Los Treinta y Nueve Artículos · Dios y la Escritura
Entrega 6 de 38 · Artículo VI · De la suficiencia de las Sagradas Escrituras para la salvación
Los Treinta y Nueve Artículos: La regla de fe (1), artículo VI
Por Henry Jansma
Publicado el · 7 min de lectura
Artículo de Henry Jansma publicado en Place for Truth, traducido y publicado aquí con permiso del autor. Original en Place for Truth: 39 Articles—The Rule of Faith (1) (en inglés)
En el índice: Texto del artículo VI
Los primeros cinco de los Treinta y Nueve Artículos de Religión explicaban la fe universal de la Iglesia. El artículo VI inicia las cuestiones teológicas que dividieron a la Iglesia en la época de la Reforma y trata sobre la fuente de la doctrina cristiana. En él se explica el concepto de sola Scriptura, «solo la Escritura». Como hemos visto en los artículos anteriores, el artículo VI no se debe entender de forma aislada. La pregunta de quién decide qué enseña la Escritura se responde en el artículo XX, y las cuestiones acerca del orden eclesiástico en el culto y la administración vienen en el artículo XXXIV.
VI. De la suficiencia de las Sagradas Escrituras para la salvación.
La Sagrada Escritura contiene todo lo necesario para la salvación; de modo que lo que no se lee en ella ni puede probarse por ella no ha de exigirse a nadie para que sea creído como artículo de la fe, ni para que sea tenido por requisito necesario para la salvación. Bajo el nombre de Sagrada Escritura entendemos aquellos libros canónicos del Antiguo y del Nuevo Testamento de cuya autoridad nunca hubo duda alguna en la Iglesia.
De los nombres y el número de los libros canónicos.
Génesis, Éxodo, Levítico, Números, Deuteronomio, Josué, Jueces, Rut, El primer libro de Samuel, El segundo libro de Samuel, El primer libro de los Reyes, El segundo libro de los Reyes, El primer libro de las Crónicas, El segundo libro de las Crónicas, El primer libro de Esdras, El segundo libro de Esdras, El libro de Ester, El libro de Job, Los Salmos, Los Proverbios, Eclesiastés o el Predicador, Cantica, o Cantares de Salomón, Los cuatro Profetas mayores, Los doce Profetas menores.
Y los otros libros (como dice Jerónimo) la Iglesia los lee como ejemplo de vida e instrucción de costumbres; pero, con todo, no los aplica para establecer doctrina alguna. Tales son los siguientes:
El tercer libro de Esdras, El cuarto libro de Esdras, El libro de Tobías, El libro de Judit, El resto del libro de Ester, El libro de la Sabiduría, Jesús, hijo de Sirac, Baruc el profeta, El Cántico de los tres jóvenes, La historia de Susana, De Bel y el Dragón, La oración de Manasés, El primer libro de los Macabeos, El segundo libro de los Macabeos.
Todos los libros del Nuevo Testamento, tal como se reciben comúnmente, los recibimos y los tenemos por canónicos.
La primera frase del artículo se basa en el texto original de Thomas Cranmer de 1553. La segunda, que incluye la lista canónica que leemos aquí, fue añadida en 1563, probablemente basándose en la Confesión de Wurtemberg, aunque la misma lista de libros canónicos contrapuestos a los apócrifos también aparece en la anterior Reformatio legum de Cranmer, con este añadido al final: «Esta es la suma de la Sagrada Escritura, en la cual creemos que están plena y perfectamente contenidas todas las cosas que deben ser creídas para la salvación, de modo que si algo no se lee o no está contenido en ella, ni se sigue o deduce de ella, no puede ser exigido a nadie para ser creído como artículo de fe».
La Escritura es identificada tanto en el artículo VI como en la Reformatio legum como el principium cognoscendi, «el principio del conocer» de toda la teología, y es descrita en cuanto a su autoridad, claridad y suficiencia en todas las cuestiones de fe y moral. Esa postura del artículo se desarrolló a partir del debate entre los reformadores y la teología medieval tardía sobre la relación de la Escritura y la tradición. La postura medieval, confirmada por el Concilio de Trento, consideraba que la Escritura y la tradición eran normas coiguales. Los reformadores consideraban la Escritura como la norma absoluta y, por tanto, primera, pero concedían a la tradición un papel secundario derivado y subordinado en declaraciones confesionales y de credo (como explica más adelante el artículo VIII). Robert Letham escribe que el material de este artículo es adoptado por la Confesión de Fe de Westminster 1.6 y 20.2a, sobre la libertad cristiana, donde se insiste en que la fe y la práctica deben basarse en las Escrituras, y no en enseñanzas humanas (The Westminster Assembly: Reading Its Theology in Historical Context, p. 72).
