Los Treinta y Nueve Artículos · La salvación
Entrega 10 de 38 · Artículo X · Del libre albedrío
Los Treinta y Nueve Artículos: Culpa, gracia y gratitud (2), artículo X
Por Henry Jansma
Publicado el · 7 min de lectura
Artículo de Henry Jansma publicado en Place for Truth, traducido y publicado aquí con permiso del autor. Original en Place for Truth: 39 Articles—Guilt, Grace, and Gratitude (2) (en inglés)
En el índice: Texto del artículo X
El artículo X es la segunda parte de la explicación que dan los Treinta y Nueve Artículos de nuestra culpa. El artículo IX describe nuestra condición real delante de Dios en cuanto a nuestra depravación total. También deja claro que, aunque el pecado persiste en el creyente, Dios, por su obra en Cristo, no condena al creyente. El artículo X sigue con el mismo tema al fijar los límites de nuestro libre albedrío y nuestra necesidad de la gracia de Dios. El pecado que mora en nosotros ata la voluntad de la humanidad caída, y así la incapacita para escoger a Dios o para responder al evangelio por su fuerza.
X. Del libre albedrío.
La condición del hombre después de la caída de Adán es tal que no puede convertirse ni prepararse, por su propia fuerza natural y sus buenas obras, a la fe y a la invocación de Dios. Por tanto, no tenemos poder para hacer buenas obras gratas y aceptables a Dios sin la gracia de Dios por Cristo, la cual va delante de nosotros para que tengamos buena voluntad, y obra con nosotros cuando tenemos esa buena voluntad.
El arzobispo Parker añadió la primera cláusula tomándola del texto de la Confesión de Wurtemberg, una confesión de fe en 35 artículos que compiló Johannes Brenz (1499-1570) para presentarla al Concilio de Trento en 1552. Pero no debemos concluir que la influencia de Brenz haga nuestros artículos más luteranos que reformados, como sugieren algunos anglicanos. Como muestra la posterior Armonía de las confesiones de fe (1581), tanto la de Wurtemberg como los Artículos se usan en defensa de la doctrina reformada contra la católica romana y la luterana. El arzobispo Cranmer tomó la segunda cláusula del artículo original casi palabra por palabra del latín de De gratia et libero arbitrio de san Agustín (capítulo 33).
El artículo X enseña cuatro doctrinas, y las tres siguientes se basan en la primera, nuestra impotencia espiritual: «La condición del hombre después de la caída de Adán es tal que no puede convertirse ni prepararse, por su propia fuerza natural y sus buenas obras, a la fe y a la invocación de Dios». No tenemos poder para hacer la voluntad de Dios. El pecado no es, como enseñaba el catolicismo romano, una simple tendencia o debilidad que lleva a hacer el mal, sino un estado de muerte. Y un hombre o una mujer muertos no pueden hacer esfuerzo alguno.
El artículo subraya luego nuestra necesidad de la gracia y la misericordia de Dios. La segunda doctrina es la respuesta de Dios a nuestra impotencia: «Por tanto, no tenemos poder para hacer buenas obras gratas y aceptables a Dios sin la gracia de Dios por Cristo». La misericordia de Dios se manifestó, se estableció y se demostró en el Señor Jesucristo. Aquí está, pues, nuestro consuelo. El creyente, sin embargo, podía presentarse ante un Dios santo como persona justa si se arrojaba a la misericordia de Dios, se aferraba a Cristo por la fe y quedaba revestido de la justicia de Cristo.
El tercer punto de doctrina es cómo la gracia de Dios en el Señor Jesucristo ha de ser la obra primera. No somos capaces de quererla, ni siquiera de entender la gracia de Dios en el Señor Jesucristo, hasta que la recibimos como un don: «la gracia de Dios por Cristo, la cual va delante de nosotros [preventing us] para que tengamos buena voluntad». El verbo prevent se usa aquí en el sentido antiguo de «preceder». Hacía falta una transformación del corazón; así, cuando Dios obra en nuestra vida, nos da una recta comprensión de lo que es bueno según su voluntad. Y adquirimos el deseo de hacerlo.
La cuarta doctrina está en la obra continua de la gracia de Dios en nuestra santificación: «y obra con nosotros cuando tenemos esa buena voluntad». Cuando comparamos el artículo X con los demás formularios históricos, vemos que el Libro de Oración Común, en el orden del culto anglicano, se refiere una y otra vez a nuestra necesidad diaria de la gracia de Dios por la obra del Espíritu Santo.
