Los Treinta y Nueve Artículos · La Iglesia
Entrega 18 de 38 · Artículo XIX · De la Iglesia
Los Treinta y Nueve Artículos: La Iglesia visible e invisible (1), artículo XIX
Por Henry Jansma
Publicado el · 7 min de lectura
Artículo de Henry Jansma publicado en Place for Truth, traducido y publicado aquí con permiso del autor. Original en Place for Truth: 39 Articles—The Visible and Invisible Church (1) (en inglés)
En el índice: Texto del artículo XIX
El artículo XIX marca la tercera división de los Treinta y Nueve Artículos. Sobre la base de los dos artículos que los preceden, los artículos XIX-XXII definen las marcas de la Iglesia verdadera, su carácter visible e invisible, la naturaleza de su autoridad en relación con la Escritura y el rasgo distintivo de una Iglesia falsa, que busca derribar la suficiencia de la justicia de Cristo.
XIX. De la Iglesia.
La Iglesia visible de Cristo es una congregación de fieles en la cual se predica la pura palabra de Dios y se administran debidamente los sacramentos conforme a la disposición de Cristo, en todo lo que por necesidad se requiere para ellos. Así como la Iglesia de Jerusalén, la de Alejandría y la de Antioquía han errado, así también ha errado la Iglesia de Roma, no solo en su modo de vivir y en la forma de sus ceremonias, sino también en materias de fe.
En tiempos de la Reforma era esencial definir la doctrina de la Iglesia frente al error del catolicismo romano, que ponía demasiado énfasis en la Iglesia visible. La Reformatio legum de Cranmer habla de «la locura de quienes piensan que la Iglesia romana fue fundada sobre una roca de tal clase que ni ha errado ni puede errar» [Bray, 209]. El artículo XIX se parece también al artículo VII de la Confesión de Augsburgo de 1530, lo cual refleja la preocupación común de los reformadores.
Es significativo notar que, en medio de todas las controversias de la época, las marcas de la Iglesia verdadera que definió Cranmer en 1553 quedaron sin cambios cuando se promulgaron los artículos en 1571. Su genio, aquí, consiste en mirar más allá de las diversas prácticas de la era apostólica. La fuente de la unidad no es una unidad eclesiástica exterior; la unidad se funda en el que es verdadero: Dios mismo. Si hemos de tener una verdadera unidad unos con otros en la Iglesia, debemos tener una verdadera unidad con el que es la Verdad, y eso significa que tenemos que fundar la doctrina de la Iglesia en la elección. Si pusiéramos lado a lado las confesiones de la Reforma, veríamos que la doctrina de la Iglesia nace de la doctrina de la elección. Una vez más, debemos prestar atención al hilo narrativo de los artículos. Los artículos XVII y XVIII, sobre la elección y sobre la unicidad de Cristo para la salvación, deben preceder lógicamente a este artículo. Puesto que estamos unidos al Señor Jesucristo, la consecuencia necesaria es que su pura palabra sea predicada por ministros legalmente autorizados y debidamente formados (artículo XXIII), y que los sacramentos se administren conforme a su mandato: los dos sacramentos del bautismo y de la Cena del Señor (artículo XXV). Cranmer se hace eco aquí de Efesios 4. La esencia de la Iglesia es que una congregación de personas fieles debe estar en unión con este único Dios, este único Señor, mediante sus medios ordinarios de gracia.
Cranmer fija la mirada de la Iglesia visible en la Iglesia invisible. Conocía bien esta distinción entre la Iglesia visible y la invisible, como se ve en los Trece Artículos (1538), donde leemos, en el artículo V, que «los verdaderos creyentes, que de verdad creen en Cristo, la Cabeza» forman la Iglesia invisible, y que la Iglesia visible comprende a «todos los que están bautizados en Cristo, que no lo han negado abiertamente ni han sido excomulgados legítimamente y por su palabra» [Bray, Documents of the English Reformation, 189]. La verdadera unidad empieza por el que es verdadero, y esa unidad debe ser coherente con nuestra unión con él. Es interesante notar cómo, en una época en que la Iglesia católica romana empujaba con fuerza hacia lo visible, Cranmer empuja con fuerza hacia lo invisible, y prepara de forma indirecta lo que dirán los artículos siguientes sobre el fundamento de la Iglesia visible, con una serie de «noes».
