Una vela encendida: los mártires de Oxford, Latimer y Ridley
Por Justin Clemente
Publicado el · 7 min de lectura
Artículo de Anglican Compass, traducido y publicado aquí con su permiso. Original en Anglican Compass: A Burning Candle: The Oxford Martyrs Latimer and Ridley (en inglés)
El 16 de octubre de 1555, en Oxford (Inglaterra), Hugh Latimer y Nicholas Ridley, obispos de la Iglesia inglesa, murieron mártires. Atados espalda con espalda, los quemaron en la hoguera. Hugh Latimer, que tenía más de setenta años, murió pronto; Nicholas Ridley, mucho más joven, no. Sufrió mucho en su camino hacia los brazos de Cristo.
De camino a la hoguera, el obispo Ridley iba más deprisa que Latimer. Miró atrás y le dijo, más o menos: «¡Vamos, que te quedas atrás!». Se daban mucho ánimo el uno al otro. En el tiempo que precedió a su martirio, leyeron juntos el Nuevo Testamento nada menos que siete veces. Justo antes de morir, según cuenta la tradición, Latimer le dirigió una última palabra de ánimo, unas palabras que han resonado a lo largo de la historia y que vuelven a nosotros cuando recordamos sus vidas: «Ten buen ánimo, maestro Ridley, y pórtate como un hombre. Hoy, por la gracia de Dios, encenderemos en Inglaterra una vela tal que confío en que nunca se apagará».
¿Por qué luchaban estos dos hombres? ¿Y por qué estaban dispuestos a morir por ello?
Por esto, sencillamente: por la suficiencia de la sangre derramada de Jesucristo para salvar a los pecadores. Murieron por la pureza, la difusión y el avance del evangelio en Inglaterra. Como dice un escritor:
La Reforma fue un tiempo en que los hombres se emborracharon hasta quedar ciegos y tambaleantes, porque habían descubierto, en el sótano polvoriento de la Baja Edad Media, toda una bodega de gracia de mil quinientos años y de cien grados: botella tras botella de destilado puro de la Escritura, del que bastaba un sorbo para convencer a cualquiera de que Dios nos salva él solo.
Ya le he contado su martirio; ahora quiero contarle más de su historia y de lo que los llevó hasta allí. En este breve artículo quiero hablar de su testimonio y de su obra como reformadores en la Iglesia de Cristo.
II. Su historia
Hugh Latimer
Hugh Latimer fue ordenado presbítero en 1515. Al principio se opuso con fuerza a la Reforma, y se describía como un «papista tan obstinado como el que más en Inglaterra». ¿Cómo cambió entonces de corazón? Por el poder del testimonio personal.
Un estudiante llamado Bilney, contemporáneo suyo en la Universidad de Cambridge, se acercó a Latimer y le pidió hablar con él en privado sobre su fe. Latimer dijo más tarde: «Aprendí más por su confesión que antes en muchos años. Desde entonces empecé a olfatear la Palabra de Dios» (citado por J. C. Ryle en Five English Reformers, pp. 95-96).
¿Cómo era su fe en Cristo? Así la expresaba él:
«Pongamos toda nuestra esperanza, nuestra confianza y nuestra seguridad solo en [Cristo]. No lo remendemos con nada, porque… nuestros méritos no pueden merecer la vida eterna. Es algo demasiado precioso para que el hombre lo merezca. Es obra solo suya. Dios nos lo ha dado a él para que sea nuestro Libertador y para darnos la vida eterna».
Su fe y su testimonio de la Reforma giraban en torno a volver a la fuente pura del evangelio. Para los reformadores, el evangelio exaltaba a la Iglesia y dejaba claro cómo los pecadores podían conocer y recibir a Jesús.
Ministerio y obra
Hugh Latimer llegó a ser uno de los predicadores más famosos y poderosos de la Reforma inglesa. Un escritor dice: «Nadie, salvo los duros de cerviz e incircuncisos de corazón, se apartaba de [su predicación] sin quedar conmovido» (Becon's Works, vol. II, p. 224).
Fue nombrado obispo de Worcester en 1535, y J. C. Ryle describe así su ministerio:
Fue el mismo hombre en un palacio episcopal que había sido en una casa parroquial de pueblo o en un púlpito de Cambridge. El ascenso no lo echó a perder. La mitra [de obispo] no fue un apagavelas para su celo por el evangelio. Fue siempre fiel, siempre sencillo, siempre ocupado en los negocios de su Padre, siempre trabajando por hacer bien a las almas.
