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La autoridad de la Sagrada Escritura: guía anglicana para principiantes
Por Peter Johnston
Publicado en inglés el 1 de febrero de 2023 · 8 min de lectura
Artículo de Anglican Compass, traducido y publicado aquí con su permiso. Original en Anglican Compass: The Authority of Holy Scripture: A Rookie Anglican Guide (en inglés)
El anglicanismo está profundamente comprometido con la autoridad de la Sagrada Escritura (en inglés). Busca sostener la autoridad de la Escritura en la doctrina y aplicarla en la práctica. Esta doble dinámica de ortodoxia (creencia recta) y ortopraxis (práctica recta) se refleja en la hermosa colecta del segundo domingo de Adviento (en inglés), de Cranmer:
Señor bendito, que hiciste escribir todas las Sagradas Escrituras para nuestra enseñanza: Concédenos oírlas, leerlas, atesorarlas, aprenderlas y asimilarlas interiormente de tal manera que, por la paciencia y el consuelo de tu santa Palabra, abracemos y retengamos siempre con firmeza la bendita esperanza de la vida eterna, que nos has dado en nuestro Salvador Jesucristo; que vive y reina contigo y con el Espíritu Santo, un solo Dios, por los siglos de los siglos. Amén.
Nota del editor
El autor cita la colecta en la forma del Libro de Oración Común de 2019. En el Libro de Oración Común de 1662 dice: «Señor bendito, que has mandado escribir todas las Sagradas Escrituras para nuestra enseñanza: Concede que de tal manera las oigamos, leamos, atesoremos, aprendamos y asimilemos interiormente, para que por la paciencia y consuelo de tu santa palabra, abracemos y siempre retengamos firmemente la bendita esperanza de la vida eterna, que nos has dado en nuestro Salvador Jesucristo. Amén».
La autoridad de la Sagrada Escritura en el Antiguo Testamento
La defensa de la autoridad de la Sagrada Escritura empieza en las propias Escrituras. El Antiguo Testamento se entiende a sí mismo como Palabra de Dios, entregada por Dios a sus profetas, que la pusieron por escrito con fidelidad. Por ejemplo, Dios le explica a Moisés cómo va a usar a los profetas para comunicar su palabra. Se sirve de los profetas igual que se había servido de Moisés para entregar su ley:
Profeta les levantaré de en medio de sus hermanos, como tú; y pondré mis palabras en su boca, y él les hablará todo lo que yo le mandare. Mas a cualquiera que no oyere mis palabras que él hablare en mi nombre, yo le pediré cuenta.
Así, los textos proféticos que entraron en el canon del Antiguo Testamento fueron los que se reconocían como Palabra de Dios. Del mismo modo, los salmos de David y la literatura sapiencial de Salomón se incluyen no como canto y consejo humanos, sino como profecía y sabiduría divinas. A su manera poética, estos textos contienen pasajes que hablan de la autoridad de las Escrituras. Véase, por ejemplo, el Salmo 19:
La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; El testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo. Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; El precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos. El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre; Los juicios de Jehová son verdad, todos justos.
La autoridad de la Sagrada Escritura en el Nuevo Testamento
Jesús se sitúa en la tradición profética de Moisés. Él es el profeta anunciado que Dios ha levantado. Jesús declara que no ha venido «para abrogar la ley o los profetas»: «no he venido para abrogar, sino para cumplir» (Mateo 5:17). Así, Jesús sostiene la autoridad de la Escritura. Insiste en que «ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido» (Mateo 5:18).
Al principio, los discípulos no entienden un misterio tan grande. En la transfiguración, cuando Jesús aparece junto a Moisés y Elías, Pedro solo piensa en hacer enramadas. Jesús está conversando con la ley y los profetas (véase Mateo 17). Sin embargo, con el tiempo, y por medio de su muerte y su resurrección, Jesús instruye a los discípulos en las Sagradas Escrituras. Les explica la cuestión y cómo «era necesario que se cumpliese todo lo que está escrito de mí en la ley de Moisés, en los profetas y en los salmos» (Lucas 24:44).
Con esa nueva comprensión, Pedro, en Pentecostés, se sirve de las Escrituras, que tienen autoridad. Acude a Joel y a los salmos de David para explicar la venida del Espíritu Santo (véase Hechos 2). Además, Pedro habla de forma explícita de la autoridad de la Escritura en su segunda epístola:
Ninguna profecía de la Escritura es de interpretación privada, porque nunca la profecía fue traída por voluntad humana, sino que los santos hombres de Dios hablaron siendo inspirados por el Espíritu Santo.
Nota del editor
El artículo en inglés dice 2 Pedro 1:19-20; el texto citado son los versículos 20-21.
Del mismo modo, Pablo le explica a Timoteo que «toda la Escritura es exhalada por Dios» (2 Timoteo 3:16). En hebreo, la palabra para «aliento», ruah, es la misma que para «Espíritu». Así, Pablo, igual que Pedro, une la Sagrada Escritura a la obra del Espíritu Santo. Esa misma idea la confesamos en el Credo Niceno cuando decimos que el «Espíritu Santo… habló por los profetas». (nota del editor E1)
Nota del editor · E1
La Reina-Valera 1960 traduce: «Toda la Escritura es inspirada por Dios». El autor cita una versión inglesa que dice «breathed out by God», y su argumento sigue esa imagen del aliento.
