Los Treinta y Nueve Artículos · La salvación
Entrega 11 de 38 · Artículo XI · De la justificación del hombre
Los Treinta y Nueve Artículos: Culpa, gracia y gratitud (3), artículo XI
Por Henry Jansma
Publicado el · 6 min de lectura
Artículo de Henry Jansma publicado en Place for Truth, traducido y publicado aquí con permiso del autor. Original en Place for Truth: 39 Articles—Guilt, Grace, and Gratitude (3) (en inglés)
En el índice: Texto del artículo XI
Cuando los Treinta y Nueve Artículos dejan atrás el examen de nuestra culpa, el artículo XI consuela a los que los artículos IX y X han humillado. Estos hablan del «vicio y la corrupción de la naturaleza de todo hombre […]. Por tanto, no tenemos poder para hacer buenas obras gratas y aceptables a Dios». Aquí está la buena noticia de la gracia de Dios: la justificación no es por obras, sino puramente por los méritos de Cristo. También es aquí donde tenemos el primer ejemplo del carácter relacional de la confesión anglicana en nuestros formularios históricos, pues el artículo remite al creyente cristiano al Primer libro de Homilías y al Segundo libro de Homilías (véase también el artículo XXXV).
XI. De la justificación del hombre.
Somos tenidos por justos delante de Dios solo por el mérito de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, por la fe, y no por nuestras propias obras o merecimientos. Por tanto, que somos justificados solo por la fe es una doctrina muy saludable y muy llena de consuelo, como se expone más ampliamente en la Homilía de la justificación.
La doctrina de la justificación solo por la fe estaba en el corazón de la Reforma, y se promulgó ya en 1536 en los Diez Artículos (artículo V), que precedieron a los Cuarenta y Dos Artículos de Cranmer de 1553. El artículo de 1553 era mucho más breve; era más bien una nota que remitía a la Homilía de la justificación (su título propio es Un sermón sobre la salvación del género humano solo por Cristo nuestro Salvador, del pecado y de la muerte eterna) para descubrir lo que la Iglesia de Inglaterra reformada entendía por justificación solo por la fe. Está claro que el arzobispo Parker volvió a servirse de la reformada Confesión de Wurtemberg al redactar aquí una definición más completa.
Para Cranmer y los teólogos anglicanos que lo siguieron, esta es una doctrina de primer orden. La Homilía de la justificación, que la explica, dice que «esta es la roca fuerte y el fundamento de la religión cristiana… quienquiera que la niegue no ha de ser tenido por cristiano» (Primer libro de Homilías, homilía III). Toda enseñanza que contradiga este artículo es herética. Un cristiano debe creerlo. Fíjese también en que el artículo dice claramente que es una doctrina «muy llena de consuelo». Esta descripción vuelve a aparecer en el artículo XVII, De la predestinación y la elección. El lenguaje es deliberado, pues ambos subrayan la necesidad de la sola gracia de Dios para que tales verdades sean posibles para una humanidad sin ley y rebelde.
El Concilio de Trento, católico romano, confundió la justificación y la santificación. Roma enseñaba que la gracia de Dios, ganada por Jesús, se infunde en el alma del creyente en el bautismo. Luego el creyente coopera con Dios viviendo una vida santa y así, en el último día, será justificado por Dios sobre la base de las buenas obras realizadas en cooperación con la gracia: «[los adultos] puedan disponerse, por su gracia que vivifica y ayuda, a convertirse a su propia justificación, asintiendo libremente a esa misma gracia y cooperando con ella» (sesión 6, capítulo 5). En el catolicismo contemporáneo, la justificación es el perdón de los pecados, pero incluye también la «santificación y renovación del interior del hombre» (Catecismo de la Iglesia Católica, ed. rev.; 2012 [párrafo 1989]). Para el católico romano, la justificación es un proceso que supone la apropiación continua de la justicia de Dios, por la cual uno es justificado continuamente. Como dice el Catecismo católico: «Bajo la moción del Espíritu Santo podemos merecer en favor nuestro y de los demás todas las gracias útiles para llegar a la vida eterna» (párrafo 2027). La gloria de la justificación es el mérito humano. Es el hecho de que Dios, en su gracia, da su Espíritu para que los pecadores puedan vivir vidas que agradan a Dios y adquirir mérito; en otras palabras, para capacitarlos para vivir vidas meritorias.
Pero el artículo dice lo contrario: «Somos tenidos por justos delante de Dios solo por el mérito de nuestro Señor y Salvador Jesucristo, por la fe, y no por nuestras propias obras o merecimientos». El fundamento de nuestra justificación es la obra externa y forense de Cristo solo. ¡Qué opuesta es la doctrina anglicana de la justificación a la católica romana, y qué opuesta es esta a la enseñanza del apóstol Pablo en Gálatas, en Romanos y en muchos otros lugares de la Biblia! Somos justificados solo por la fe en Jesucristo, sobre la base de lo que él ha hecho por nosotros, no de lo que hacemos nosotros. No por las obras de la ley, sino por el oír con fe. Nuestra posición es tan segura que el juicio futuro ya se ha declarado ahora, y, al declararlo así, Dios lo ha hecho realidad. Somos sus hijos; somos nuevas criaturas (2 Corintios 5:17-21). Esto es lo que quiere decir el artículo cuando afirma que su doctrina es «muy llena de consuelo». El creyente puede tener total seguridad de la salvación delante de Dios.
Es al meditar en las profundidades del don de la justificación de Dios, por el poder del Espíritu Santo, como producimos los frutos de una fe salvadora. Como escribe Cranmer al final de su homilía sobre la justificación:
Y esos beneficios de Dios, considerados con profundidad, nos mueven también, por amor a él, a estar siempre dispuestos a entregarnos a nuestros prójimos y, en lo que depende de nosotros, a esforzarnos con todo nuestro empeño en hacer bien a todo hombre. Estos son los frutos de la verdadera fe: hacer el bien, en lo que depende de nosotros, a todo hombre; y, sobre todas las cosas y en todas las cosas, promover la gloria de Dios, el único de quien tenemos nuestra santificación, justificación, salvación y redención. A quien sea siempre gloria, alabanza y honra, por los siglos de los siglos. Amén. (Primer libro de Homilías, homilía III).
Los anglicanos ofrecen el evangelio verdadero y completo, que es el Cristo entero. El pecador no solo no es culpable, sino que somos perfectamente justos en Cristo. Él también está obrando en usted para hacerlo santo; lo está santificando para que muera cada vez más al pecado y viva para la justicia.