Aquí vemos el inmenso reto que tuvieron Latimer y Ridley. Como obispo reformador, Latimer tenía que asegurarse de que el clero tuviera Biblias y de que en las iglesias se oyera con regularidad la predicación de la Escritura.
Por los vaivenes de Inglaterra, más tarde tuvo que renunciar a su obispado y nunca volvió a ocuparlo. Lo encarcelaron y luego, bajo Eduardo VI, quedó libre. En la medida en que pudo,
[i]ba de un lado a otro por los condados del centro de Inglaterra, predicando dondequiera que sus servicios parecieran más necesarios. … Probablemente ninguno de los reformadores sembró tan amplia y eficazmente como Latimer la semilla de la sana doctrina protestante entre las clases medias y bajas.
Nicholas Ridley
J. C. Ryle escribió de Nicholas Ridley:
«[Es] un hombre cuyo nombre deberían conocer bien todos los fieles de corazón sincero de la Iglesia de Inglaterra. En el noble ejército de los reformadores ingleses, nadie merece un lugar más alto que Ridley».
Una anécdota muestra qué clase de hombre era Ridley. Una vez lo sorprendió en el mar una fuerte tormenta. Para animar a sus compañeros, dijo: «Tengan buen ánimo y remen con fuerza; esta barca lleva a un obispo que no ha de morir ahogado, sino quemado» (citado en Five English Reformers, p. 142). Todo un valiente.
No se convirtió a la Reforma de la noche a la mañana. Más bien parece que, a la luz de la Escritura, fue llegando poco a poco, pensando y orando, a «solo la fe» y a «solo Cristo».
Ministerio y obra
Como obispo, Nicholas Ridley ayudó a dar forma a la confesión bíblica y fiel del anglicanismo que hoy conocemos como los Treinta y Nueve Artículos. Aunque no llegó a ver la obra terminada, otros la retomaron después del reinado de la reina María y la terminaron bajo la reina Isabel. Así que debemos en parte a Ridley la expresión duradera y sabia de nuestra fe.
Nicholas era conocido por su predicación atrayente, por una bondad poco común, incluso con sus enemigos, y por su hondo cuidado de los pobres. Eduardo VI le pidió consejo sobre cómo cuidar mejor de los pobres del reino, y el consejo de Ridley influyó mucho en los avances que se hicieron en ese campo. Este cuidado por la gente se vio incluso en su martirio: antes de que encendieran el fuego, repartió algunas de sus pertenencias, y hasta la ropa que llevaba puesta, entre la gente de la multitud.
Tenemos poco de sus escritos. J. C. Ryle nos dice:
El digno obispo tuvo poco tiempo para escribir. Trabajar, predicar, aconsejar, dar testimonio, sufrir y morir por la verdad de Dios: esa fue la suerte que le tocó. ¿Y quién se atreverá a decir que su vida breve y su muerte gloriosa no han hecho más por la verdad de Cristo en Inglaterra que cincuenta… volúmenes de escritos?
III. Oraciones respondidas
Al cerrar este esbozo, demasiado breve, de sus vidas, pensemos en su vida de oración.
Mientras vivió, Hugh Latimer oraba por tres cosas (y Ridley sin duda oraba por lo mismo). Augustine Bernher, que servía a Latimer, cuenta que Latimer oraba tanto tiempo que al final no podía levantarse de rodillas sin ayuda. Esto es lo que pedía:
- Que predicara fielmente el evangelio de Cristo hasta la muerte.
- Que Dios restaurara la obra de la Reforma en Inglaterra.
- Que Dios levantara a la reina Isabel para esa misma obra.
Hagamos aquí una pausa para notar algo: Dios respondió a cada una de estas oraciones. Pero las respuestas costaron mucho. San Pablo nos dice de Jesús que «por todos murió, para que los que viven, ya no vivan para sí, sino para aquel que murió y resucitó por ellos» (2 Corintios 5:15). ¡Qué cierto fue esto en la obra que Cristo hizo en estos dos santos fieles y célebres! La vela de los mártires de Oxford sigue encendida.