienaventurada Virgen, de la sustancia de ella; de modo que dos naturalezas enteras y perfectas, es decir, la divinidad y la humanidad, fueron unidas en una sola persona, para no ser nunca divididas, de las cuales consta un solo Cristo, verdadero Dios y verdadero hombre; que verdaderamente padeció, fue crucificado, muerto y sepultado, para reconciliar a su Padre con nosotros, y para ser sacrificio no solo por la culpa original, sino también por todos los pecados actuales de los hombres.

Comentario de este artículo: La encarnación y la expiación Entrega 3 de 38

III. Del descenso de Cristo a los infiernos.

Así como Cristo murió por nosotros y fue sepultado, así también ha de creerse que descendió a los infiernos.

Comentario de los artículos III y IV: La obra de Cristo Entrega 4 de 38

IV. De la resurrección de Cristo.

Cristo verdaderamente resucitó de la muerte, y volvió a tomar su cuerpo, con carne, huesos y todo lo que pertenece a la perfección de la naturaleza humana; con él subió al cielo, y allí está sentado hasta que vuelva para juzgar a todos los hombres en el último día.

Comentario de los artículos III y IV: La obra de Cristo Entrega 4 de 38

V. Del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, es de una misma sustancia, majestad y gloria con el Padre y el Hijo, verdadero y eterno Dios.

Comentario de este artículo: El Espíritu Santo Entrega 5 de 38

VI. De la suficiencia de las Sagradas Escrituras para la salvación.

La Sagrada Escritura contiene todo lo necesario para la salvación; de modo que lo que no se lee en ella ni puede probarse por ella no ha de exigirse a nadie para que sea creído como artículo de la fe, ni para que sea tenido por requisito necesario para la salvación. Bajo el nombre de Sagrada Escritura entendemos aquellos libros canónicos del Antiguo y del Nuevo Testamento de cuya autoridad nunca hubo duda alguna en la Iglesia.

De los nombres y el número de los libros canónicos.

  • Génesis,
  • Éxodo,
  • Levítico,
  • Números,
  • Deuteronomio,
  • Josué,
  • Jueces,
  • Rut,
  • El primer libro de Samuel,
  • El segundo libro de Samuel,
  • El primer libro de los Reyes,
  • El segundo libro de los Reyes,
  • El primer libro de las Crónicas,
  • El segundo libro de las Crónicas,
  • El primer libro de Esdras,
  • El segundo libro de Esdras,
  • El libro de Ester,
  • El libro de Job,
  • Los Salmos,
  • Los Proverbios,
  • Eclesiastés o el Predicador,
  • Cantica, o Cantares de Salomón,
  • Los cuatro Profetas mayores,
  • Los doce Profetas menores.

Y los otros libros (como dice Jerónimo) la Iglesia los lee como ejemplo de vida e instrucción de costumbres; pero, con todo, no los aplica para establecer doctrina alguna. Tales son los siguientes:

  • El tercer libro de Esdras,
  • El cuarto libro de Esdras,
  • El libro de Tobías,
  • El libro de Judit,
  • El resto del libro de Ester,
  • El libro de la Sabiduría,
  • Jesús, hijo de Sirac,
  • Baruc el profeta,
  • El Cántico de los tres jóvenes,
  • La historia de Susana,
  • De Bel y el Dragón,
  • La oración de Manasés,
  • El primer libro de los Macabeos,
  • El segundo libro de los Macabeos.

Todos los libros del Nuevo Testamento, tal como se reciben comúnmente, los recibimos y los tenemos por canónicos.

Comentario de este artículo: La regla de fe (1) Entrega 6 de 38

VII. Del Antiguo Testamento.

El Antiguo Testamento no es contrario al Nuevo, porque tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento se ofrece al género humano la vida eterna por Cristo, que es el único Mediador entre Dios y el hombre, siendo a la vez Dios y hombre. Por tanto, no han de ser oídos los que se figuran que los antiguos padres solo esperaban promesas transitorias. Aunque la Ley dada por Dios mediante Moisés, en cuanto a ceremonias y ritos, no obliga a los cristianos, ni sus preceptos civiles deben necesariamente recibirse en ningún Estado, sin embargo, ningún cristiano, sea quien sea, está libre de la obediencia a los mandamientos que se llaman morales.

