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Los Treinta y Nueve Artículos · Dios y la Escritura

Entrega 7 de 38 · Artículo VII · Del Antiguo Testamento

Los Treinta y Nueve Artículos: La regla de fe (2), artículo VII

Por Henry Jansma

Publicado el · 6 min de lectura

Artículo de Henry Jansma publicado en Place for Truth, traducido y publicado aquí con permiso del autor. Original en Place for Truth: 39 Articles—The Rule of Faith (2) (en inglés)

En el índice: Texto del artículo VII

La última vez examinamos cómo el artículo VI de los Treinta y Nueve Artículos afirma que la Biblia es nuestra única autoridad en cuanto a la fuente de la doctrina cristiana. También explicaba el concepto de sola Scriptura y enumeraba los libros del Antiguo y Nuevo Testamento. El artículo VII aclara aún más la «regla de fe» de un anglicano. Explica la relación del Antiguo con el Nuevo Testamento y, al hacerlo, indica qué leyes del Antiguo Testamento siguen siendo vinculantes para el creyente del Nuevo. Los Cuarenta y Dos Artículos originales de Thomas Cranmer de 1553 tenían dos artículos separados que fueron reunidos aquí por el arzobispo Parker en 1563 ya que trataban temas relacionados.

VII. Del Antiguo Testamento.

El Antiguo Testamento no es contrario al Nuevo, porque tanto en el Antiguo como en el Nuevo Testamento se ofrece al género humano la vida eterna por Cristo, que es el único Mediador entre Dios y el hombre, siendo a la vez Dios y hombre. Por tanto, no han de ser oídos los que se figuran que los antiguos padres solo esperaban promesas transitorias. Aunque la Ley dada por Dios mediante Moisés, en cuanto a ceremonias y ritos, no obliga a los cristianos, ni sus preceptos civiles deben necesariamente recibirse en ningún Estado, sin embargo, ningún cristiano, sea quien sea, está libre de la obediencia a los mandamientos que se llaman morales.

El artículo deja claro que la unidad de los Testamentos es una consecuencia inevitable del principio de la sola Scriptura: la Biblia es un solo libro, escrito por Dios mismo, y enseña un solo mensaje de salvación a través del Señor Jesucristo, el único Mediador entre Dios y los hombres. Por eso, dice el artículo, no debemos pensar que los santos del Antiguo Testamento «solo esperaban promesas transitorias». Si tomamos el principio de la carta a los Hebreos, el pueblo de Dios en el Antiguo Testamento reconocía que lo que conocía era apenas un anticipo de cosas mucho mejores que estaban por venir. Abraham era un creyente como nosotros, que confiaba en las promesas de Dios para la vida eterna. Esperaba «la ciudad que tiene fundamentos, cuyo arquitecto y constructor es Dios» (Hebreos 11:10). Los anglicanos deben predicar y enseñar la naturaleza histórico-redentora del Antiguo Testamento, porque está lleno del evangelio de la salvación por la sola gracia de Dios, por medio de Jesucristo solamente, a través de la sola fe. Esa es la razón principal por la que los oficios del Libro de Oración Común incluyen una lectura del Antiguo Testamento y un salmo.

El artículo VII refuta a los que levantan un muro entre el Antiguo y el Nuevo Testamento y, con ello, permiten que, por la inspiración privada del Espíritu Santo, se levante el mismo muro entre el Nuevo Testamento y nuestra época. El razonamiento es el mismo. Pero el artículo XIX (1553) del original de Cranmer, que habla sobre la ley del Antiguo Testamento, terminaba con una advertencia adicional que no se incluyó aquí, pero que nos da una pista sobre el tipo de error que el artículo VII intenta refutar: «Por lo cual no deben ser escuchados quienes afirman que la Sagrada Escritura es dada solo a los débiles, y se jactan continuamente del Espíritu, de quien (dicen) han aprendido las cosas que enseñan, aunque las mismas sean evidentísimamente repugnantes a la Sagrada Escritura». Los anglicanos norteamericanos entienden muy bien cómo los falsos maestros de la Iglesia Episcopal afirmaron que «el Espíritu Santo estaba haciendo algo nuevo» para apartarse de la enseñanza inequívoca de la Biblia sobre la atracción por personas del mismo sexo y rechazar la doctrina del artículo VII sobre la inspiración y la autoridad de las Escrituras, que reúnen tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento como uno solo. El Espíritu y las Escrituras nunca se contradicen. El Antiguo y el Nuevo Testamento siempre coinciden.

