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El Credo Niceno: guía anglicana para principiantes
Por Peter Johnston
Publicado en inglés el 7 de febrero de 2025 · 13 min de lectura
Artículo de Anglican Compass, traducido y publicado aquí con su permiso. Original en Anglican Compass: The Nicene Creed: A Rookie Anglican Guide (en inglés)
El Credo Niceno es una confesión de la fe cristiana en la Trinidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo. Lo redactaron por primera vez los obispos reunidos en el Concilio de Nicea, en 325. Hoy todas las grandes denominaciones cristianas lo afirman como expresión fundamental de la fe.
Para los anglicanos, el Credo Niceno es además una parte habitual del culto dominical. En nuestra liturgia de la Comunión nos ponemos de pie y, como congregación, declaramos el credo. Así repasamos cada semana el contenido básico y la historia de nuestra fe. Al hacerlo, recordamos cada semana la gracia que Dios nos da en su Hijo Jesucristo, y confesamos que él es Salvador y Señor.
La historia del Credo
El Credo Niceno toma su nombre de una reunión de obispos de todo el mundo en la ciudad de Nicea, en 325. Constantino, que entonces afianzaba su poder como emperador de Roma, convocó este concilio para resolver una controversia teológica vinculada a Arrio, un presbítero de Alejandría, en Egipto.
La controversia arriana
Arrio creía que era imposible sostener la plena divinidad de Jesús y, a la vez, el principio fundamental del monoteísmo. Enseñaba que Jesús era un ser creado y que «hubo un tiempo en que él no existía».
No hay que confundir el arrianismo con el adopcionismo, una herejía que sostiene que Jesús llegó a ser divino solo en su bautismo o en su resurrección. Para Arrio, Jesús es el Hijo de Dios, engendrado por Dios, y por eso tiene atributos de divinidad, aunque de un tipo inferior. Arrio apoyaba sus ideas en la Escritura, por ejemplo en Juan 14:28, donde Jesús dice: «el Padre mayor es que yo».
El obispo de Alejandría, que se llamaba Alejandro, se opuso a la enseñanza de Arrio. En su carta contra Arrio, del año 318, Alejandro explicó que las ideas de Arrio se apartaban de la Escritura, en especial de Juan 1, que presenta a Jesús como la Palabra divina de Dios desde el principio:
En el principio era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios.
Además, Alejandro dio la vuelta a las citas bíblicas de Arrio. Aclaró que las palabras de Jesús, «el Padre mayor es que yo», se refieren en realidad a que el Hijo es eternamente engendrado, mientras que el Padre es eternamente no engendrado. En esa generación eterna, Dios Padre comunicó a su Hijo su plena divinidad. Por eso Jesús pudo decir también:
Yo y el Padre uno somos.
Alejandro explicó también que las ideas de Arrio no podían conciliarse con la paternidad de Dios. Si Jesús es solo una criatura y no existió siempre, entonces ser Padre no forma parte de la naturaleza eterna de Dios. De hecho, la negación de la divinidad de Jesús y de la paternidad de Dios volvería a aparecer siglos después en la teología musulmana. Alejandro, en cambio, enseñó que «el Padre es siempre el Padre», y eso supone que Dios Padre tuvo siempre un Hijo.
El Concilio de Nicea
Arrio salió de Alejandría, pero siguió difundiendo sus ideas por las ciudades del Mediterráneo. La controversia se agravó con las cartas de Alejandro de 318 y con un concilio de obispos egipcios en 323. Constantino, que conquistó el Imperio romano de Occidente en 312 y la parte oriental en 321, vio que la disputa amenazaba la unidad de su imperio y convocó un concilio de obispos para resolverla.(nota del editor E1)
Nota del editor · E1
Constantino se hizo con la parte oriental del Imperio en 324, al vencer a Licinio en Crisópolis.