No quitamos nada a la Sagrada Escritura
Como la Sagrada Escritura es la Palabra de Dios, no le añadimos nada. No le quitamos ninguna de sus enseñanzas. En otras palabras, reconocemos que las Sagradas Escrituras son verdaderas. No diremos que ninguna parte de las Escrituras sea falsa. Es cierto que podemos decir que ciertas interpretaciones de las Escrituras son falsas, pero aun entonces,
… [la Iglesia no] puede exponer un pasaje de la Escritura de tal modo que se oponga a otro.
Por eso, cuando la Escritura habla con claridad sobre un tema, como la definición del matrimonio, los anglicanos aceptan su enseñanza. No abandonamos la enseñanza bíblica en un intento equivocado de parecer actuales. Tampoco renunciamos a la verdad bíblica cuando ofende la sensibilidad social.
No añadimos nada a la Sagrada Escritura
Así como no quitamos nada a la Escritura, tampoco le añadimos nada. Los anglicanos creen en la suficiencia de la Escritura: las Escrituras contienen todo lo que necesitamos para la salvación. Como dicen nuestros Artículos de Religión (en inglés):
La Sagrada Escritura contiene todo lo necesario para la salvación; de modo que lo que no se lee en ella ni puede probarse por ella no ha de exigirse a nadie.
La suficiencia de la Escritura es una de las diferencias clave entre el anglicanismo y el catolicismo romano (en inglés). Los católicos romanos aceptan la autoridad del papa y de su oficio de enseñanza por encima de las enseñanzas de la Escritura. El catolicismo romano exige creer en doctrinas que no están en la Biblia, como la Inmaculada Concepción y la Asunción corporal.
Aunque los anglicanos sí reconocen autoridad a la Iglesia y a su clero, esa autoridad es siempre secundaria y descansa en la autoridad de la Escritura. Cuando el clero enseña algo contrario a la Escritura, como ha ocurrido y ocurrirá, los anglicanos creen que las Escrituras, con su autoridad, llaman al pueblo a corregir al clero.
La autoridad de las Escrituras, fuente de alegría
Las Escrituras tienen autoridad no solo en las grandes controversias de la Iglesia y de la sociedad, sino también en nuestra vida diaria, a la que dan alegría. Aquí la palabra «autoridad» puede dar a veces una impresión equivocada, como si las Escrituras no fueran más que un obelisco de piedra, un código legal o letra muerta. El apóstol Pablo niega expresamente esa manera de verlas cuando enseña que «la letra mata, mas el espíritu vivifica» (2 Corintios 3:6).
Al contrario, las Escrituras son una fuente constante de alegría y de paz en la vida diaria. Nos dan el Evangelio de Cristo, gracias al cual podemos descansar en él. Es como escribe John Jewel:
Las Sagradas Escrituras… son el sol resplandeciente de Dios, que da luz a nuestros caminos, consuelo a todas las partes de nuestra vida y salvación a nuestras almas: en ellas se nos da a conocer nuestro estado y la misericordia de Dios en Cristo nuestro Salvador.
Por eso el anglicanismo siempre ha insistido no solo en la doctrina correcta sobre la Escritura, sino también en su recta interpretación y aplicación. Aunque aceptemos la autoridad de las Escrituras, ¿de qué nos serviría si dejáramos la Biblia en la estantería, juntando polvo?
Animamos a todos los anglicanos, clérigos y laicos por igual, a leer las Escrituras cada día. Una de las razones por las que Thomas Cranmer publicó en inglés una Biblia y el Libro de Oración Común (en inglés) fue llevar a toda la Iglesia la riqueza de la lectura diaria de la Biblia. En Anglican Compass hemos preparado un Daily Office Booklet (en inglés) (cuadernillo del oficio diario, en inglés) como punto de partida práctico para quienes empiezan a orar cada día.
En su prefacio a la Gran Biblia, Cranmer llamó a las Escrituras «los pastos abundantes del alma». Siguiendo con la imagen del alimento, John Jewel (en inglés) llamó a las Escrituras:
El verdadero maná… el pan que descendió del cielo… la llave del reino de los cielos… olor de vida para vida.
Por tanto, no solo confiemos en las Escrituras y las creamos, sino que también disfrutemos de ellas. Acudamos a ellas con hambre y sed, creyendo que allí encontraremos la justicia de Dios, es decir, a nuestro Señor y Salvador Jesucristo.
Apéndice: lo que dicen de la Escritura los documentos fundacionales anglicanos
Declaración de Jerusalén, n.º 2
Creemos que las Sagradas Escrituras del Antiguo y del Nuevo Testamento son la Palabra de Dios escrita y que contienen todo lo necesario para la salvación. La Biblia ha de traducirse, leerse, predicarse, enseñarse y obedecerse en su sentido llano y canónico, con respeto a la lectura histórica y consensuada de la Iglesia.
Declaración Fundamental de la Iglesia Anglicana en Norteamérica (ACNA), n.º 1
Confesamos que los libros canónicos del Antiguo y del Nuevo Testamento son la Palabra de Dios inspirada, que contienen todo lo necesario para la salvación y que son la autoridad final y la norma inmutable de la fe y la vida cristianas.