- La Iglesia verdadera no está en un único sistema de gobierno (artículo XXIII: los clérigos son nombrados legítimamente, no necesariamente ordenados por un obispo).
- No se halla en la unidad del culto (artículo XXXIV: no es necesario que las costumbres y las formas del culto sean las mismas en todas partes).
- No se halla en los concilios de la Iglesia (artículo XXI: los concilios en efecto han errado, aun en las cosas que pertenecen a Dios).
- No se halla en una sucesión humana (artículo XX: la Iglesia es testigo y guardiana de la Sagrada Escritura).
Hacia el final, el artículo menciona los tres patriarcados históricos de la Iglesia oriental, «la Iglesia de Jerusalén, la de Alejandría y la de Antioquía», iglesias poderosas que, aunque fundadas por apóstoles, habían caído en el error. ¿Cómo se entiende, entonces, la verdadera unidad de la Iglesia visible? Es el testimonio común de la verdad en una confesión fiel a la Biblia, como los Artículos de Religión (la pura palabra de Dios), y en el orden de culto que Cristo manda, como el Libro de Oración Común (los sacramentos administrados conforme a la disposición de Cristo). Para dar cuerpo a los rasgos distintivos de su eclesiología, Cranmer vuelve a las Escrituras, en las que reside todo conocimiento y todo lo que pertenece a la salvación. Al hacerlo, reconoce también que es la providencia de Dios la que se toma su tiempo para llevar a la Iglesia a su plenitud. La Iglesia avanza hacia su consumación. Hay en ello un sabor casi escatológico. Cranmer, a la luz de las Escrituras, distingue entre la existencia de la Iglesia y su perfección en Cristo Jesús.
Cuando usted empieza a ver, como Cranmer, que la existencia y la perfección de la Iglesia visible se fundan en un Dios que es verdadero y que nos está llevando a la unión consigo mismo, eso se convierte en el fundamento de la existencia y la perfección de la Iglesia visible. No tenemos por qué preocuparnos de estar bajo un mismo paraguas organizativo ni bajo una sucesión humana. Lo que debe preocuparnos es la verdad. Cuando nos preocupa la verdad, podemos reunirnos para hablar de las diferencias que hay entre nosotros. No hemos de rebajar la verdad para poder reunirnos y sentirnos bien.
Lo cual nos lleva a la descripción moderna y pragmática de la Iglesia, la de «sentirse bien», que dentro de la Iglesia Anglicana en Norteamérica (ACNA) se disfraza de doctrina: las llamadas «tres corrientes de la Iglesia». Son las tradiciones católica, evangélica (o protestante) y pentecostal (o carismática), o «afluentes», que se canalizan en un solo «río» para crear algún tipo de síntesis doctrinal. Esa síntesis ha abandonado la doctrina de la Iglesia de Cranmer, fiel a la Biblia, en su testimonio común de la verdad. Por ejemplo, dos de las tres corrientes rechazan la enseñanza pentecostal clásica sobre un bautismo del Espíritu Santo posterior a la conversión, o la práctica normativa de la glosolalia y la profecía. Dos de las tres han repudiado históricamente la manera católica romana de entender el ministerio ordenado como sacerdotal, y tendrían una idea muy distinta de la naturaleza y el número de los sacramentos. Y una de las tres no entiende la justificación como, ante todo, la imputación por gracia de la justicia de Cristo a cada creyente, recibida solo por la fe. Esto recuerda la observación de Philip E. Hughes sobre el diálogo entre católicos romanos y anglicanos a comienzos de los años setenta: recurrir a una terminología que suena bien pero es ambivalente es tapar las grietas con papel tapiz y luego llamar la atención sobre lo bonito que es el papel. Sin una revisión a fondo de su doctrina de la Iglesia en una línea fiel a la Biblia, ACNA no ha hecho más que retrasar el reloj para volver a empezar a comienzos de los años setenta, cuando ya se había abandonado la preocupación por la verdad, y va camino de repetir la trágica historia que vino después.