- En los oficios de la Oración Matutina y de la Oración Vespertina, el ministro ora: «Oh Dios, limpia el corazón dentro de nosotros». Y el pueblo responde: «Y no apartes de nosotros tu Espíritu Santo».
- La colecta (oración pública) del Día de Pascua dice: «así como por tu gracia especial que nos precede… así también con tu ayuda continua».
- Luego, en los días del Señor después del Domingo de la Trinidad: «nosotros, que sin ti nada bueno podemos hacer» (IX); «haz que amemos lo que tú mandas» (XIV); «la fragilidad del hombre sin ti no puede sino caer» (XV); «tu gracia siempre nos preceda y nos siga» (XVII); «sin ti no somos capaces de agradarte» (XIX).
- La segunda oración de oblación después de la santa comunión dice también: «Te suplicamos muy humildemente, oh Padre celestial, que nos ayudes con tu gracia, para que perseveremos en esa santa comunión, y cumplamos todas las buenas obras que has preparado para que andemos en ellas».
- Y en una de las colectas que la siguen leemos: «Ve delante de nosotros, oh Señor, en todos nuestros actos con tu benignísimo favor, y llévanos adelante con tu continua ayuda».
El Primer libro de Homilías y el Segundo libro de Homilías enseñan estas mismas doctrinas.
«Porque es el Espíritu Santo, y no otra cosa, quien vivifica las mentes de los hombres, suscitando en sus corazones impulsos buenos y piadosos, de acuerdo con la voluntad y el mandamiento de Dios, impulsos que de otro modo, por su propia naturaleza torcida y perversa, nunca tendrían… Como si dijera: “El hombre, por su propia naturaleza, es carnal y terreno, corrupto y malo, pecador y desobediente a Dios, sin chispa alguna de bondad en él, sin ningún impulso virtuoso o piadoso, dado solo a malos pensamientos y obras perversas. En cuanto a las obras del Espíritu, los frutos de la fe, los impulsos caritativos y piadosos, si es que tiene alguno, proceden solo del Espíritu Santo, que es el único autor de nuestra santificación y nos hace hombres nuevos en Cristo Jesús”».
«Todos nos hemos vuelto inmundos, pero no podemos limpiarnos a nosotros mismos, ni limpiarnos unos a otros. Somos por naturaleza hijos de la ira de Dios, pero no podemos hacernos hijos y herederos de la gloria de Dios. Somos ovejas que se descarrían, pero no podemos por nuestro propio poder volver al redil, tan grande es nuestra imperfección y debilidad».
«Si después de nuestra caída nos arrepentimos, nos arrepentimos por él, que extiende su mano misericordiosa para levantarnos. Si tenemos alguna voluntad de levantarnos, es él quien se adelanta a nuestra voluntad y nos dispone a ello. Si después de la contrición sentimos nuestra conciencia en paz con Dios por el perdón de nuestro pecado, y así quedamos reconciliados de nuevo con su favor, y esperamos ser sus hijos y herederos de la vida eterna, ¿quién obra en nosotros estos grandes milagros? ¿Nuestra valía? ¿Nuestros méritos y esfuerzos? ¿Nuestro ingenio y virtud? De ningún modo. San Pablo no permite que la carne y el barro lleguen a tal arrogancia, y por eso dice: “Todo es de Dios, quien nos reconcilió consigo mismo por Jesucristo, porque Dios estaba en Cristo cuando reconcilió al mundo consigo mismo”» (2 Corintios 5:18-19).
La gracia y la misericordia de Dios son un hecho asombroso para aquellos a quienes él ama. Ama a quienes, si se los dejara a sí mismos, seguirían odiándolo. Cuando vemos lo que de verdad somos, como lo exponen los artículos IX y X, vemos lo que Dios es de verdad. Y sabemos cuál debe ser nuestra respuesta: «Recuerden, lo digo una vez más, su deber de dar gracias, y que nunca dejen de darlas; esfuércense siempre por perseverar en la acción de gracias. No pueden ofrecer a Dios mejor sacrificio, porque él mismo dice: “Es el sacrificio de alabanza” y de gracias “el que me honrará”» (Salmo 50:23) [ibid.].