Artículos · Doctrina y confesión
La inerrancia de los apóstoles según John Davenant
Por Steven Wedgeworth
Publicado el · 2 min de lectura
Artículo de Steven Wedgeworth publicado en Ad Fontes, traducido y publicado aquí con permiso del autor. Original en Ad Fontes: John Davenant on Apostolic Inerrancy (en inglés)
Solo quiero hacer una observación breve y dejar un enlace para provecho de todos. John Davenant, obispo de Salisbury en el siglo XVII, dice esto acerca de los apóstoles originales de Cristo:
Por tanto, cuando a los profetas y a los apóstoles se les da este título honroso, ha de referirse más bien a su doctrina salvadora acerca de Cristo que a sus propias personas. El poder de estos fue mucho mayor que el de los ministros que les sucedieron, porque estaban tan iluminados y gobernados por el Espíritu Santo que no podían errar en absoluto, ni al predicar ni al escribir. Por eso reconocemos su doctrina como doctrina de Dios y de Cristo, cierta, infalible y del todo divina, con Tertuliano, que dice: No hay palabra divina sino la de Dios solo. Palabra que tronó por boca de los profetas, de los apóstoles y de Cristo mismo.
Nota del editor
El pasaje es del capítulo IV de An Exhortation to Brotherly Communion betwixt the Protestant Churches (Londres, 1641, p. 31), traducción inglesa de la Ad fraternam communionem inter Evangelicas Ecclesias restaurandas adhortatio de Davenant. El capítulo trata de los fundamentos llamados «ministeriales»: el título del que se habla es el de «fundamento» (Efesios 2:20; Apocalipsis 21:14). Según el margen del libro, la frase de Tertuliano es de su obra Sobre el alma.
Aquí vemos algunas cosas importantes. Para Davenant, el principal honor y la principal autoridad de los apóstoles están en su doctrina. En esto su poder fue «mucho mayor» que el de sus sucesores. Los apóstoles estaban tan gobernados por el Espíritu Santo que fueron infalibles e inerrantes al predicar y al escribir.
Por eso los apóstoles son únicos en este sentido. Sus sucesores no tienen el mismo poder ni la misma condición. Y el don de la inerrancia de los apóstoles se aplicaba a sus escritos. Por lo tanto, el Nuevo Testamento es inerrante.