La doctrina de la Escritura es una enseñanza que se ha entendido mal entre los anglicanos de hoy. Algunos han sugerido que los Treinta y Nueve Artículos no enseñan sola sino prima Scriptura, y niegan así que la Escritura sea norma superior a la tradición o a la experiencia humana. La ironía es que este artículo fue escrito específicamente para rechazar cualquier interpretación de la tradición eclesiástica o de la experiencia humana individual como normas iguales a la Escritura.
Entonces, ¿a qué puede recurrir un anglicano para saber más al respecto? Los dos libros de Homilías (en línea o impresos) se consideran tradicionalmente parte de los documentos constitutivos del anglicanismo, como lo ponen de manifiesto los artículos XI y XXXV, y siempre se han tenido como una fuente de doctrina para los anglicanos, aunque actualmente sean poco conocidos. Las Homilías fueron una brillante estrategia de evangelización en una época en la que el evangelio era poco conocido fuera de las ciudades y pueblos en los que se desarrollaba el comercio con el continente europeo. En las miles de parroquias que conformaban la mayor parte de la Iglesia de Inglaterra, la calidad de la predicación bíblica era muy pobre o inexistente. Las Homilías fueron pensadas como un instrumento de la misión del evangelio, para elevar el nivel de la predicación ofreciendo modelos de sermones sobre doctrinas fundamentales del evangelio, y para proporcionar una aplicación pastoral que debía leerse (particularmente por oficiales o ministros laicos que carecían de licencia para predicar o enseñar).
La primera homilía de las Homilías comienza como más tarde lo haría la Confesión de Fe de Westminster: Una exhortación fructífera a la lectura y conocimiento de la Sagrada Escritura. Compuesta por Thomas Cranmer, proporciona a los anglicanos el contexto más amplio para los artículos VI y VII sobre la Escritura, y los artículos VIII, XX, XXI y XXXIV sobre la relación de la autoridad de la Iglesia con respecto a la Escritura. Cuando todo esto se lee como un conjunto narrativo, el principio de sola Scriptura que sostuvo la Reforma brilla en cada párrafo de los formularios históricos.
La primera homilía consta de dos partes. La primera parte establece la doctrina, y la segunda la aplica. Este colorido párrafo sobre la suficiencia de la Escritura de la primera parte es un ejemplo de ello:
Por lo tanto, abandonando el juicio corrupto de los hombres carnales, que solo se preocupan de su cuerpo, oigamos y leamos con reverencia la Sagrada Escritura, que es el alimento del alma. Busquemos diligentemente el manantial de la vida en los libros del Antiguo y del Nuevo Testamento, y no corramos, para obtener nuestra justificación y salvación, a los charcos apestosos de las tradiciones de los hombres, ideadas por la imaginación humana. Pues en la Sagrada Escritura se contiene plenamente lo que debemos hacer y lo que debemos evitar, qué creer, qué amar y qué esperar, al fin, de las manos de Dios. En estos libros hallaremos al Padre de quien, al Hijo por quien y al Espíritu Santo en quien todas las cosas tienen su ser y su subsistencia; y hallaremos también que estas tres personas son un solo Dios y una sola sustancia. En estos libros podemos aprender a conocernos a nosotros mismos, lo viles y miserables que somos, y también a conocer a Dios, lo bueno que es en sí mismo y cómo nos hace, a nosotros y a todas las criaturas, partícipes de su bondad. También podemos aprender en estos libros a conocer la voluntad y el beneplácito de Dios, en la medida en que nos conviene saberlo por ahora.
La primera homilía es una de las exposiciones más extensas de la doctrina de la sola Scriptura que se puede encontrar en cualquiera de los documentos oficiales anglicanos de la época de la Reforma.