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Los Treinta y Nueve Artículos · La salvación

Entrega 12 de 38 · Artículo XII · De las buenas obras

Los Treinta y Nueve Artículos: Culpa, gracia y gratitud (4), artículo XII

Por Henry Jansma

Publicado el · 6 min de lectura

Artículo de Henry Jansma publicado en Place for Truth, traducido y publicado aquí con permiso del autor. Original en Place for Truth: 39 Articles—Guilt, Grace, and Gratitude (4) (en inglés)

En el índice: Texto del artículo XII

Una gran ventaja de ser anglicano es el orden fijo del culto público y de la oración diaria. Así como el creyente reformado holandés se renueva con el Catecismo de Heidelberg en su culto vespertino cada día del Señor, el anglicano se fortalece en la liturgia que asienta nuestro culto y nuestra oración pública en los Artículos de Religión. Seguimos con los Treinta y Nueve Artículos: la sección que viene trata de la respuesta del creyente a que Dios, por gracia, se entrega a sí mismo a su pueblo en la justificación. El anglicano se goza en que la buena noticia verdadera del evangelio es que somos introducidos en la casa de Dios, entramos en sus atrios y moraremos con él para siempre solo por la obra meritoria de Cristo. Como corolario necesario, pues, los artículos XII, XIII y XIV se proponen definir bíblicamente nuestra gratitud, que se muestra en nuestras buenas obras, y poner al descubierto los errores acerca de ella.

XII. De las buenas obras.

Aunque las buenas obras, que son frutos de la fe y siguen a la justificación, no pueden quitar nuestros pecados ni soportar la severidad del juicio de Dios, son, sin embargo, agradables y aceptables a Dios en Cristo, y brotan necesariamente de una fe verdadera y viva; de tal manera que por ellas puede conocerse una fe viva tan claramente como se distingue un árbol por su fruto.

El arzobispo Parker añadió este artículo en 1563. El resumen que tenemos aquí se expone con más amplitud en las Homilías anglicanas (4 y 5), que tratan de nuestra fe y de su fruto en nuestras buenas obras en Cristo. El artículo describe nuestras buenas obras después de la justificación como frutos de la fe en nuestra santificación. Pero no pueden quitar nuestros pecados ni soportar la severidad del juicio de Dios. En otras palabras, no debemos confundir nuestra justificación con nuestra santificación. Nuestras buenas obras no pueden quitar nuestros pecados. No hay mérito en ellas. Pero la conciencia más sensible puede animarse al saber que lo que hacemos «en Cristo» es agradable y aceptable a nuestro Padre celestial.

Fíjese también en cómo la fe y las buenas obras suponen esta unión: «de tal manera que por ellas puede conocerse una fe viva tan claramente como se distingue un árbol por su fruto». Una y otra vez las Homilías subrayan que nuestra fe no yace ociosa en nuestro corazón, sino que es «viva» y «fructífera»; es decir, la falta de buenas obras después de la justificación es contraria a la nueva naturaleza que el creyente, sea hombre o mujer, tiene en Cristo. La homilía 5 explica con más detalle que la clase de buenas obras que produce esta fe viva no debe considerarse en ningún sentido lo mismo que las «supersticiones y abusos papistas», que pretenden otorgar mérito. Más bien, la ley moral de los Diez Mandamientos resume la clase de nuestras buenas obras. Como leemos en el artículo VII, sobre el Antiguo Testamento: «…ningún cristiano, sea quien sea, está libre de la obediencia a los mandamientos que se llaman morales». Por eso Cranmer, en su orden para la Cena del Señor del Libro de Oración Común, distinguió claramente dos cosas. Una es el sacrificio de Cristo en nuestra justificación, allí, es decir, en el Calvario. La otra es la ofrenda de nuestro sacrificio obediente de alabanza, fruto de nuestra santificación en Cristo, en sus oraciones de oblación, u ofrecimiento de nosotros mismos, ahora, es decir, después de haber recibido su sacramento, que simboliza la muerte de Cristo:

Y aunque, por nuestros muchos pecados, somos indignos de ofrecerte algún sacrificio, te rogamos que aceptes este acto de servicio y obediencia que te debemos, no mirando nuestros méritos, sino perdonando nuestras ofensas; por Jesucristo nuestro Señor; por quien, y con quien, en la unidad del Espíritu Santo, sea todo honor y gloria a ti, oh Padre omnipotente, por los siglos de los siglos. Amén.

Te suplicamos muy humildemente, oh Padre celestial, que nos ayudes con tu gracia, para que perseveremos en esa santa comunión, y cumplamos todas las buenas obras que has preparado para que andemos en ellas; por Jesucristo nuestro Señor, a quien, contigo y con el Espíritu Santo, sea todo honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén.

En estas oraciones hay gran consuelo: saber que Dios ha preparado las buenas obras en las que quiere que andemos, porque nos recuerdan para qué fuimos creados y el propósito para el que fuimos redimidos (Efesios 2:8-10). Nuestra vida no es azarosa ni carece de sentido. En cada momento hay una buena obra en la que andar. Dios no necesita a nadie ni nada para ser glorioso. Él es el origen y el autor de su gloria. Pero su obra de redención es la manera más asombrosa en que manifiesta su gloria en la creación. Porque se glorifica a sí mismo llamándonos, llamándonos a usted y a mí, pecadores como somos, a participar de su gloria. Dios glorifica a su pueblo y lo capacita para reflejar su gloria por medio de su culto y de su obediencia en la vida de cada día.

El vínculo entre Dios y su pueblo en la unión con Cristo, que tan bien se expone en el orden de Cranmer para la Cena del Señor y aquí en el artículo XII, fija también el orden lógico de nuestras buenas obras. Son muchos los beneficios que tenemos en la casa de Dios por medio de Cristo. Pero han de suceder muchas cosas para que esos beneficios lleguen a nosotros. Tenemos que ser justificados. Tenemos que ser santificados. Tenemos que ser adoptados en su familia. Hay, pues, una distinción esencial entre nuestra justificación, debida solo a la gracia de Dios, y nuestra santificación, que se va realizando por la obra interior del Espíritu Santo a medida que somos transformados progresivamente y crecemos en santidad, o semejanza a Cristo.

Como evangélico reformado, me sitúo entre el Directorio para el culto público de Westminster y el Libro de Oración Común de 1552/1662. Los anglicanos deberían conocer mejor las exhortaciones del Directorio, que exponen el corazón del ministro del evangelio en la oración, la predicación y la administración de los sacramentos. También debería conocerse mejor el lugar que da a nuestras buenas obras el Libro de Oración de 1552/1662 en las oraciones de humilde gratitud ante nuestro Padre celestial.

Original: 39 Articles—Guilt, Grace, and Gratitude (4), de Henry Jansma.

Publicado en Place for Truth, de la Alliance of Confessing Evangelicals, el 18 de agosto de 2017. Traducción de Anglicanismo.com, publicada con permiso del autor.