Más de 200 obispos de todo el Imperio romano se reunieron en Nicea, cerca de la actual Constantinopla. Entre ellos había un obispo de York, señal de una presencia temprana del cristianismo en las islas británicas. También participó san Nicolás de Mira, aunque las historias de que abofeteó a Arrio (en inglés) son probablemente apócrifas.(nota del editor E2)
Nota del editor · E2
Constantinopla es la actual Estambul; en 325 la ciudad se llamaba aún Bizancio. Además, no consta que a Nicea asistiera ningún obispo de Britania. El primer obispo de York que se conoce, Eborio, firmó las actas del concilio de Arlés, en 314.
Aunque Constantino presidió el concilio, es probable que no entendiera el debate, que era en griego, mientras que él hablaba latín. Al final, el debate dio la razón a Alejandro: Arrio fue desterrado y anatematizado, y los obispos publicaron la primera versión de lo que hoy llamamos el Credo Niceno.
La estructura del Credo
El Credo Niceno se divide con claridad en cuatro secciones, y cada una empieza con la palabra «Creemos». Las tres primeras expresan nuestra fe en las tres personas de la Deidad, y una sección final trata de la Iglesia.(nota del editor E3)
Nota del editor · E3
El autor cita el Credo en la forma del Libro de Oración Común de 2019 de la Iglesia Anglicana en Norteamérica (ACNA), que va en plural. El Libro de Oración Común de 1662 lo da en singular, en la Santa Comunión: «Creo en un solo Dios, Padre todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, y de todas las cosas visibles e invisibles».
Sección 1: el Padre
Creemos en un solo Dios, el Padre, el Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra, de todo lo que existe, visible e invisible.
Esta frase expresa con claridad la fe cristiana en Dios Padre, como la primera línea del Credo de los Apóstoles. Un detalle que llama la atención en este texto, y que no está en el Credo de los Apóstoles, es que insiste en que Dios es «un solo Dios». Los obispos de Nicea estaban decididos a afirmar que el cristianismo es una fe monoteísta. La Deidad está formada por tres personas que son un solo Dios.
El «un solo Dios» es el «Padre todopoderoso», una expresión que viene de la polémica de Alejandro contra Arrio. El Dios creador es también padre. Eso sugiere que, si es padre eternamente, tiene un Hijo eterno, como se ve en la siguiente sección del Credo.
Sección 2: el Hijo
Creemos en un solo Señor, Jesucristo, el Hijo unigénito de Dios, eternamente engendrado del Padre, Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de un mismo ser con el Padre; por medio de él todas las cosas fueron hechas. Por nosotros y por nuestra salvación descendió del cielo, se encarnó del Espíritu Santo y de la Virgen María, y se hizo hombre. Por nuestra causa fue crucificado bajo Poncio Pilato; padeció la muerte y fue sepultado. Al tercer día resucitó, conforme a las Escrituras; subió al cielo y está sentado a la derecha del Padre. Vendrá de nuevo con gloria para juzgar a vivos y muertos, y su reino no tendrá fin.
La sección más larga del Credo Niceno es la segunda, la del Hijo. De hecho, esta sección tiene dos partes distintas.
La primera parte explica quién es el Hijo eterno de Dios, que es «eternamente engendrado del Padre». La frase clave es que el Hijo eterno es «de un mismo ser con el Padre», que traduce la palabra griega homoousios. Esto define la unidad del Hijo con el Padre y refuta el arrianismo.
La segunda parte cuenta cómo el Hijo de Dios llega a ser el Hijo del Hombre encarnado, Jesucristo. Pasa de lo eterno a lo histórico: resume el relato de los cuatro evangelios sobre la encarnación, la crucifixión, la resurrección y la ascensión, y anuncia la segunda venida de Cristo.
Sección 3: el Espíritu Santo
Creemos en el Espíritu Santo, Señor y dador de vida, que procede del Padre [y del Hijo], que con el Padre y el Hijo es adorado y glorificado, y que habló por los profetas.
La primera versión del Credo Niceno solo incluía una breve declaración de fe en el Espíritu Santo. En el Concilio de Constantinopla, en 381, se amplió para afirmar que el Espíritu Santo es igualmente divino: dice que es adorado junto con el Padre y el Hijo. Muchos que vienen de iglesias carismáticas o pentecostales valoran que este Credo antiguo destaque la importancia del Espíritu Santo.