Comentario de este artículo: La regla de fe (2) Entrega 7 de 38

VIII. De los tres Credos.

Los tres Credos —el Credo Niceno, el Credo de Atanasio y el que comúnmente se llama Credo de los Apóstoles— deben recibirse y creerse enteramente, porque pueden probarse por testimonios certísimos de la Sagrada Escritura.

Comentario de este artículo: La regla de fe (3) Entrega 8 de 38

El padre apoya las manos sobre los hombros del hijo arrodillado, mientras otros personajes observan.

La salvación

Artículos IX a XVIII

Imagen: Rembrandt van Rijn, «El regreso del hijo pródigo» (h. 1668). Dominio público, vía Wikimedia Commons: El regreso del hijo pródigo, de Rembrandt (h. 1668).

IX. Del pecado original o de nacimiento.

El pecado original no consiste en la imitación de Adán (como vanamente dicen los pelagianos), sino que es el vicio y la corrupción de la naturaleza de todo hombre que naturalmente es engendrado de la descendencia de Adán, corrupción por la cual el hombre está muy apartado de la justicia original y es, por su propia naturaleza, inclinado al mal, de manera que la carne desea siempre contra el espíritu; y por eso, en toda persona que nace en este mundo, ese pecado merece la ira y la condenación de Dios. Y esta infección de la naturaleza permanece incluso en los que son regenerados; por lo cual la concupiscencia de la carne, llamada en griego φρόνημα σαρκός, que unos interpretan como la sabiduría, otros la sensualidad, otros el afecto, otros el deseo de la carne, no está sujeta a la ley de Dios. Y aunque no hay condenación para los que creen y son bautizados, el Apóstol confiesa, sin embargo, que la concupiscencia y la codicia tienen por sí mismas naturaleza de pecado.

Comentario de este artículo: Culpa, gracia y gratitud (1) Entrega 9 de 38

X. Del libre albedrío.

La condición del hombre después de la caída de Adán es tal que no puede convertirse ni prepararse, por su propia fuerza natural y sus buenas obras, a la fe y a la invocación de Dios. Por tanto, no tenemos poder para hacer buenas obras gratas y aceptables a Dios sin la gracia de Dios por Cristo, la cual va delante de nosotros para que tengamos buena voluntad, y obra con nosotros cuando tenemos esa buena voluntad.

Comentario de este artículo: Culpa, gracia y gratitud (2) Entrega 10 de 38

XI. De la justificación del hombre.

Somos tenidos por justos delante de Dios solo por el mérito de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, por la fe, y no por nuestras propias obras o merecimientos. Por tanto, que somos justificados solo por la fe es una doctrina muy saludable y muy llena de consuelo, como se expone más ampliamente en la Homilía de la justificación.

Comentario de este artículo: Culpa, gracia y gratitud (3) Entrega 11 de 38

XII. De las buenas obras.

Aunque las buenas obras, que son frutos de la fe y siguen a la justificación, no pueden quitar nuestros pecados ni soportar la severidad del juicio de Dios, son, sin embargo, agradables y aceptables a Dios en Cristo, y brotan necesariamente de una fe verdadera y viva; de tal manera que por ellas puede conocerse una fe viva tan claramente como se distingue un árbol por su fruto.

Comentario de este artículo: Culpa, gracia y gratitud (4) Entrega 12 de 38

XIII. De las obras antes de la justificación.

Las obras hechas antes de la gracia de Cristo y de la inspiración de su Espíritu no son gratas a Dios, puesto que no brotan de la fe en Jesucristo; ni hacen a los hombres aptos para recibir la gracia, ni (como dicen los autores escolásticos) merecen de congruo la gracia; antes bien, porque no están hechas como Dios ha querido y mandado que se hagan, no dudamos que tienen naturaleza de pecado.

Comentario de los artículos XIII y XIV: Culpa, gracia y gratitud (5) Entrega 13 de 38

XIV. De las obras de supererogación.

Las obras voluntarias añadidas a los mandamientos de Dios, por encima y más allá de ellos, que llaman obras de supererogación, no pueden enseñarse sin arrogancia e impiedad; porque por ellas los hombres declaran que no solo rinden a Dios todo cuanto están obligados a hacer, sino que por causa de él hacen más de lo que por deber se exige; mientras que Cristo dice claramente: «Cuando hayáis hecho todo lo que os ha sido mandado, decid: Siervos inútiles somos».