El artículo continúa explicando las diferencias entre el Antiguo y el Nuevo Testamento. El pacto de gracia para la salvación, tanto en el uno como en el otro, es de una misma sustancia, pero de diferente administración. Por lo tanto, hay continuidades y discontinuidades de administración entre ellos, especialmente en la aplicación de la ley del Antiguo Testamento. El artículo VII divide la ley utilizando las tres categorías medievales de ceremonial, civil y moral. Esta explicación era bien conocida entre los teólogos anglicanos, que analizaban teológicamente la Biblia a la luz de la plenitud de Cristo.

  • La ley ceremonial, concerniente al sacerdocio y la pureza, los sacrificios y el sábado, se ha cumplido toda en Jesucristo. Estos rituales eran «la sombra de los bienes venideros» (Hebreos 10:1). Jesús es nuestro gran sumo sacerdote que completó el sacrificio final y último. Así pues, estas antiguas ceremonias eran una anticipación de la persona y la obra de Cristo. Por lo tanto, como veremos más adelante, yerra quien sostiene que la naturaleza de la Iglesia conserva estas categorías y ceremonias. Los artículos nos recuerdan que no hay lugar en la Iglesia cristiana para un orden especial de sacerdotes, altares, lavamientos rituales y sacrificios. Tales prácticas oscurecen la gloria del oficio de Cristo como Mediador y la naturaleza única y definitiva de su sacrificio. El Señor Jesucristo es nuestro gran sumo sacerdote; quienes son ordenados son sus ministros, no sus sacerdotes.
  • La ley civil, respecto a las relaciones Iglesia-Estado y los castigos judiciales, también ha dejado de ser vinculante para el cristiano. Ello se debe a que esas leyes estaban destinadas únicamente a la nación de Israel del Antiguo Testamento para una época específica de la historia de la salvación. Las naciones cristianas, tal como se entendían en la Reforma, son libres de desarrollar sus constituciones y marcos jurídicos que reflejen la administración del nuevo pacto.
  • La ley moral se mantiene porque refleja el carácter de Dios y lo que él espera de su pueblo, ya que tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento conservan el mandato divino: «Sed santos, porque yo soy santo» (Levítico 11:44; 1 Pedro 1:16). Los Diez Mandamientos permanecen y, de acuerdo con el Libro de Oración Común de 1662, los anglicanos deben recitarlos los domingos cuando se celebra la Cena del Señor. La respuesta al escuchar cada mandamiento, «Señor, ten misericordia de nosotros e inclina nuestros corazones a guardar esta ley», subraya para nosotros cómo la Ley convence al pecador de su necesidad de la gracia divina y afirma su deseo, por esa misma gracia de Dios, de buscar la santidad como su hijo adoptivo. Pero ¿qué hay del cuarto mandamiento, acerca del sábado o día del Señor? Parece que cuanto más clara tiene un anglicano la unidad del Antiguo y el Nuevo Testamento como un solo pacto de gracia, más dispuesto está a reservar el domingo como el día dedicado al culto cristiano. Entre los anglicanos norteamericanos, una de las víctimas de la hermenéutica liberal que rompió la concordancia entre el Antiguo y el Nuevo Testamento es la pérdida del día del Señor.

Original: 39 Articles—The Rule of Faith (2), de Henry Jansma.

Publicado en Place for Truth, de la Alliance of Confessing Evangelicals, el 19 de mayo de 2017. Traducción de Anglicanismo.com, publicada con permiso del autor.

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