Los Treinta y Nueve Artículos · La salvación
Entrega 16 de 38 · Artículo XVII · De la predestinación y la elección
Los Treinta y Nueve Artículos: ¡Solo la gracia!, artículo XVII
Por Henry Jansma
Publicado el · 8 min de lectura
Artículo de Henry Jansma publicado en Place for Truth, traducido y publicado aquí con permiso del autor. Original en Place for Truth: 39 Articles—Grace Alone! (en inglés)
En el índice: Texto del artículo XVII
El artículo XVII de los Treinta y Nueve Artículos es el más largo de todos y marca la transición entre lo que precede en los artículos XIV-XVI y lo que sigue en el artículo XVIII. Como desde la Caída el hombre tiene una idea inflada de su valía delante de Dios, hace falta una actitud de humildad cuando examinamos lo que enseña la Biblia.
XVII. De la predestinación y la elección.
La predestinación para la vida es el propósito eterno de Dios, por el cual, antes de que se pusieran los fundamentos del mundo, ha decretado con firmeza, por su consejo, secreto para nosotros, librar de la maldición y de la condenación a aquellos que ha escogido en Cristo de entre el género humano, y llevarlos por Cristo a la salvación eterna, como vasos hechos para honra. Por tanto, los que están dotados de tan excelente beneficio de Dios son llamados según el propósito de Dios por su Espíritu, que obra a su debido tiempo; ellos, por la gracia, obedecen al llamamiento; son justificados gratuitamente; son hechos hijos de Dios por adopción; son hechos semejantes a la imagen de su Hijo unigénito Jesucristo; andan religiosamente en buenas obras; y al fin, por la misericordia de Dios, alcanzan la felicidad eterna.
Así como la piadosa consideración de la predestinación y de nuestra elección en Cristo está llena de un consuelo dulce, grato e inefable para las personas piadosas y para quienes sienten en sí mismos la acción del Espíritu de Cristo, que mortifica las obras de la carne y sus miembros terrenales, y eleva su mente a las cosas altas y celestiales —tanto porque establece y confirma grandemente su fe en la salvación eterna que han de gozar por Cristo, como porque enciende fervientemente su amor a Dios—, así también, para las personas curiosas y carnales, que carecen del Espíritu de Cristo, tener continuamente delante de los ojos la sentencia de la predestinación de Dios es una caída peligrosísima, por la cual el diablo las empuja o a la desesperación o al descuido de una vida sumamente impura, no menos peligroso que la desesperación.
Además, debemos recibir las promesas de Dios tal como nos son propuestas de manera general en la Sagrada Escritura; y en nuestras acciones ha de seguirse aquella voluntad de Dios que tenemos expresamente declarada en la palabra de Dios.
Antes de examinar las tres frases que forman el original latino del artículo, importa entender que en 1563 y en 1571 solo se hicieron unos pocos cambios leves al original de Thomas Cranmer de 1553, lo cual muestra el sentir común de los teólogos anglicanos sobre esta doctrina bíblica desde los tiempos de Cranmer hasta el siglo XVII. Su consenso es una voz dentro del coro más amplio del pensamiento reformado sobre el tema, un coro que en solo veinticinco años llevó a una mayor aclaración en los nueve puntos de los Artículos de Lambeth de 1595, que se adelantaron en más de veinte años a los Cánones del Sínodo de Dort. Los Artículos de Lambeth se escribieron para completar el artículo XVII, por la influencia creciente de Jacobo Arminio (1560-1610). nota del editor E1 La doctrina reformada de la predestinación y la elección es constitutiva del anglicanismo. Cualquier insinuación en contra revela más bien una influencia ajena sobre el anglicanismo que la doctrina de los formularios históricos. Entre las iglesias reformadas de Europa hubo poco desacuerdo sobre los puntos clave de esta doctrina.
Gerald Bray señala que, solo un año antes de que Cranmer escribiera este artículo, Martín Bucero dio en Cambridge una serie de lecciones sobre Efesios, uno de los textos clave sobre esta enseñanza [Bray, The Faith We Confess, 96]. Bucero enseñaba que los anglicanos debían predicar la predestinación con valentía y claridad, no para condenar a los réprobos, sino para animar al pueblo de Dios en su santificación. La redacción del artículo se corresponde muy bien con lo que Martín Bucero tenía en mente, y hasta hoy sigue siendo una de las exposiciones más equilibradas de la doctrina y de su aplicación al cristiano.