Comentario de los artículos XIII y XIV: Culpa, gracia y gratitud (5) Entrega 13 de 38

XV. De Cristo, único sin pecado.

Cristo, en la verdad de nuestra naturaleza, fue hecho semejante a nosotros en todo, excepto solo en el pecado, del cual estuvo enteramente libre, tanto en su carne como en su espíritu. Vino para ser el Cordero sin mancha, que, por el sacrificio de sí mismo hecho una sola vez, quitaría los pecados del mundo; y en él (como dice San Juan) no hubo pecado. Pero todos nosotros los demás, aunque bautizados y nacidos de nuevo en Cristo, ofendemos, sin embargo, en muchas cosas; y si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros.

Comentario de este artículo: Culpa, gracia y gratitud (6) Entrega 14 de 38

XVI. Del pecado después del bautismo.

No todo pecado mortal cometido voluntariamente después del bautismo es pecado contra el Espíritu Santo e imperdonable. Por tanto, no ha de negarse la concesión del arrepentimiento a los que caen en pecado después del bautismo. Después de haber recibido el Espíritu Santo, podemos apartarnos de la gracia dada y caer en pecado, y por la gracia de Dios podemos levantarnos de nuevo y enmendar nuestra vida. Y por eso han de ser condenados los que dicen que ya no pueden pecar mientras vivan aquí, o niegan a los que verdaderamente se arrepienten que haya lugar para el perdón.

Comentario de este artículo: Culpa, gracia y gratitud (7) Entrega 15 de 38

XVII. De la predestinación y la elección.

La predestinación para la vida es el propósito eterno de Dios, por el cual, antes de que se pusieran los fundamentos del mundo, ha decretado con firmeza, por su consejo, secreto para nosotros, librar de la maldición y de la condenación a aquellos que ha escogido en Cristo de entre el género humano, y llevarlos por Cristo a la salvación eterna, como vasos hechos para honra. Por tanto, los que están dotados de tan excelente beneficio de Dios son llamados según el propósito de Dios por su Espíritu, que obra a su debido tiempo; ellos, por la gracia, obedecen al llamamiento; son justificados gratuitamente; son hechos hijos de Dios por adopción; son hechos semejantes a la imagen de su Hijo unigénito Jesucristo; andan religiosamente en buenas obras; y al fin, por la misericordia de Dios, alcanzan la felicidad eterna.

Así como la piadosa consideración de la predestinación y de nuestra elección en Cristo está llena de un consuelo dulce, grato e inefable para las personas piadosas y para quienes sienten en sí mismos la acción del Espíritu de Cristo, que mortifica las obras de la carne y sus miembros terrenales, y eleva su mente a las cosas altas y celestiales —tanto porque establece y confirma grandemente su fe en la salvación eterna que han de gozar por Cristo, como porque enciende fervientemente su amor a Dios—, así también, para las personas curiosas y carnales, que carecen del Espíritu de Cristo, tener continuamente delante de los ojos la sentencia de la predestinación de Dios es una caída peligrosísima, por la cual el diablo las empuja o a la desesperación o al descuido de una vida sumamente impura, no menos peligroso que la desesperación.

Además, debemos recibir las promesas de Dios tal como nos son propuestas de manera general en la Sagrada Escritura; y en nuestras acciones ha de seguirse aquella voluntad de Dios que tenemos expresamente declarada en la palabra de Dios.

Comentario de este artículo: ¡Solo la gracia! Entrega 16 de 38

XVIII. De la obtención de la salvación eterna solo por el nombre de Cristo.

También han de ser tenidos por malditos los que se atreven a decir que todo hombre se salvará por la ley o secta que profesa, con tal que sea diligente en ajustar su vida a esa ley y a la luz de la naturaleza. Porque la Sagrada Escritura nos presenta solamente el nombre de Jesucristo como aquel por el cual los hombres deben ser salvos.

Comentario de este artículo: ¡Solo Cristo! Entrega 17 de 38

Nave encalada de una iglesia reformada holandesa, con bancos, púlpito y fieles sentados.

La Iglesia

Artículos XIX a XXIV

Imagen: Pieter Jansz. Saenredam, «Interior de la iglesia de San Odulfo en Assendelft» (1649). Dominio público, vía Wikimedia Commons: Interior de la iglesia de San Odulfo en Assendelft, de Pieter Jansz. Saenredam (1649).

