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Los Treinta y Nueve Artículos · La salvación

Entrega 17 de 38 · Artículo XVIII · De la obtención de la salvación eterna solo por el nombre de Cristo

Los Treinta y Nueve Artículos: ¡Solo Cristo!, artículo XVIII

Por Henry Jansma

Publicado el · 7 min de lectura

Artículo de Henry Jansma publicado en Place for Truth, traducido y publicado aquí con permiso del autor. Original en Place for Truth: 39 Articles—Christ Alone! (en inglés)

En el índice: Texto del artículo XVIII

Conviene notar que el grupo de artículos (IX-XVI) de los Treinta y Nueve Artículos de Religión que trata de nuestra salvación se cierra con un anatema, la única vez que esa palabra aparece en los Artículos. Los artículos XVII y XVIII deben tomarse juntos, como sugiere el «También» de la primera frase: el primero explica el fundamento de la salvación en la gracia predestinadora de Dios y en su amor que elige, y el segundo explica su fuente en el único Mediador, solo Cristo. La lógica de los dos artículos es simple: si la salvación se debe a nuestra unión con el Señor Jesús para nuestro llamamiento eficaz, justificación, adopción, santificación, perseverancia y glorificación, y para los demás «innumerables beneficios que nos adquirió por el derramamiento de su preciosa sangre» (la exhortación de la Santa Cena, en el Libro de Oración Común de 1552/1662), entonces es imposible ser indiferente; más aún, serlo es una blasfemia contra él. La Reformatio legum de Cranmer se hace eco del mismo lenguaje que tenemos aquí:

Horrible e insensata es la osadía de quienes sostienen que se puede esperar la salvación en toda religión o secta que los hombres hayan profesado, con tal que se esfuercen cuanto puedan por la inocencia y la integridad de vida según la luz que la naturaleza ha puesto en ellos; porque plagas de esta clase están condenadas por la autoridad de la Sagrada Escritura. Pues allí se nos encomienda el único nombre de Jesucristo, para que de él nos venga toda la salvación.

XVIII. De la obtención de la salvación eterna solo por el nombre de Cristo.

También han de ser tenidos por malditos los que se atreven a decir que todo hombre se salvará por la ley o secta que profesa, con tal que sea diligente en ajustar su vida a esa ley y a la luz de la naturaleza. Porque la Sagrada Escritura nos presenta solamente el nombre de Jesucristo como aquel por el cual los hombres deben ser salvos.

Como el artículo XVII que lo precede, el artículo XVIII no ha cambiado desde el original de Cranmer. Su título original y el posterior nos dan la pista que necesitamos: aquí no se habla de los paganos, sino de los cristianos nominales. En Cranmer, el título sacaba para el cristiano, de forma más pastoral, la consecuencia del artículo XVII: «Debemos confiar en obtener la salvación eterna solo por el nombre de Cristo». En 1571 pasa a ser la fórmula algo más abstracta «De la obtención de la salvación eterna…». Es solo Cristo quien nos salva. Otra pista es de orden histórico. En aquel tiempo, pocas personas en Inglaterra tenían vecinos que no fueran cristianos. Los estadounidenses quizá sepan de la expulsión de los judíos de España en 1492, pero tal vez no se den cuenta de que los judíos habían sido expulsados de Inglaterra mucho antes: ¡por el rey Eduardo I, en 1290! No se volvió a admitir a los judíos en el país hasta 1656, con Oliver Cromwell, y su plena emancipación civil en Inglaterra tuvo que esperar hasta 1858. El artículo no trata de otras religiones en el sentido moderno del pluralismo religioso, sino que se mantiene centrado en la Iglesia visible.

