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El «calvinismo» y el camino anglicano: diálogo con el obispo Ray Sutton

Por Steven Wedgeworth

Publicado el · 13 min de lectura

Artículo de Steven Wedgeworth publicado en Ad Fontes, traducido y publicado aquí con permiso del autor. Original en Ad Fontes: “Calvinism” and the Anglican Way: An Interaction with Bishop Ray Sutton (en inglés)

Portada impresa de los Artículos de Religión acordados en 1562, dentro de una orla grabada con dos figuras y dos leones
Portada de los Artículos de Religión (edición de 1571), Anónimo, 1571. Dominio público. Ver en Wikimedia Commons: Portada de los Artículos de Religión (edición de 1571)

En enero, Ray Sutton, obispo presidente de la Iglesia Episcopal Reformada, escribió un largo ensayo sobre la identidad anglicana. Empezó como comentario a un libro recién publicado y siguió como respuesta a algunas de las primeras críticas. Pero, por la extensión y el alcance del texto, daba la impresión de ser una especie de manifiesto. Parecía exponer lo que el obispo Sutton entiende por «catolicismo reformado». Hubo una afirmación que me llamó especialmente la atención. Escribe el obispo Sutton:

Al aprobarlos definitivamente la Iglesia de Inglaterra y el Parlamento en 1571, los Cuarenta y Dos Artículos de Cranmer se modificaron de manera considerable en algunos puntos, sobre todo en cuanto al calvinismo y al sacramento de la Cena del Señor, hasta convertirse en los Treinta y Nueve Artículos de Religión.

Es un argumento que ya ha planteado en otros escritos. Por ejemplo, en 2023 (en inglés):

Por eso, quince años después de la muerte de Cranmer, la Iglesia inglesa quitó los artículos más calvinistas para dejar un margen más católico en la manera de entender la soberanía de Dios. El resultado fueron los Treinta y Nueve Artículos de Religión, en 1571.

Según esta manera de entenderlo, el anglicanismo es un «catolicismo reformado». Pero no es exactamente «reformado» en el sentido habitual de ese término. Desde luego, no es calvinista. De hecho, el obispo Sutton presenta una especie de desarrollo confesional anglicano que empezó en esa dirección, pero luego se moderó hacia un «margen más católico». Y como son afirmaciones sobre los Treinta y Nueve Artículos, son afirmaciones que fijan el sentido y la identidad de los formularios históricos del anglicanismo.

Por eso, la exposición de Sutton merece la atención de quienes queremos participar en la recuperación y en la puesta en práctica del anglicanismo clásico en el mundo moderno. Hay mucho ahí, y debería volver sobre ello con más detalle. Pero en cuanto al planteamiento básico y a la tesis que he destacado, debemos rechazarlos. El uso cargado de «calvinismo» no ayuda, como tampoco ayuda apelar a un sentido menos definido de «católico». Usar estos términos de este modo perpetúa una cronología anacrónica y da una versión falsa del desarrollo de la tradición anglicana. Tenemos que dejar este enfoque y, en su lugar, poner de relieve una lectura atenta de los formularios históricos.

¿Qué es el calvinismo en la historia anglicana temprana?

El calvinismo ha sido durante mucho tiempo un término para asustar en la historia anglicana. A diferencia de los presbiterianos, que con el tiempo llegaron a defender ese nombre, los anglicanos reformados no solían llamarse a sí mismos «anglicanos calvinistas». Y en realidad hay varias buenas razones para ello.

Para empezar, los ministros de la Iglesia en Inglaterra no eran llamados a ser partidistas, sino a predicar y enseñar el evangelio tal como lo enseñan las Escrituras y tal como lo han transmitido los fieles a lo largo de los siglos. Incluso alguien como William Perkins podía decir: «Ni deben los que profesan el Evangelio llevar los nombres de quienes han sido instrumentos famosos en la Iglesia, como para llamarse calvinistas, luteranos, etc.» (William Perkins, A Golden Chaine, Cambridge, John Legat, 1600, pp. 721-722). La meta era un cristianismo bíblico y fiel.

