Los Treinta y Nueve Artículos · La Iglesia
Entrega 23 de 38 · Artículo XXIV · De hablar en la congregación en una lengua que el pueblo entienda
Los Treinta y Nueve Artículos: La Iglesia visible e invisible (6), artículo XXIV
Por Henry Jansma
Publicado el · 6 min de lectura
Artículo de Henry Jansma publicado en Place for Truth, traducido y publicado aquí con permiso del autor. Original en Place for Truth: 39 Articles—The Visible and Invisible Church (6) (en inglés)
En el índice: Texto del artículo XXIV
El hilo de los Treinta y Nueve Artículos ha establecido la primacía de las Escrituras como el medio principal por el que Dios se revela, y ha fijado los detalles de la aplicación de ese mismo principio. Solo la Escritura determina los límites de la autoridad de la Iglesia en la formulación de la doctrina, y ha fijado la estructura del llamamiento y la ordenación de los ministros. En el artículo XXIV, el que cierra la doctrina de la Iglesia invisible y visible, el mandato de hablar en una lengua que el pueblo entienda no es una simple búsqueda de relevancia en el sentido moderno, sino fidelidad a la doble distinción de las propias Escrituras.
XXIV. De hablar en la congregación en una lengua que el pueblo entienda.
Es cosa claramente opuesta a la palabra de Dios y a la costumbre de la Iglesia primitiva tener la oración pública en la Iglesia, o administrar los sacramentos, en una lengua que el pueblo no entiende.
El artículo se reescribió por completo en 1563, muy probablemente a causa del pronunciamiento del Concilio de Trento de 1562, que anatematizó a quienes no decían la misa en latín. nota del editor E1 La versión definitiva de 1571 corrigió una omisión en el inglés de 1563, la frase del latín et primitivae Ecclesiae, «y a la costumbre de la Iglesia primitiva», y añadió además un título revisado. Para dejar clara la doble distinción y el uso de la lengua vernácula en los oficios anglicanos, puede ser útil leer el artículo original de Cranmer de 1553, «Se debe hablar en la congregación en una lengua que el pueblo entienda», con su referencia al apóstol Pablo y a 1 Corintios:
Es muy conveniente y muy conforme a la palabra de Dios que en la congregación no se lea ni se diga nada públicamente en una lengua desconocida para el pueblo, cosa que san Pablo prohibió, a menos que estuviera presente alguno que la explicara [Bray, Documents, 298].
El artículo XXIV afirma la doble distinción de las Escrituras en su aplicación a nuestro culto. Los artículos anteriores han mantenido una distinción, pero no una separación, entre la Escritura y la palabra de Dios. No hay acceso a la Palabra fuera de la Escritura: está el medio exterior o externo, la lectura y la predicación de la Escritura, unido a la obra interior del Espíritu Santo. Así, la enseñanza del apóstol Pablo de que «la fe es por el oír, y el oír, por la palabra de Dios» (Romanos 10:17) da una norma para el culto cristiano. Nuestros antepasados anglicanos insistieron en que el culto de la Iglesia debe hacerse con palabras de salvación accesibles a todos en su lengua, como fidelidad exterior a la naturaleza única de las Escrituras y, como instrumento apto para que el Espíritu lo use, para honrar su obra interior. La tarea y el propósito del Espíritu Santo son hacer que el cristiano comprenda, y vea con más claridad, el significado de su adopción como hijo o hija por la obra redentora de Cristo, y llevarlo a una respuesta a Dios cada vez más profunda.
El autor del Segundo libro de Homilías lo desarrolló en la homilía 9. Allí recurre, como término de comparación, al mandato del apóstol Pablo de que el don de lenguas no se ejerza en el culto público sin interpretación, porque de lo contrario se compromete la edificación del cuerpo local.