XIX. De la Iglesia.

La Iglesia visible de Cristo es una congregación de fieles en la cual se predica la pura palabra de Dios y se administran debidamente los sacramentos conforme a la disposición de Cristo, en todo lo que por necesidad se requiere para ellos.

Así como la Iglesia de Jerusalén, la de Alejandría y la de Antioquía han errado, así también ha errado la Iglesia de Roma, no solo en su modo de vivir y en la forma de sus ceremonias, sino también en materias de fe.

Comentario de este artículo: La Iglesia visible e invisible (1) Entrega 18 de 38

XX. De la autoridad de la Iglesia.

La Iglesia tiene poder para decretar ritos o ceremonias, y autoridad en las controversias de fe; y, sin embargo, no le es lícito a la Iglesia ordenar nada que sea contrario a la palabra de Dios escrita, ni puede exponer un pasaje de la Escritura de tal modo que se oponga a otro. Por tanto, aunque la Iglesia sea testigo y guardiana de la Sagrada Escritura, así como no debe decretar nada en contra de ella, tampoco debe, fuera de ella, imponer que se crea cosa alguna como necesaria para la salvación.

Comentario de este artículo: La Iglesia visible e invisible (2) Entrega 19 de 38

XXI. De la autoridad de los concilios generales.

Los concilios generales no pueden reunirse sin el mandato y la voluntad de los soberanos. Y cuando se reúnen (puesto que son una asamblea de hombres, de los cuales no todos son gobernados por el Espíritu y la palabra de Dios), pueden errar, y a veces han errado, aun en las cosas que pertenecen a Dios. Por tanto, lo que ellos ordenan como necesario para la salvación no tiene fuerza ni autoridad, a menos que pueda mostrarse que ha sido tomado de la Sagrada Escritura.

Comentario de este artículo: La Iglesia visible e invisible (3) Entrega 20 de 38

XXII. Del purgatorio.

La doctrina romanista acerca del purgatorio, las indulgencias, el culto y la adoración tanto de imágenes como de reliquias, y también la invocación de los santos, es cosa necia, inventada vanamente, y no se funda en ningún testimonio de la Escritura, sino que más bien se opone a la palabra de Dios.

Comentario de este artículo: La Iglesia visible e invisible (4) Entrega 21 de 38

XXIII. Del ministerio en la congregación.

No es lícito que nadie tome sobre sí el oficio de la predicación pública o de la administración de los sacramentos en la congregación antes de ser legítimamente llamado y enviado a ejercerlo. Y debemos juzgar legítimamente llamados y enviados a los que son escogidos y llamados a esta obra por hombres que tienen autoridad pública, dada a ellos en la congregación, para llamar y enviar ministros a la viña del Señor.

Comentario de este artículo: La Iglesia visible e invisible (5) Entrega 22 de 38

XXIV. De hablar en la congregación en una lengua que el pueblo entienda.

Es cosa claramente opuesta a la palabra de Dios y a la costumbre de la Iglesia primitiva tener la oración pública en la Iglesia, o administrar los sacramentos, en una lengua que el pueblo no entiende.

Comentario de este artículo: La Iglesia visible e invisible (6) Entrega 23 de 38

Una iglesia inglesa reformada: la mesa de la comunión con el pan y el vino, el púlpito con el predicador, la pila del bautismo y la congregación.

Los sacramentos

Artículos XXV a XXXI

Imagen: Autor desconocido, «El templo bien purgado» (detalle), grabado de las Actas y monumentos de John Foxe (1563). Dominio público, vía Wikimedia Commons: El templo bien purgado (detalle: la mesa de la comunión), grabado de las Actas y monumentos de John Foxe (1563).

XXV. De los sacramentos.

Los sacramentos ordenados por Cristo no son solamente insignias o señales de la profesión de los cristianos, sino más bien ciertos testimonios seguros, y signos eficaces de la gracia y de la buena voluntad de Dios hacia nosotros, por medio de los cuales él obra invisiblemente en nosotros, y no solo aviva, sino que también fortalece y confirma nuestra fe en él.

Hay dos sacramentos ordenados por Cristo nuestro Señor en el evangelio, a saber, el bautismo y la Cena del Señor.