La primera frase es directa y no hace concesiones. La elección y la predestinación se fundan en el decreto eterno de Dios para nuestra redención. Nuestra redención no fue su respuesta a nada que hubiera en nosotros: ni a nuestra desobediencia en Adán, ni a una fe prevista, ni a una obediencia futura. Él determinó, en su consejo trinitario secreto, librarnos de la condenación eterna por medio de la persona y la obra de su Hijo Jesucristo. Esto se debe solo a la voluntad del beneplácito de Dios, y es para su gloria, puesto que hombres y mujeres perdidos son «vasos hechos para honra».
Después, la frase describe cómo se cumple el decreto eterno de Dios a medida que el Espíritu Santo, «que obra a su debido tiempo», actúa en la persona redimida. Lo que sigue a la predestinación y la elección son los demás pasos lógicos de la doctrina de la salvación, lo que se conoce como ordo salutis u «orden de la salvación»:
- Llamamiento eficaz: los elegidos oyen el llamamiento de Dios y lo obedecen por su gracia.
- Justificación: después, los elegidos son justificados por el don gratuito de Dios.
- Adopción: los elegidos son hechos hijos de Dios por adopción.
- Santificación: los elegidos son transformados a la imagen del Hijo unigénito de Dios, Jesucristo.
- Perseverancia: los elegidos poseen la justificación viviendo una vida de buenas obras en la obediencia de la fe.
- Glorificación: solo por la misericordia de Dios, los elegidos alcanzan al fin el gozo eterno en la presencia de Dios.
La segunda frase fija el límite de la doctrina en sus usos, es decir, en su aplicación al cristiano. El artículo ha dejado claro una y otra vez que, de principio a fin y en cada paso, es Dios quien lleva a cabo su propósito en los escogidos. Lo hace por el Espíritu, por la gracia, gratuitamente, por su misericordia. El consuelo que el artículo da al cristiano está en cómo describe el curso de la salvación, que expresa la salvación solo por la gracia de Dios. Si el cristiano decide confiar en Cristo y seguirlo, es porque el decreto de Dios de llevar a sus elegidos en Cristo a la gloria fue la causa de que hiciera precisamente eso. Por tanto, los beneficios de nuestra elección están seguros en Cristo Jesús. Cranmer recuerda la persona y la obra del Espíritu Santo de los artículos V y VI, y las presenta como cuatro principios bíblicos de la vida cristiana:
- El Espíritu Santo mortifica las obras de nuestra carne.
- El Espíritu Santo vuelve nuestra mente a cosas más altas.
- El Espíritu Santo establece y confirma nuestra fe en la salvación eterna.
- El Espíritu Santo enciende nuestro amor a Dios.
Cranmer es, como Calvino, un teólogo del Espíritu Santo. Empieza aquí con el doble principio bíblico de la mortificación y la vivificación: el Espíritu Santo nos ayuda a ver que debemos hacer morir nuestra vieja vida de rebeldía contra Dios, y cambia nuestro deseo de las cosas terrenales por un deseo más hondo de las cosas celestiales, donde está Cristo. Como nos recuerda Romanos 12:2, mucho de lo que hacemos depende de la renovación de nuestro entendimiento, de nuestra manera de pensar. También podemos ver cómo el cristiano que quizá sea llamado a soportar terribles aflicciones y pruebas en esta vida terrenal será fortalecido y animado al verse reafirmada su salvación eterna en su camino con el Señor Jesús hacia la gloria. Nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la tribulación produce paciencia (Romanos 5:3). Empezamos a ver con más claridad cómo las muchas providencias de Dios muestran su cuidado por nosotros, de modo que confiamos en él cada vez más para lo que pueda venir. Procuramos serle agradables (2 Corintios 5:9).
La última frase recuerda al cristiano la importancia de la suficiencia de la Escritura. Cuando enseñamos la doctrina bíblica, debemos aplicarla dentro de los límites que fija la Escritura. El artículo subraya que la Escritura aplica la doctrina de la elección y la predestinación para animar a los creyentes de Dios. Defiende ese evangelio de las ideas de mérito humano e imprime en el creyente la seguridad absoluta de la que gozamos en el evangelio. Esta doctrina no es para predicarla a todo el mundo. Los pastores deben tener tino al predicar, para no fomentar especulaciones que no ayudan. Sabemos que los que no son escogidos para la salvación eterna están condenados, y aquí el artículo afirma de forma implícita la reprobación, o doble predestinación, que el artículo IV de los Artículos de Lambeth confirmará más tarde. Pero al pastor cristiano también se le recuerda que debe tener cuidado al aplicar esta doctrina a personas concretas de las congregaciones de la iglesia local, o a los diversos casos hipotéticos del que nunca ha oído el evangelio. No hemos de especular, sino predicar el evangelio que la predestinación de Dios, por su gracia, hace posible.
Notas
Son de Anglicanismo.com y no forman parte del original.
Arminio murió en 1609. Volver al texto (nota del editor E1)