Primero, Pablo dice a los corintios: «Hágase todo para edificación» (1 Corintios 14:26). Esto no puede ser, a menos que las oraciones comunes y la administración de los sacramentos se hagan en una lengua que el pueblo conozca. […] Porque, como dice san Pablo, «el que habla en lengua desconocida será para el oyente un extranjero» (1 Corintios 14:2, 11), lo cual en una congregación cristiana es un gran absurdo. Porque no somos extranjeros los unos para los otros, sino que somos «conciudadanos de los santos y de la familia de Dios, y aun todos miembros de un solo cuerpo» (Efesios 2:19; 1 Corintios 10:17; 12:12-27). Por tanto, mientras nuestro ministro recita la oración que se hace en nombre de todos nosotros, debemos escuchar con atención las palabras que él pronuncia y pedir a Dios en el corazón las cosas que él pide con palabras. Y para mostrar que así lo hacemos, decimos «Amén» al final de la oración que él hace en nombre de todos nosotros. Y esto no lo podemos hacer para edificación, a menos que entendamos lo que se dice [Segundo libro de Homilías, homilía IX].
La inteligibilidad honra a Dios Espíritu Santo; es una salvaguarda contra el culto idolátrico, una afirmación de nuestra adopción y de nuestra unión en Cristo como creyentes, y el medio ordinario de nuestra edificación. Como dice el autor de las Homilías: «cuando las oraciones o la administración de los sacramentos se hagan en una lengua desconocida para los oyentes, ¿quién de ellos se sentirá movido a elevar su mente a Dios […]?». La oscuridad es idolátrica.
El artículo XXIV también debe verse como una introducción a la siguiente gran sección de los Treinta y Nueve Artículos, la de los sacramentos, y, en particular para los anglicanos de Norteamérica, como su aplicación a la liturgia de la Cena del Señor. Apartándose de manera notable de la teología y la estructura del Libro de Oración Común de 1662, la liturgia normativa de la Iglesia Anglicana en Norteamérica (ACNA), con sus rúbricas sobre gestos y acciones durante el oficio de la comunión, oscurece en lugar de aclarar las verdades del evangelio a las que apunta el sacramento. Hay una ambigüedad deliberada que llevará sin remedio a malentendidos sobre la naturaleza de los sacramentos, en particular sobre la presencia de Cristo. Las «Instrucciones adicionales» del final de la liturgia permiten reordenar el oficio según el libro de 1662, pero no se incluye ningún material de fácil acceso para hacerlo. Está claro que ACNA ve la Cena del Señor de 1662 como «un [nótese: no «el»] estándar para la doctrina y la disciplina anglicanas», «que expresa la respuesta anglicana a ciertas cuestiones doctrinales controvertidas en aquel tiempo» [ACNA, artículo I.6, 7]. nota del editor E2 Dicho de otro modo, más documento histórico que estándar fiel a la Biblia. Pero ¿no nos ha recordado el artículo XX que la autoridad de la Iglesia en la liturgia solo es aceptable mientras siga siendo expresión fiel de la enseñanza de la Escritura?
El uso del latín en la liturgia ya no es una barrera para la congregación, ni siquiera en la Iglesia católica romana, pero la fidelidad a la Escritura y a la obra del Espíritu Santo siempre seguirá siendo pertinente. El artículo XXIV debería movernos a hacernos preguntas exigentes sobre nuestros oficios anglicanos, sobre todo ante la publicación del Libro de Oración Común de ACNA en 2019. ¿Son nuestros oficios anglicanos fieles a la Biblia, comprensibles y teológicamente sanos? ¿Oscurecen, en lugar de glorificar, la persona y la obra del Señor Jesucristo? Cuando en nuestra liturgia nos apartamos de la teología de la Reforma por la causa de un partido eclesiástico, profesamos más nuestro orgullo de facción que nuestra piedad en la oración.
Notas
Son de Anglicanismo.com y no forman parte del original.
El canon 9 de la sesión 22 de Trento (1562) anatematiza a quien diga que la misa debe celebrarse solo en lengua vulgar. Volver al texto (nota del editor E1)
En la Constitución de ACNA (art. I), la primera frase es del § 6 y se refiere al Libro de Oración Común de 1662 con su Ordinal. La segunda es del § 7 y se refiere a los Treinta y Nueve Artículos. Volver al texto (nota del editor E2)