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Los Treinta y Nueve Artículos · Los sacramentos

Entrega 27 de 38 · Artículo XXVIII · De la Cena del Señor

Los Treinta y Nueve Artículos: Los sacramentos (4), artículo XXVIII

Por Henry Jansma

Publicado el · 7 min de lectura

Artículo de Henry Jansma publicado en Place for Truth, traducido y publicado aquí con permiso del autor. Original en Place for Truth: The 39: The Sacraments (4) (en inglés)

En el índice: Texto del artículo XXVIII

En nuestra serie sobre los «39» Artículos de Religión de la reformada Iglesia de Inglaterra, Thomas Cranmer continúa la exposición de los sacramentos con un estudio más concreto del sacramento de la Cena del Señor.

XXVIII. De la Cena del Señor.

La Cena del Señor no es solamente un signo del amor que los cristianos deben tenerse unos a otros, sino más bien un sacramento de nuestra redención por la muerte de Cristo; de tal manera que, para los que la reciben rectamente, dignamente y con fe, el pan que partimos es participación del cuerpo de Cristo, y asimismo la copa de bendición es participación de la sangre de Cristo.

La transubstanciación (o cambio de la sustancia del pan y del vino) en la Cena del Señor no puede probarse por la Sagrada Escritura, sino que se opone a las palabras claras de la Escritura, subvierte la naturaleza de un sacramento y ha dado ocasión a muchas supersticiones.

El cuerpo de Cristo se da, se toma y se come en la Cena solamente de una manera celestial y espiritual. Y el medio por el cual el cuerpo de Cristo se recibe y se come en la Cena es la fe.

El sacramento de la Cena del Señor no fue, por disposición de Cristo, reservado, llevado de un lado a otro, elevado ni adorado.

En solo cuatro párrafos, este artículo expone de forma magistral y pastoral la doctrina de la Cena del Señor. En el primer párrafo define la Cena como sacramento, y repite lo que ya se escribió en el artículo XXV acerca de una comprensión reformada: que (bien entendidos) los sacramentos son dones de Dios a la Iglesia, que son «ciertos testimonios seguros, y signos eficaces de la gracia […] hacia nosotros». Es uno de los dos medios por los que Dios obra «invisiblemente en nosotros, y no solo aviva [da vida], sino que también fortalece y confirma nuestra fe en él». Aquí hay una diferencia entre el latín y el inglés. El «deben tenerse» [ought to have] del primer párrafo no está en el latín.

El segundo párrafo describe la doctrina católica romana de la transubstanciación, primero, como una doctrina que «no puede probarse»; luego, como una doctrina que «se opone a las palabras claras de la Escritura» (sobre todo a las que sostienen la humanidad de Cristo o describen la Última Cena, cuando su cuerpo y su sangre físicos permanecían físicamente separados y distintos del pan y del vino). En tercer lugar, la transubstanciación se rechaza porque «subvierte la naturaleza de un sacramento». El artículo II ya ha expuesto las dos naturalezas de Cristo, distintas pero no separadas; así, en cuarto lugar, la transubstanciación da lugar a una cristología falsa que despoja a Cristo de su gloria y deja a hombres y mujeres debatiéndose entre «muchas supersticiones» de su propia invención. Hay algunas diferencias entre el latín y la versión inglesa que ha llegado hasta nosotros. El «o cambio de la sustancia» del segundo párrafo no está en el original latino.

El tercer párrafo se reescribió por completo en 1563. Los anglicanos siguen sin ponerse de acuerdo sobre lo que significa este cambio. El argumento habitual es que, para 1551, Cranmer había pasado a una postura más zuingliana sobre la naturaleza del sacramento, que hubo que corregir en 1563 con una redacción que permitiera la consustanciación luterana. Aunque el obispo de Rochester Edmund Gheast, conocido simpatizante luterano, defendió en la Convocación esa interpretación, la nueva redacción se conserva de puño y letra del arzobispo Parker en el borrador original. Parker es bien conocido por su oposición a la doctrina luterana de la presencia local, y añadió el artículo XXIX para asegurar que la doctrina anglicana no admitiera la consustanciación. Si aplicamos nuestro principio de que los formularios históricos deben entenderse como un todo, el lenguaje original de Cranmer se conserva en la instrucción final al ministro, al término del oficio de la Cena del Señor del Libro de Oración Común de 1552/62: «el Cuerpo y la Sangre naturales de nuestro Salvador Jesucristo están en el cielo, y no aquí, pues es contrario a la verdad del Cuerpo natural de Cristo estar presente en más de un lugar al mismo tiempo».