Así que debemos hacernos la pregunta: «¿Tiene este artículo alguna relevancia para nosotros hoy? ¡Seguro que ninguna iglesia de hoy tiene interés en practicar la opresión religiosa!». Aquí hay que hablar sin rodeos. Los peores enemigos del evangelio son los ministros y los miembros de las iglesias cristianas históricas (las llamadas mainline). Predican otro evangelio, muy lejos de las afirmaciones exclusivas de Cristo; su enseñanza proclama, en cambio, que toda persona se salva por la regla de vida que ella misma crea y profesa, y que es moralmente superior a la gente más vil porque se esfuerza por vivir según esa regla. ¡Precisamente lo que el artículo condena como maldito! Semejante blasfemia no puede tolerar la verdad, y por eso se aprovecha cualquier ocasión para criticar y condenar a quienes insisten en proclamar la verdad del evangelio. Los últimos veinte años de la Iglesia Episcopal de los Estados Unidos dan testimonio de esta intolerancia: ha intentado oprimir a iglesias fieles al evangelio mediante la inhibición y la deposición eclesiásticas de sus ministros, y mediante los tribunales civiles. Hasta 2015, la Iglesia Episcopal había gastado más de sesenta millones de dólares en litigios, en su versión eclesiástica de Jarndyce contra Jarndyce. Mientras los pleitos se alargan sin fin, ministros y congregaciones fieles quedan quebrantados y despojados. Han surgido nuevas provincias anglicanas, y provincias anglicanas fieles han dado una supervisión episcopal alternativa para atender y cuidar a estos clérigos y a estas iglesias.

La cuestión es que es imposible compartir el evangelio bíblico sin compartir lo que ese evangelio afirma como verdad. El artículo XVIII explica con razón que no podemos quedarnos tranquilos y dar por hecho que un cristiano nominal se salvará porque es fiel en su error. Debemos compartir con él la verdad del evangelio: la vida eterna solo por la fe en el único Salvador y Señor, Jesucristo. Hacer otra cosa es una blasfemia, porque falsea lo que Cristo mismo dijo y echa por tierra su autoridad divina. En su discurso de despedida a sus discípulos, la noche antes de la cruz, en Juan 14:6, el Señor Jesús nos revela el camino a Dios y al cielo. Dice: «Yo soy el camino, y la verdad, y la vida; nadie viene al Padre, sino por mí». Como Dios venido a la tierra, Jesús tiene derecho a decirnos el camino al cielo. Y, lo que es crucial, Jesús pasa también a la forma negativa: «nadie viene al Padre, sino por mí». Es decir, la única manera de que los seres humanos conozcan a Dios como nuestro Padre celestial es por la fe en Jesucristo y el conocimiento de él como Dios y Salvador (Juan 20:30-31).

El artículo XVIII también se hace eco de Hechos 4:12 cuando dice: «Porque la Sagrada Escritura nos presenta solamente el nombre de Jesucristo como aquel por el cual los hombres deben ser salvos». «Y en ningún otro hay salvación; porque no hay otro nombre bajo el cielo, dado a los hombres, en que podamos ser salvos». Aquí Pedro afirma que no hay otro Salvador sino Jesucristo. La lógica es simple e irrefutable: solo Jesús salva, porque solo Jesús murió por nuestros pecados. Pedro también proclama que el cielo (es decir, Dios) ha designado y nombrado a su Hijo, Jesús, como el único que tiene autoridad y poder para salvar y rescatar a los seres humanos pecadores. Note la alusión a la predestinación y la elección: el nombre de Jesús es, según el decreto divino de Dios, el nombre por el cual «debemos ser salvos». nota del editor E1 Aquí no cabe ninguna opción humana del tipo: «Yo elegiré salvarme a mi manera, o por mi propio dios o mi propia religión». Al contrario, Pedro dice: «No; Dios ha decretado y fijado que debemos ser salvos solo por la fe en Cristo».

El artículo XVIII cierra con razón esta sección de los Treinta y Nueve Artículos, que empezó en el artículo IX. Y lo hace con un consuelo supremo para el cristiano comprometido y un desafío particular para el nominal. El cristiano creyente puede tener la seguridad de que tenemos a Cristo y somos salvos porque Dios mismo lo ha decretado. No es la calidad de nuestra fe, sino el poder de Dios, lo que lo garantiza. También sacude al cristiano nominal de su vaguedad y su autocomplacencia, al declarar que hay un solo Camino para ser salvo, porque Jesucristo es el Salvador único y exclusivo.

Notas

Son de Anglicanismo.com y no forman parte del original.

  1. El autor cita Hechos 4:12 en una versión inglesa que dice by which we must be saved. El griego dice dei, «es necesario»; la Reina-Valera 1960 traduce «en que podamos ser salvos». Volver al texto (nota del editor E1)

Original: 39 Articles—Christ Alone!, de Henry Jansma.

Publicado en Place for Truth, de la Alliance of Confessing Evangelicals, el 15 de diciembre de 2017. Traducción de Anglicanismo.com, publicada con permiso del autor. Las notas del editor son de Anglicanismo.com y no forman parte del original.