Pero hay más: el término «calvinismo» no tiene sentido histórico aplicado a los primeros anglicanos. Thomas Cranmer era veinte años mayor que Juan Calvino. Cranmer fue nombrado arzobispo de Canterbury en 1532 y promovía en público su proyecto de Reforma desde 1535, como muy tarde. La primera edición de la Institución de la religión cristiana de Juan Calvino no se publicaría hasta un año después.

Aunque Cranmer sin duda mantuvo correspondencia con Juan Calvino, habría sido bastante extraño considerarlo discípulo de Calvino. Hubo otros reformadores con quienes Cranmer tuvo una relación mucho más estrecha, sobre todo Felipe Melanchthon, Martín Bucero y Pedro Mártir Vermigli. Y años después de la época de Cranmer, sin duda sería Heinrich Bullinger quien tendría la mayor influencia suiza sobre Inglaterra.

Si ampliamos el enfoque a las controversias inglesas posteriores, también podemos ver que Cranmer no comparte muchos de los rasgos distintivos «puritanos». Era bien conocido por insistir en el uso de ciertas vestiduras clericales, así como en arrodillarse para recibir la Cena del Señor. Usaba la señal de la cruz en el bautismo y profesaba una interpretación detallada del descenso de Cristo a los infiernos. Cranmer conservó los libros apócrifos, mantuvo el Te Deum en la liturgia, promovió el papel de los padrinos del bautismo e impuso un calendario eclesiástico más amplio y más completo que el de muchas iglesias y teólogos reformados del continente. También tenía una idea bastante alta de la obediencia que se debía al rey.

Al parecer, el único asunto que queda es la doctrina de la predestinación. Pero ¿de verdad eso lo convierte a uno en «calvinista»?

De 42 a 39

En las dos afirmaciones del obispo Sutton que he escogido, sugiere que los Treinta y Nueve Artículos de Religión modificaron el «calvinismo» temprano que podía encontrarse en los Cuarenta y Dos Artículos. Con eso parece referirse a la predestinación y a una determinada comprensión de la teología sacramental de la Cena del Señor. Pero no veo qué sentido tiene este argumento.

En pocas palabras, los artículos suprimidos son, según su numeración original, el artículo X, «De la gracia»; el XV, «Del pecado contra el Espíritu Santo»; el XVI, «La blasfemia contra el Espíritu Santo»; el XXXV, «Del Libro de Oraciones y de las ceremonias de la Iglesia de Inglaterra»; el XXXIX, «La resurrección de los muertos no ha sucedido todavía»; el XL, «Las almas de los que salen de esta vida ni mueren con el cuerpo ni duermen ociosas»; el XLI, «Los herejes llamados milenarios»; y el XLII, «No todos los hombres se salvarán al final». La historia es, por supuesto, algo más complicada que una simple lista de estos artículos, porque parte de su contenido pasó a otros artículos. Otro contenido se suprimió, no porque hubiera habido un cambio drástico de opinión, sino porque el tema ya no se consideraba urgente. También se añadieron artículos nuevos en los Treinta y Nueve Artículos.

Aun así, hay algo que debería saltar a la vista. El artículo sobre la predestinación no fue uno de los suprimidos.

Tampoco, dicho sea de paso, lo fue ninguno de los artículos sobre la Cena del Señor. De hecho, uno de los artículos que se añadieron en los posteriores Treinta y Nueve Artículos fue «De los impíos, que no comen el cuerpo de Cristo en el uso de la Cena del Señor» (artículo XXIX). La reina Isabel suprimió este artículo por temor a que alejara a los luteranos (por tanto, se lo veía como «reformado» a la manera suiza). Se restableció con el rey Jacobo y sigue en vigor hoy. Así que parecería que los anglicanos se volvieron más «calvinistas» en la doctrina de la Cena del Señor a medida que se desarrolló su tradición. (nota del editor E1)

Nota del editor · E1

El artículo XXIX faltó en la edición impresa de 1563. Pero ya figura en los Treinta y Nueve Artículos de 1571, aprobados en tiempo de la reina Isabel, antes del reinado de Jacobo I (1603-1625).