Los cinco llamados comúnmente sacramentos, a saber, la confirmación, la penitencia, las órdenes, el matrimonio y la extremaunción, no han de tenerse por sacramentos del evangelio, siendo tales que en parte han nacido de una imitación corrompida de los apóstoles y en parte son estados de vida aprobados en las Escrituras; pero, con todo, no tienen la misma naturaleza de sacramentos que el bautismo y la Cena del Señor, porque no tienen ningún signo visible ni ceremonia ordenados por Dios.

Los sacramentos no fueron ordenados por Cristo para ser contemplados o llevados de un lado a otro, sino para que los usemos debidamente. Y solo en quienes los reciben dignamente tienen un efecto u operación saludable; pero los que los reciben indignamente adquieren para sí la condenación, como dice San Pablo.

Comentario de este artículo: Los sacramentos (1) Entrega 24 de 38

XXVI. De la indignidad de los ministros, que no impide el efecto de los sacramentos.

Aunque en la Iglesia visible los malos están siempre mezclados con los buenos, y a veces los malos tienen la autoridad principal en la administración de la palabra y los sacramentos, sin embargo, puesto que no lo hacen en su propio nombre, sino en el de Cristo, y administran por comisión y autoridad de él, podemos servirnos de su ministerio, tanto al oír la palabra de Dios como al recibir los sacramentos. Ni su maldad quita el efecto de lo que Cristo ordenó, ni disminuye la gracia de los dones de Dios en quienes por la fe y rectamente reciben los sacramentos que se les administran; los cuales son eficaces por causa de la institución y la promesa de Cristo, aunque sean administrados por hombres malos.

Con todo, corresponde a la disciplina de la Iglesia que se haga indagación sobre los ministros malos, y que sean acusados por los que tienen conocimiento de sus faltas; y, finalmente, que, hallados culpables, sean depuestos por justo juicio.

Comentario de este artículo: Los sacramentos (2) Entrega 25 de 38

XXVII. Del bautismo.

El bautismo no es solamente un signo de profesión y una señal de diferencia, por la cual se distingue a los cristianos de los demás que no están bautizados, sino que es también un signo de la regeneración o nuevo nacimiento, por el cual, como por un instrumento, los que reciben rectamente el bautismo son injertados en la Iglesia; las promesas del perdón del pecado y de nuestra adopción para ser hijos de Dios por el Espíritu Santo son visiblemente señaladas y selladas; la fe es confirmada y la gracia aumentada en virtud de la oración a Dios. El bautismo de los niños pequeños debe conservarse sin falta en la Iglesia, por ser sumamente conforme con la institución de Cristo.

Comentario de este artículo: Los sacramentos (3) Entrega 26 de 38

XXVIII. De la Cena del Señor.

La Cena del Señor no es solamente un signo del amor que los cristianos deben tenerse unos a otros, sino más bien un sacramento de nuestra redención por la muerte de Cristo; de tal manera que, para los que la reciben rectamente, dignamente y con fe, el pan que partimos es participación del cuerpo de Cristo, y asimismo la copa de bendición es participación de la sangre de Cristo.

La transubstanciación (o cambio de la sustancia del pan y del vino) en la Cena del Señor no puede probarse por la Sagrada Escritura, sino que se opone a las palabras claras de la Escritura, subvierte la naturaleza de un sacramento y ha dado ocasión a muchas supersticiones.

El cuerpo de Cristo se da, se toma y se come en la Cena solamente de una manera celestial y espiritual. Y el medio por el cual el cuerpo de Cristo se recibe y se come en la Cena es la fe.

El sacramento de la Cena del Señor no fue, por disposición de Cristo, reservado, llevado de un lado a otro, elevado ni adorado.

Comentario de este artículo: Los sacramentos (4) Entrega 27 de 38

XXIX. De los impíos, que no comen el cuerpo de Cristo en el uso de la Cena del Señor.

Los impíos y los que carecen de una fe viva, aunque carnal y visiblemente aprieten con los dientes (como dice San Agustín) el sacramento del cuerpo y la sangre de Cristo, de ningún modo son partícipes de Cristo, sino que, más bien, para su condenación comen y beben el signo o sacramento de una cosa tan grande.

Comentario de este artículo: Los sacramentos (5) Entrega 28 de 38

XXX. De las dos especies.

La copa del Señor no ha de negarse a los laicos, porque ambas partes del sacramento del Señor, por disposición y mandato de Cristo, deben administrarse por igual a todos los cristianos.