En 1024, el papa añadió al Credo, no sin polémica, la palabra latina filioque, que significa «y del Hijo». Esta precisión sobre la procedencia del Espíritu, con raíces en la teología agustiniana, abrió un debate que sigue hasta hoy. La controversia vino también de que el papa modificó el Credo por su cuenta, sin aprobación de un concilio, y eso llevó al Gran Cisma entre las Iglesias de Occidente y de Oriente en 1054.(nota del editor E4)
Nota del editor · E4
La fecha que suelen dar los historiadores para la adición del filioque es 1014, con el papa Benedicto VIII.
Hoy las Iglesias de Occidente y de Oriente buscan reconciliarse en este punto. La Iglesia de Occidente subraya que el filioque se añadió solo al Credo latino. Occidente quiere reconocer tanto la versión griega original como la versión latina posterior. Por eso, nuestros obispos de la ACNA han puesto «y del Hijo» entre corchetes en nuestro Libro de Oración. Así es opcional para las parroquias de la ACNA, según lo que decida la autoridad local.(nota del editor E5)
Nota del editor · E5
El Libro de Oración Común de 1662 da el Credo sin corchetes: «Y creo en el Espíritu Santo, Señor y Dador de vida, que procede del Padre y del Hijo». Lo mismo dice el artículo V: «El Espíritu Santo, que procede del Padre y del Hijo, es de una misma sustancia, majestad y gloria con el Padre y el Hijo, verdadero y eterno Dios».
Sección 4: la Iglesia
Creemos en una sola Iglesia, santa, católica y apostólica. Reconocemos un solo bautismo para el perdón de los pecados. Esperamos la resurrección de los muertos y la vida del mundo venidero. Amén.
La cuarta y última sección del Credo trata de la Iglesia. Muchos de los que se acercan por primera vez al Credo encuentran esta parte la más confusa. Muchos piensan que la palabra «católica» se refiere solo a la Iglesia católica romana, pero en realidad significa «universal». Por tanto, la verdadera Iglesia va más allá de las fronteras entre denominaciones: abarca a todos los que han sido bautizados y han renacido en el cuerpo de Cristo. Del mismo modo, la palabra «apostólica» no se refiere a las denominaciones que llevan «Apostólica» en su nombre. Indica la Iglesia que procede de los apóstoles y que se mantiene fiel a la enseñanza del Nuevo Testamento.
El Credo en el culto dominical
Para los anglicanos, el Credo no es letra muerta de doctrina abstracta, sino una experiencia viva del culto dominical. Nos recuerda nuestra fe, muestra nuestra unidad y une las lecturas con el gran relato de Dios y de su evangelio en Cristo.
Hay quien se opone a proclamar el Credo cada semana porque no es fácil de entender o porque puede volverse rutinario y vacío. Son inquietudes válidas, pero creo que la mejor forma de atenderlas es con enseñanza y con variación según los tiempos del año, no quitando el Credo del todo.
Recordatorio y formación
El Credo es un recordatorio constante de nuestra fe. Recitarlo con regularidad, algo que a menudo se ve como un punto débil, en realidad ayuda a enseñar y a moldear nuestra comprensión de los principios fundamentales del cristianismo. Además, aunque el Credo no cambia, nosotros sí crecemos y cambiamos. A medida que pasamos por distintas etapas de la vida, nos acercamos al Credo y a su enseñanza de maneras nuevas y llenas de vida.
Este proceso va más allá del mero interés académico. En su reseña (en inglés) del libro de Phillip Cary sobre el Credo Niceno, Ben Brown cita estudios que muestran que el arrianismo tiene una presencia notable entre los evangélicos estadounidenses. El obispo C. FitzSimons Allison, en su apreciada obra The Cruelty of Heresy, estudia de qué modo las herejías antiguas, como el arrianismo, están muy unidas a los vicios, a la idolatría y al debilitamiento de la fe: «Cada herejía, a su manera, alienta algún defecto de nuestra naturaleza humana» (Allison, p. 23).
