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Los Treinta y Nueve Artículos · El Estado y la vida civil

Entrega 37 de 38 · Artículo XXXVIII · De los bienes de los cristianos, que no son comunes

Los Treinta y Nueve Artículos: La propiedad de los cristianos, artículo XXXVIII

Por Henry Jansma

Publicado el · 4 min de lectura

Artículo de Henry Jansma publicado en Place for Truth, traducido y publicado aquí con permiso del autor. Original en Place for Truth: The 39: Christian Property (en inglés)

En el índice: Texto del artículo XXXVIII

El artículo XXXVIII continúa el último tema de los Treinta y Nueve Artículos: la relación entre el cristiano y la comunidad política. El artículo XXXVIII examina hasta qué punto los bienes terrenales de un cristiano deben entregarse a la obra de la Iglesia.

XXXVIII. De los bienes de los cristianos, que no son comunes.

Las riquezas y los bienes de los cristianos no son comunes en cuanto al derecho, título y posesión de ellos, como falsamente se jactan ciertos anabautistas. No obstante, todo hombre debe, de lo que posee, dar limosna a los pobres con liberalidad, según su capacidad.

El artículo XXXVIII conserva el borrador original de Cranmer de 1553, con una aclaración en la traducción inglesa del latín Christianorum bona non sunt communia, «Los bienes de los cristianos no son comunes». El artículo da la necesaria corrección bíblica a la escatología sobrerrealizada de diversas sectas anabaptistas del continente en aquella época, que también habían llegado a Inglaterra. La Confesión Belga, artículo XXXVI, y la Confesión de Fe de Westminster, 26.1, hacen prohibiciones semejantes, con argumentos semejantes sacados de la Escritura, contra esta enseñanza, que persistió mucho más allá de la Reforma misma. nota del editor E1 Tanto el Catecismo de Heidelberg como el Catecismo Mayor de Westminster incluyen tales actividades entre las violaciones del octavo mandamiento. Cranmer, que ofrece una exposición más amplia en su Reformatio legum, explica que está prohibido no solo por el Decálogo, sino por toda la Escritura:

Algunos anabaptistas proclaman también que ha de haber una puesta en común forzosa de los bienes y las posesiones, en lo cual insisten con tanta fuerza que no dejan a nadie nada propio. En esto hablan de forma extraña, puesto que pueden descubrir que la divina Escritura prohíbe el robo, y pueden ver que la limosna, que ofrecemos de nuestros propios recursos, es alabada en ambos Testamentos, y ninguna de las dos cosas sería posible si no se dejara a los cristianos la propiedad de sus bienes y posesiones. De los escondrijos de los anabaptistas surgen incluso algunos nicolaítas, en verdad los más perversos de los hombres, que sostienen que el uso de las mujeres, y aun de las esposas, debe repartirse promiscuamente entre todos. En primer lugar, este deseo malvado y criminal suyo es contrario a la piedad y a la Sagrada Escritura; y, en segundo lugar, combate violentamente contra la civilidad universal y contra aquella luz incorrupta de la naturaleza que ha sido encendida en nuestras mentes (Bray, RL 2000, p. 199).

Así, el artículo XXXVIII se apoya en la autoridad de las Escrituras al sostener, como hace el Nuevo Testamento, que la generosa limosna y el compartir de los primeros cristianos no se debían a ninguna prohibición de la propiedad privada. En Hechos 5:4, Pedro deja muy claro a los engañosos Ananías y Safira que su propiedad era suya, para quedársela o darla como quisieran. No había coacción, sino que todo lo que se hacía quedaba bajo la libertad de conciencia del cristiano. Además, el apóstol Pablo distingue en 1 Timoteo 6:10 entre poseer dinero y amarlo.

Un anglicano encuentra más apoyo para el artículo en el Catecismo del Libro de Oración Común, que subraya que el resumen de la ley de Dios es nuestro deber para con Dios y para con el prójimo. El cristiano ha de amar a su prójimo como se ama a sí mismo, y «hacer con todos los hombres lo que quisiera que hicieran conmigo». Un estudio más detenido del Nuevo Testamento da tres principios para dar. El cristiano ha de dar según lo que Dios le haya provisto (1 Corintios 16:2); dar según su capacidad (Hechos 11:29); y, sobre todo, dar según el propósito de su corazón (2 Corintios 9:7; 1 Timoteo 6:17-19). nota del editor E2 La iglesia de Jerusalén pidió al apóstol Pablo que diera prioridad a acordarse del creyente pobre, del huérfano y de la viuda, cosa que él estaba deseoso de hacer (Gálatas 2:10). nota del editor E3

Puede que yo esté justificado bíblicamente en mi mayordomía y conservación de los bienes terrenales, pero la Escritura también me manda compartirlos con los necesitados. Son provisión y don de Dios, no posesión exclusiva mía. Hay una línea muy fina entre la actitud de «lo mío es mío» y la de «lo mío es para la gloria de Dios». El artículo XXXVIII exige a todos los anglicanos saber dónde está esa línea, sobre todo en una época en que tantos anglicanos de hoy enseñan y aceptan el evangelio de la prosperidad.

Notas

Son de Anglicanismo.com y no forman parte del original.

  1. En la Confesión de Fe de Westminster, 26.1 trata de la comunión de los santos; lo relativo a la propiedad de los bienes está en 26.3. Volver al texto (nota del editor E1)

  2. Donde aquí dice Hechos 11:29, el original dice Hechos 9:29. Volver al texto (nota del editor E2)

  3. Donde aquí dice Gálatas 2:10, el original dice Gálatas 6:10. Volver al texto (nota del editor E3)

Original: The 39: Christian Property, de Henry Jansma.

Publicado en Place for Truth, de la Alliance of Confessing Evangelicals, el 28 de junio de 2019. Traducción de Anglicanismo.com, publicada con permiso del autor. Las notas del editor son de Anglicanismo.com y no forman parte del original.