Comentario de este artículo: Los sacramentos (6) Entrega 29 de 38

XXXI. De la única oblación de Cristo consumada en la cruz.

La ofrenda de Cristo, hecha una sola vez, es aquella perfecta redención, propiciación y satisfacción por todos los pecados del mundo entero, tanto el original como los actuales; y no hay otra satisfacción por el pecado sino esa sola. Por tanto, los sacrificios de las misas, en los cuales se decía comúnmente que el sacerdote ofrecía a Cristo por los vivos y los muertos para obtener el perdón de la pena o de la culpa, eran fábulas blasfemas y engaños peligrosos.

Comentario de este artículo: Los sacramentos (7) Entrega 30 de 38

Retrato de Thomas Cranmer con birrete negro, estola de piel y roquete, ante una ventana de cristales en rombo.

La disciplina de la Iglesia

Artículos XXXII a XXXVI

Imagen: Gerlach Flicke, «Thomas Cranmer» (1545). Dominio público, vía Wikimedia Commons: Thomas Cranmer, de Gerlach Flicke (1545).

XXXII. Del matrimonio de los presbíteros.

A los obispos, presbíteros y diáconos no les manda la ley de Dios ni hacer voto del estado de celibato ni abstenerse del matrimonio; por tanto, les es lícito, como a todos los demás cristianos, casarse a su propio criterio, según juzguen que ello sirve mejor a la piedad.

Comentario de este artículo: La disciplina de la Iglesia (1) Entrega 31 de 38

XXXIII. De las personas excomulgadas, y de cómo han de ser evitadas.

La persona que por declaración pública de la Iglesia es rectamente separada de la unidad de la Iglesia y excomulgada debe ser tenida por toda la multitud de los fieles como gentil y publicano, hasta que sea públicamente reconciliada por la penitencia y recibida en la Iglesia por un juez que tenga autoridad para ello.

Comentario de este artículo: La disciplina de la Iglesia (2) Entrega 32 de 38

XXXIV. De las tradiciones de la Iglesia.

No es necesario que las tradiciones y ceremonias sean en todas partes las mismas o del todo semejantes, porque en todo tiempo han sido diversas y pueden cambiarse según la diversidad de los países, los tiempos y las costumbres de los hombres, con tal que no se ordene nada contra la palabra de Dios. Quienquiera que, por su juicio privado, voluntaria y deliberadamente, quebrante abiertamente las tradiciones y ceremonias de la Iglesia que no se oponen a la palabra de Dios y que están ordenadas y aprobadas por la autoridad común, debe ser reprendido públicamente (para que otros teman hacer lo mismo), como quien ofende contra el orden común de la Iglesia, y lesiona la autoridad del magistrado, y hiere las conciencias de los hermanos débiles.

Toda Iglesia particular o nacional tiene autoridad para ordenar, cambiar y abolir las ceremonias o ritos de la Iglesia ordenados solo por autoridad humana, con tal que todo se haga para edificación.

Comentario de este artículo: La disciplina de la Iglesia (3) Entrega 33 de 38

XXXV. De las Homilías.

El segundo Libro de Homilías, cuyos títulos hemos añadido a continuación de este Artículo, contiene una doctrina piadosa y saludable, y necesaria para estos tiempos, como la contiene también el primer Libro de Homilías, que se publicaron en tiempo de Eduardo VI; y por tanto juzgamos que han de ser leídas en las iglesias por los ministros, con diligencia y claridad, para que el pueblo pueda entenderlas.

De los títulos de las Homilías.

  1. Del buen uso de la iglesia.
  2. Contra el peligro de idolatría.
  3. De la reparación y limpieza de las iglesias.
  4. De las buenas obras: primero, del ayuno.
  5. Contra la glotonería y la embriaguez.
  6. Contra el exceso en el vestir.
  7. De la oración.
  8. Del lugar y el tiempo de la oración.
  9. Que las oraciones comunes y los sacramentos deben administrarse en una lengua conocida.
  10. De la estima reverente de la palabra de Dios.
  11. Del dar limosna.
  12. De la natividad de Cristo.
  13. De la pasión de Cristo.
  14. De la resurrección de Cristo.
  15. De la digna recepción del sacramento del cuerpo y la sangre de Cristo.
  16. De los dones del Espíritu Santo.
  17. Para los días de Rogativas.
  18. Del estado del matrimonio.
  19. Del arrepentimiento.
  20. Contra la ociosidad.
  21. Contra la rebelión.