Otro artículo que podría ser pertinente para los debates entre los anglicanos conformistas y los puritanos más disidentes sería el artículo III, «Del descenso de Cristo a los infiernos». El original de Cranmer traía una afirmación bastante desarrollada sobre los detalles de este punto: cómo el alma de Cristo predicó a las almas en el Hades. La revisión posterior de los Treinta y Nueve Artículos afirma simplemente lo mínimo: «Así como Cristo murió por nosotros y fue sepultado, así también ha de creerse que descendió a los infiernos». Esta revisión es mucho más favorable al teólogo reformado o «calvinista» de la época. Pocos habrían sentido la necesidad de objetar una afirmación tan escueta.

Pero ¿qué hay de la predestinación? El artículo XVII, «De la predestinación y la elección», recibió retoques relativamente menores entre los Cuarenta y Dos Artículos de Cranmer y los posteriores Treinta y Nueve Artículos. Gerald Bray ofrece una comparación útil en su colección Documents of the English Reformation. El texto en cursiva y tachado indica lo que estaba en los Cuarenta y Dos Artículos y después se quitó. El texto en negrita es lo que se añadió en los Treinta y Nueve Artículos:

La predestinación para la vida es el propósito eterno de Dios, por el cual, antes de que se pusieran los fundamentos del mundo, ha decretado con firmeza, por su [suprimido: propio juicio] [añadido: consejo], secreto para nosotros, librar de la maldición y de la condenación a aquellos que ha escogido de entre el género humano, y llevarlos [añadido: por Cristo] a la salvación eterna [suprimido: por Cristo], como vasos hechos para honra. [suprimido: Por lo cual, los que tienen] [añadido: Por tanto, los que están dotados de] tan excelente beneficio de Dios [suprimido: que se les ha dado] son llamados según el propósito de Dios por su Espíritu, que obra a su debido tiempo; ellos, por la gracia, obedecen al llamamiento; son justificados gratuitamente; son hechos hijos [añadido: de Dios] por adopción; son hechos semejantes a la imagen de su Hijo unigénito Jesucristo; andan religiosamente en buenas obras; y al fin, por la misericordia de Dios, alcanzan la felicidad eterna.

Así como la piadosa consideración de la predestinación y de nuestra elección en Cristo está llena de un consuelo dulce, grato e inefable para las personas piadosas y para quienes sienten en sí mismos la acción del Espíritu de Cristo, que mortifica las obras de la carne y sus miembros terrenales, y eleva su mente a las cosas altas y celestiales —tanto porque establece y confirma grandemente su fe en la salvación eterna que han de gozar por Cristo, como porque enciende fervientemente su amor a Dios—, así también, para las personas curiosas y carnales, que carecen del Espíritu de Cristo, tener continuamente delante de los ojos la sentencia de la predestinación de Dios es una caída peligrosísima, por la cual el diablo [suprimido: puede empujarlas] [añadido: las empuja] o a la desesperación o al descuido de una vida sumamente impura, no menos peligroso que la desesperación.

Además, [suprimido: aunque los decretos de la predestinación nos son desconocidos, sin embargo] debemos recibir las promesas de Dios tal como nos son propuestas de manera general en la Sagrada Escritura; y en nuestras acciones ha de seguirse aquella voluntad de Dios que tenemos expresamente declarada en la palabra de Dios.

(Gerald Bray, Documents of the English Reformation, 3.ª ed., Lutterworth Press, 2019, p. 263)

Nota del editor

El artículo XVII se da en el texto de nuestra edición del Libro de Oración Común de 1662. Lo tachado es traducción nuestra del texto de 1553 que cita el autor. Aquí se sigue la cita del autor, que no recoge un añadido de 1563. Donde el texto de 1553 dice «a aquellos que ha escogido de entre el género humano», el de 1563 y 1571 (y el nuestro) dice «a aquellos que ha escogido en Cristo de entre el género humano».

Como puede ver, hubo muy pocos cambios en la doctrina de la predestinación. La única revisión de peso es la supresión de una línea que dice: «aunque los decretos de la predestinación nos son desconocidos». La idea se conserva en la expresión «por su consejo, secreto para nosotros», pero con menos énfasis. Aun así, difícilmente puede decirse que una revisión de este tipo haga el artículo menos «calvinista».

Por tanto, el planteamiento del obispo Sutton es sencillamente incorrecto. Ninguno de los cambios entre los Cuarenta y Dos Artículos y los Treinta y Nueve Artículos hace menos «calvinista» la confesión de fe inglesa. En realidad, lo que ocurre es el desarrollo contrario.

