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La doctrina de la Iglesia en la homilía para el Domingo de Pentecostés

Por Steven Wedgeworth

Publicado el · 9 min de lectura

Artículo de Steven Wedgeworth publicado en Ad Fontes, traducido y publicado aquí con permiso del autor. Original en Ad Fontes: Doctrine of the Church in the Homily for Whitsunday (en inglés)

El Espíritu Santo, en forma de paloma y de lenguas de fuego, desciende sobre la Virgen María y los apóstoles
Pentecostés, El Greco, hacia 1600. Dominio público. Ver en Wikimedia Commons: Pentecostés

Whitsunday es el nombre inglés antiguo de Pentecostés. Y en el Segundo libro de Homilías hay un sermón sobre esa fiesta. Ese sermón explica el sentido de Pentecostés, da una breve enseñanza sobre la persona del Espíritu Santo y después trata de los dones del Espíritu. La mayor parte de esta tercera sección acaba ocupándose de la eclesiología, la doctrina de la Iglesia, y buena parte de esa sección es una crítica continuada de la Iglesia católica romana y de su enseñanza. En conjunto, permite ver de forma muy interesante e instructiva cómo se entendían antes en el anglicanismo la doctrina de la Iglesia y la autoridad doctrinal.

Este es el pasaje que interesa. He puesto unas marcas para que nos sea más fácil identificar algunas de las ideas clave:

1) La verdadera Iglesia es una congregación o comunidad universal del pueblo fiel y elegido de Dios, «edificada sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, siendo la principal piedra angular Jesucristo mismo» (Efesios 2:20). 2) Y tiene siempre tres notas o marcas por las que se la conoce: la doctrina pura y sana, los sacramentos administrados según la santa institución de Cristo y el recto uso de la disciplina eclesiástica. Esta descripción de la Iglesia concuerda tanto con las Escrituras de Dios como con la doctrina de los antiguos padres, de modo que nadie puede con justicia ponerle reparos. 3) Ahora bien, si comparan esto con la Iglesia de Roma, no como era al principio, sino como es ahora y como ha sido durante algo más de novecientos años, verán claramente que su estado está tan lejos de la naturaleza de la verdadera Iglesia que nada puede estarlo más. 4) Porque no están edificados sobre el fundamento de los apóstoles y profetas, ni conservan la doctrina pura y sana de Cristo Jesús, ni tampoco administran los sacramentos ni ejercen las llaves eclesiásticas de la manera en que él los instituyó y estableció al principio. Al contrario, han entremezclado de tal modo sus propias tradiciones e invenciones, cortando y cambiando, añadiendo y quitando, que ahora pueden parecer transformados en algo nuevo. 5) Cristo encomendó a su Iglesia un sacramento de su cuerpo y sangre; ellos lo han convertido en un sacrificio por los vivos y los muertos. 6) Cristo lo administró a sus apóstoles, y los apóstoles a los demás hombres, indistintamente bajo ambas especies; ellos han despojado de la copa al pueblo laico, diciendo que para él basta con una sola especie. 7) Cristo no ordenó que se usara en el bautismo otro elemento que el agua sola, y cuando a ella se une la Palabra, se convierte, como dice san Agustín, en un sacramento pleno y perfecto; ellos, que se creen más sabios que Cristo, piensan que no se hace bien ni ordenadamente a menos que usen conjuros, a menos que consagren el agua, a menos que haya óleo, sal, saliva, cirios y otras ceremonias mudas semejantes, que para nada sirven, contra la clara regla de san Pablo, que quiere que todo se haga en la iglesia para edificación (1 Corintios 14:5). 8) Cristo instituyó la autoridad de las llaves para excomulgar a los pecadores notorios y absolver a los que están verdaderamente arrepentidos; ellos abusan de este poder a su antojo, tanto al maldecir a los piadosos con campana, libro y vela, como al absolver a los réprobos de quienes se sabe que son indignos de toda sociedad cristiana; y quien desee ver ejemplos de ello, que examine sus vidas. En suma, lo mismo que nuestro Salvador Cristo afirmó de los escribas y los fariseos en el evangelio, podemos afirmarlo de los obispos de Roma, con valentía y con la conciencia tranquila: que han abandonado, y abandonan cada día, los mandamientos de Dios para erigir y establecer sus propias constituciones. Puesto que esto es verdad, como no pueden menos que reconocer todos los que tienen alguna luz de la Palabra de Dios, bien podemos concluir, según la regla de san Agustín, 9) que los obispos de Roma y sus partidarios no son la verdadera Iglesia de Cristo, y mucho menos hay que tenerlos por sus cabezas supremas y gobernantes. «Quienes disientan de las Escrituras acerca de la cabeza», dice él, «aunque se hallen en todos los lugares donde la Iglesia está establecida, no están, sin embargo, en la Iglesia». Es un pasaje claro, cuya conclusión va directamente contra la Iglesia de Roma (Agustín, Contra Petiliani Donatist Epi., cap. 4). ¿Dónde está ahora el Espíritu Santo que tan resueltamente reclaman para sí? ¿Dónde está ahora el Espíritu de verdad, que no permite en modo alguno que caigan en error? Si es posible que esté allí donde no está la verdadera Iglesia, entonces está en Roma; de lo contrario, es solo una vana jactancia y nada más. San Pablo, como han oído antes, dice: «Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo, el tal no es de él». E invirtiendo sus palabras, con igual verdad puede decirse: «Si alguno no es de Cristo, el tal no tiene su Espíritu». 10) Ahora bien, para discernir quiénes son verdaderamente suyos y quiénes no, se nos ha dado esta regla: que «sus ovejas oyen siempre su voz» (Juan 10:3). Y san Juan dice: «El que es de Dios oye la Palabra de Dios» (Juan 8:47). De ahí se sigue que los papas, al no oír la voz de Cristo como deberían y al preferir sus propios decretos a la Palabra expresa de Dios, demuestran claramente al mundo que no son de Cristo ni habita en ellos su Espíritu. 11) Pero aquí alegarán en su favor que hay varios puntos necesarios que no están expresados en la Sagrada Escritura y que se dejaron a la revelación del Espíritu Santo, y que este, dado a la Iglesia según la promesa de Cristo, ha enseñado en distintos momentos muchas cosas que los apóstoles no podían entonces sobrellevar (Juan 16:7). A esto podemos responder fácilmente con las claras palabras de Cristo, que nos enseñan que el oficio propio del Espíritu Santo no es instituir e introducir nuevas ordenanzas, contrarias a la doctrina que Cristo ya había enseñado, sino exponer y aclarar lo que él había enseñado antes, para que se entendiera bien y verdaderamente. «Cuando el Espíritu Santo», dice, «venga, él os guiará a toda verdad» (Juan 16:13). ¿A qué verdad se refiere? ¿A alguna distinta de la que él mismo había expresado antes en su Palabra? No. Porque dice: «Tomará de lo mío y os lo hará saber». Y además: «Os recordará todas las cosas que os he dicho» (Juan 16:15). No es, pues, deber ni oficio de ningún cristiano introducir en la Iglesia, con el pretexto del Espíritu Santo, sus propios sueños y fantasías, sino que debe procurar diligentemente que su doctrina y sus decretos concuerden con el santo testamento de Cristo; 12) de lo contrario, al hacer al Espíritu Santo autor de ellos, blasfema y calumnia al Espíritu Santo para su propia condenación.

Homilía acerca de la venida del Espíritu Santo y de sus múltiples dones. Para el Domingo de Pentecostés

Nota del editor

El pasaje se da en el texto del Segundo libro de Homilías que publican catolicismoreformado.com y anglicanismo.com. Las marcas numeradas son del autor. Las referencias entre paréntesis son las de la versión inglesa que cita el autor. Esa versión da 1 Corintios 14:5, Juan 10:3, Juan 16:7, Juan 16:13 y Juan 16:15. Nuestra edición da, por ese orden, 1 Corintios 14:26, Juan 10:27, Juan 16:12, Juan 16:13-14 y Juan 14:26. Donde el autor cita a san Agustín (Contra Petiliani, cap. 4), nuestra edición remite a La unidad de la Iglesia, 7.