La revisión de Parker expone la doctrina reformada en tres partes. La primera es el hecho de que los elementos son el instrumento de la bendición espiritual: «El cuerpo de Cristo se da, se toma y se come en la Cena», y la manera de recibirlo es «solamente de una manera celestial y espiritual». Dicho de otro modo, las palabras «se da», «se toma», «se come» han de entenderse espiritualmente: Cristo no está presente localmente en ningún sentido, sino que está verdaderamente presente por el poder del Espíritu Santo. La tercera confirma la eficacia del Espíritu: «Y el medio por el cual el cuerpo de Cristo se recibe y se come en la Cena es la fe». Podemos acudir ahora al Libro de Oración Común de 1552/62 para confirmarlo. En el oficio de la Comunión de los enfermos, la instrucción al ministro dice:

Pero puede ocurrir que alguien no reciba el sacramento del cuerpo y la sangre de Cristo, sea por la gravedad extrema de la enfermedad, sea por no haber avisado a tiempo al Ministro, sea por falta de quien comulgue con él, o por cualquier otro impedimento justo. En ese caso, el Ministro le enseñará que, si de veras se arrepiente de sus pecados, cree firmemente que Jesucristo padeció muerte de cruz por él y derramó su sangre para su redención, recuerda con fervor los beneficios que por ello recibe y le da gracias de todo corazón por ellos, come y bebe el cuerpo y la sangre de nuestro Salvador Cristo con provecho para la salud de su alma, aunque no reciba el sacramento con la boca.

El cuarto párrafo concluye con algunos ejemplos de cuándo se distorsiona la doctrina de la Cena al sugerir algún «cambio de la sustancia» en el pan y el vino: cuando el pan o el vino es «reservado, llevado de un lado a otro, elevado» o «adorado». Como vuelve a recordarnos la instrucción final, «el Pan y el Vino sacramentales permanecen todavía en sus mismas sustancias naturales, y por tanto no deben ser adorados —pues ello sería idolatría, que todos los fieles cristianos deben aborrecer—».

Hay que señalar que el movimiento puritano no puso ninguna objeción a este artículo ni a su aplicación en el culto, pero los tiempos han cambiado. ¿Quizá piensa asistir a una iglesia anglicana durante las vacaciones, o ha llegado a un punto en que considera pasarse a una diócesis anglicana? Si es así, fíjese bien en la manera en que se celebra la Cena del Señor. ¿Hay un sermón expositivo? ¿Oye unas palabras que empiezan así: «Muy amados en el Señor, ustedes que tienen intención de venir a participar de la santa comunión del cuerpo y la sangre de nuestro Salvador Cristo, consideren cómo exhorta San Pablo a todas las personas a que diligentemente se prueben y examinen a sí mismas antes de atreverse a comer de ese pan y beber de ese cáliz […]»? Es la Exhortación, que advierte a quienes puedan acercarse a recibir y guarda el acceso a la mesa. ¿Oye la palabra «mesa» o «altar»? ¿Hay una pausa ante ella, una inclinación de cabeza, una reverencia, una genuflexión? ¿Se vuelve el ministro hacia el oriente, de espaldas a usted? ¿Hay vestiduras de colores, una cruz y velas? En la ofrenda, ¿se eleva en el aire el pan, o la copa? Entonces tache ese nombre y siga adelante. Ha aprendido una cosa con seguridad. Los formularios históricos se ignoran y los Treinta y Nueve Artículos se olvidan; y, cuando se olvidan, el evangelio no tarda en seguirlos.

Original: The 39: The Sacraments (4), de Henry Jansma.

Publicado en Place for Truth, de la Alliance of Confessing Evangelicals, el 13 de julio de 2018. Traducción de Anglicanismo.com, publicada con permiso del autor.

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