Necesitamos que se nos recuerde una y otra vez que el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo son Dios. Eso nos da la seguridad de que el camino de la cruz (en inglés) por medio de Jesucristo es de verdad el camino de Dios. Cada día el mundo nos ofrece otros caminos. Los domingos recitamos el Credo Niceno y reafirmamos nuestra fe en que Jesús es divino y en que solo su camino lleva a la resurrección y a la vida eterna.
Una proclamación común para los tiempos de duda
Cuando la congregación se pone de pie y proclama junta su fe, muestra nuestra unidad. Estamos unidos con la Iglesia a lo largo del tiempo, con la Iglesia en todo el mundo y con la iglesia del otro lado del pasillo, en nuestra propia congregación. Esta afirmación en común ayuda sobre todo en temporadas de duda. En un artículo (en inglés) impactante sobre su crisis de fe, Kate Miller cuenta cómo el Credo Niceno la ayudó a defender su fe:
Cuando nos pusimos de pie para recitar el Credo Niceno, me di cuenta de que no podía decir las palabras. Así que me quedé allí de pie y dejé que las palabras me envolvieran. Ese día, cuando yo no podía confirmar mi fe, los que me rodeaban la sostuvieron por mí. Nadie buscaba palabras con torpeza ni repartía frases hechas o verdades a medias. Defendieron su fe y la mía con las palabras antiguas del Credo Niceno.
El lugar del Credo en la liturgia
En los libros de oración tradicionales, Cranmer puso el Credo después de las lecturas y antes del sermón. En ese lugar, el Credo da contexto a cada lectura y la sitúa dentro del gran relato del evangelio. A partir del Libro de Oración Común de 1979, y también en la edición de 2019 (en inglés), el Credo aparece después del sermón.
Este orden moderno une las lecturas y el sermón, pero deja de lado la intención original de Cranmer para el Credo. Para atender a los dos fines, propongo una tercera opción: poner el Credo antes de las lecturas. Con este orden, primero va el gran relato, después las lecturas concretas dentro de ese relato, y luego el sermón puede volver a unir las lecturas con el gran relato.
- Lecturas – Credo – Sermón (libros de oración tradicionales)
- Lecturas – Sermón – Credo (libros de oración modernos)
- Credo – Lecturas – Sermón (alternativa propuesta)
Respuesta a las objeciones
Una objeción al uso del Credo en el culto es que resulta difícil para los recién llegados y para los no creyentes. Sin embargo, en mi experiencia, a esos visitantes rara vez les molesta el Credo. Al contrario: lo normal es que los visitantes quieran entender qué cree una iglesia, y el Credo Niceno les da una respuesta sólida. Muchas veces son más bien los miembros de la iglesia los que se han cansado de recitar el Credo o lo ven como una rutina.
A mi juicio, lo mejor es dar una enseñanza mejor y más frecuente sobre el Credo. Eso formará a los recién llegados y ayudará a los cristianos a valorar la magnífica oportunidad que tienen de proclamar su fe cada semana.
Otra idea es cambiar de credo según el tiempo del año: por ejemplo, usar el Credo Niceno desde Adviento (en inglés) hasta Pentecostés (en inglés), y luego el Credo de los Apóstoles durante el Tiempo Ordinario (en inglés). (Si quiere profundizar de verdad, pruebe a decir el Credo de San Atanasio el Domingo de la Trinidad (en inglés).) Así se mantiene una constancia que ayuda a memorizar y, a la vez, hay variedad suficiente para mantener el interés en el culto.
Conclusión
El Credo Niceno expone, en poco espacio, un resumen muy rico de la fe cristiana. Empezó como una defensa de la divinidad de Jesucristo y se amplió hasta ser una expresión clara de la Trinidad: Dios Padre, Dios Hijo y Dios Espíritu Santo.
Hoy el Credo Niceno nos ofrece no solo un vínculo con la Iglesia antigua, sino también una invitación a redescubrir la fe trinitaria. Juntos proclamamos lo que creemos.