Es un bloque de texto muy denso, así que he marcado varias afirmaciones distintas. Enumerarlas servirá de guía útil para entender la doctrina anglicana clásica de la Iglesia.

  1. Se define la verdadera Iglesia. No se la define en términos institucionales, sino como el número completo de los elegidos de Dios. Es una definición antigua, que se remonta por lo menos a Agustín. La Iglesia invisible tiene prioridad teológica sobre la Iglesia visible.
  1. Hay tres marcas por las que se puede conocer a la Iglesia: la doctrina correcta, los sacramentos debidamente administrados y la disciplina rectamente usada.
  1. La Iglesia de Roma se ha corrompido y se ha apartado de la naturaleza de una Iglesia verdadera.
  1. Roma se ha apartado al corromper la doctrina y desordenar los sacramentos y la disciplina.
  1. El sacramento de la Santa Comunión no es un sacrificio por los vivos y los muertos.
  1. La Santa Comunión debe administrarse bajo ambas especies (el pan y el vino deben estar en el sacramento para que sea válido).
  1. No se pueden añadir otros elementos al agua en el Santo Bautismo. En el sacramento no deben incorporarse óleo, sal, saliva ni cirios.
  1. La excomunión debe dirigirse contra los pecadores notorios, y la absolución debe darse a los que están verdaderamente arrepentidos. Las llaves no son mecánicas ni automáticas. Se fundan en una realidad espiritual previa.
  1. El papado, considerado como oficio, no es la verdadera Iglesia y ni siquiera está «en la Iglesia».
  1. Los verdaderos miembros de la Iglesia se conocen por su obediencia a Cristo. Proclamar los propios mandatos como si fueran mandatos de Cristo es prueba de desobediencia a Cristo.
  1. Se rechaza que la tradición no escrita tenga autoridad en materia de doctrina, y se prohíbe a la Iglesia establecer o desarrollar doctrina en virtud de su propio ministerio y oficio. Las Escrituras son el ancla y la prueba segura de toda doctrina.
  1. Atribuir a la inspiración del Espíritu Santo una doctrina hecha por hombres es, en realidad, el pecado de blasfemia contra el Espíritu Santo.

Alguien podría preguntarse si todos los anglicanos tienen que estar de acuerdo con cada uno de estos puntos. Tratarlo a fondo exigiría un estudio mucho más largo. Pero podemos decir que estas doctrinas representan, por lo menos, «el sentir de la Iglesia», sin duda en los siglos XVI y XVII. Y más aún: estas afirmaciones, por estar incluidas en las Homilías, tienen una especie de autoridad pública. Forman parte de la «doctrina piadosa y saludable» del artículo XXXV. Son también enseñanzas ante las que los predicadores deben mostrar cierta deferencia. Las Homilías son, sin duda, más tradicionales y tienen más autoridad que cualquier ministro anglicano de hoy, y más autoridad incluso que los escritos privados de Richard Hooker, Lancelot Andrewes o el propio John Davenant. El contenido doctrinal de los Libros de Homilías debe entenderse como una norma para los anglicanos.

Así pues, la homilía para el Domingo de Pentecostés es una guía útil y necesaria para recuperar la eclesiología anglicana. Nos ayuda a entender quiénes somos y quiénes no somos. Y, junto con el resto de los formularios históricos, puede orientar el proyecto de ressourcement y de renovación del anglicanismo global.

Original: Doctrine of the Church in the Homily for Whitsunday, de Steven Wedgeworth.

Publicado en Ad Fontes el 13 de marzo de 2026 y revisado el 14 de marzo de 2026. Traducción de Anglicanismo.com, publicada con permiso del autor. Las notas del editor son de Anglicanismo.com y no forman parte del original.

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