Si lo que a uno le preocupa es la predestinación, entonces los Artículos son tan calvinistas como siempre lo fueron. Pero, de nuevo, esa es una manera poco útil de hablar de la doctrina. Lo que los Artículos enseñan en realidad es una especie de agustinismo bastante genérico, tal como se había desarrollado a lo largo de los años. El lector notará que se trata expresamente el tema positivo de la elección, pero no las cuestiones de la reprobación. Ahí los Artículos callan. Así era en el borrador original de Cranmer y también en las versiones posteriores. Tanto los Cuarenta y Dos Artículos como los Treinta y Nueve Artículos enseñan, sin duda, un decreto incondicional de predestinación y elección. Quienes se aventuren en los Libros de Homilías encontrarán cosas todavía más fuertes.

Conclusión

Ahora bien, este no es en absoluto el final de la historia. Los puntos controvertidos sobre el alcance de la expiación, e incluso los detalles de la gracia de la perseverancia, sencillamente no aparecen ni en los Cuarenta y Dos ni en los Treinta y Nueve Artículos. Esto se debe a que esas cuestiones todavía no habían estallado en el debate general. De hecho, el Sínodo de Dort se reúne más de cincuenta años después de la muerte de Cranmer. Tocaría a teólogos y controversias inglesas posteriores tratar esos asuntos, y la historia parece mostrar que nunca se llegó del todo a una solución. Incluso con la Restauración y el Libro de Oración Común de 1662, persistieron las controversias y las ambigüedades. Esto no significa que el anglicanismo sea de hecho «calvinista», pero tampoco significa que no sea «calvinista». La conversación es más complicada que eso.

Los debates sobre el anglicanismo «verdadero» no son nuevos, y el siglo XXI es una época tan confusa y fragmentada como cualquier otra. Toda afirmación será discutida. Al mismo tiempo, hay algunos pasos y estrategias que pueden ayudarnos a avanzar.

Tenemos que ir más allá de la definición por taxonomía. Las generalizaciones y las clasificaciones por grupos tienen su lugar. Yo mismo las uso. Pero no pueden ser la norma para definir una iglesia. Si lo fueran, no necesitaríamos reivindicar el nombre de «anglicano», sino simplemente el de uno de los subgrupos. Invitaríamos a mujeres y hombres a visitar la iglesia «Teólogos Carolinos» de Kalamazoo o la iglesia «Vieja Alta Iglesia» de Baltimore. En realidad, esos subgrupos son especies dentro de un género mayor.

Además, los nombres de estos grupos suelen ser un poco demasiado generales e imprecisos. A hombres ordenados en tiempo de la reina Isabel se les llama a veces «carolinos». Tampoco se hablaba así en épocas anteriores. Así como en el siglo XVI nadie en la Iglesia de Inglaterra se llamaba a sí mismo «calvinista», en el siglo XVII nadie se llamaba a sí mismo de la «Alta» o de la «Baja» Iglesia. Separar los nombres de los principios tampoco es siempre fácil. A muchos puritanos se los puede llamar con razón de «Alta Iglesia» por su adhesión a una disciplina eclesiástica estricta e incluso a una especie de uniformidad (aunque fuera de tipo minimalista). Los historiadores académicos de la Iglesia llevan ya tiempo cuestionando y desmontando muchas de estas etiquetas, y con razón.

En lugar de centrarse en hombres y movimientos, a los anglicanos les convendría más poner en primer plano sus textos confesionales. Los formularios históricos son en realidad lo único de nuestra tradición que puede reivindicar en sentido propio autoridad eclesiástica, historia y catolicidad. Para la mayoría de nosotros, ya son la norma de iure, aunque no siempre lo sean de facto.

A mi juicio, una lectura atenta y una práctica fiel de los Treinta y Nueve Artículos, del Libro de Oración Común (1662) y del Ordinal son, sencillamente, el camino anglicano.

Original: “Calvinism” and the Anglican Way: An Interaction with Bishop Ray Sutton, de Steven Wedgeworth.

Publicado en Ad Fontes el 2 de junio de 2025 y revisado el 3 de junio de 2025. Traducción de Anglicanismo.com, publicada con permiso del autor. Las notas del editor son de Anglicanismo.com y no forman parte del original.

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