Comentario de este artículo: La disciplina de la Iglesia (4) Entrega 34 de 38

XXXVI. De la consagración de obispos y ministros.

El Libro de la consagración de arzobispos y obispos, y de la ordenación de presbíteros y diáconos, publicado recientemente en tiempo de Eduardo VI y confirmado al mismo tiempo por autoridad del Parlamento, contiene todo lo necesario para tal consagración y ordenación; y no tiene nada que en sí mismo sea supersticioso ni impío. Por tanto, decretamos que están recta, ordenada y legítimamente consagrados y ordenados todos los que han sido consagrados u ordenados conforme a los ritos de ese Libro, desde el segundo año del mencionado rey Eduardo hasta hoy, y todos los que en adelante lo sean conforme a los mismos ritos.

Comentario de este artículo: La disciplina de la Iglesia (5) Entrega 35 de 38

Isabel I con gola de encaje y collares de perlas; a la izquierda, la flota inglesa; a la derecha, la tormenta.

El Estado y la vida civil

Artículos XXXVII a XXXIX

Imagen: Autor desconocido (atribuido antes a George Gower), «Isabel I (Retrato de la Armada)» (h. 1588). Dominio público, vía Wikimedia Commons: Isabel I (Retrato de la Armada), atribuido antes a George Gower (h. 1588).

XXXVII. De los magistrados civiles.

Su Majestad la Reina tiene la potestad principal en este reino de Inglaterra y en sus demás dominios; a ella pertenece, en todas las causas, el gobierno principal de todos los estamentos de este reino, sean eclesiásticos o civiles, y no está ni debe estar sujeta a ninguna jurisdicción extranjera.

Cuando atribuimos a Su Majestad la Reina el gobierno principal (títulos con los cuales entendemos que se ofenden los ánimos de algunas personas calumniadoras), no damos a nuestros soberanos el ministerio ni de la palabra de Dios ni de los sacramentos, cosa que también atestiguan con toda claridad los Mandatos publicados recientemente por Isabel, nuestra Reina; sino solo aquella prerrogativa que vemos que Dios mismo ha dado siempre en las Sagradas Escrituras a todos los soberanos piadosos: es decir, que gobiernen todos los estamentos y rangos encomendados por Dios a su cuidado, sean eclesiásticos o temporales, y que repriman con la espada civil a los obstinados y a los malhechores.

El obispo de Roma no tiene ninguna jurisdicción en este reino de Inglaterra.

Las leyes del reino pueden castigar con la muerte a los cristianos por delitos atroces y graves.

Es lícito a los cristianos, por mandato del magistrado, portar armas y servir en las guerras.

Comentario de este artículo: La Iglesia y el Estado Entrega 36 de 38

XXXVIII. De los bienes de los cristianos, que no son comunes.

Las riquezas y los bienes de los cristianos no son comunes en cuanto al derecho, título y posesión de ellos, como falsamente se jactan ciertos anabautistas. No obstante, todo hombre debe, de lo que posee, dar limosna a los pobres con liberalidad, según su capacidad.

Comentario de este artículo: La propiedad de los cristianos Entrega 37 de 38

XXXIX. Del juramento del cristiano.

Así como confesamos que el jurar vano y temerario está prohibido a los cristianos por nuestro Señor Jesucristo y por Santiago, su apóstol, así también juzgamos que la religión cristiana no prohíbe que uno jure cuando el magistrado lo requiere, en causa de fe y caridad, con tal que se haga conforme a la enseñanza del profeta, en justicia, juicio y verdad.

Comentario de este artículo: El juramento del cristiano Entrega 38 de 38

Sobre esta serie

Henry Jansma publicó esta serie en inglés entre 2017 y 2019. Hoy está en Place for Truth (en inglés), de la Alliance of Confessing Evangelicals. La traducimos y la publicamos con permiso del autor.

Los artículos se citan siempre en la traducción de nuestro Libro de Oración Común de 1662. Si el autor comenta una palabra del texto inglés, la entrada la da entre corchetes.

Hay más sobre los formularios anglicanos en los artículos de doctrina y confesión.