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Los Treinta y Nueve Artículos · La salvación

Entrega 14 de 38 · Artículo XV · De Cristo, único sin pecado

Los Treinta y Nueve Artículos: Culpa, gracia y gratitud (6), artículo XV

Por Henry Jansma

Publicado el · 6 min de lectura

Artículo de Henry Jansma publicado en Place for Truth, traducido y publicado aquí con permiso del autor. Original en Place for Truth: 39 Articles—Guilt, Grace, and Gratitude (6) (en inglés)

En el índice: Texto del artículo XV

Para no cometer el error de preguntarnos si hace falta siquiera un artículo que describa la perfección de Cristo, debemos recordar el carácter narrativo de los Treinta y Nueve Artículos. El artículo XV ya estaba implícito en el artículo II. El artículo IX explicó la hondura de nuestra naturaleza pecadora y cómo ese pecado original sigue infectando al creyente regenerado. El artículo XI expone nuestra justificación solo por el mérito de Cristo. Los artículos XII-XIV explicaron la naturaleza de nuestras buenas obras. El pecado, por su misma naturaleza, ciega, de modo que no notamos su presencia. El genio pastoral y teológico de Cranmer, que vemos aquí, consiste en volver a orientar al creyente hacia Cristo solo, en quien está toda nuestra esperanza, y en recordarnos que el pecado que sigue presente debe hacerse morir cada día.

XV. De Cristo, único sin pecado.

Cristo, en la verdad de nuestra naturaleza, fue hecho semejante a nosotros en todo, excepto solo en el pecado, del cual estuvo enteramente libre, tanto en su carne como en su espíritu. Vino para ser el Cordero sin mancha, que, por el sacrificio de sí mismo hecho una sola vez, quitaría los pecados del mundo; y en él (como dice San Juan) no hubo pecado. Pero todos nosotros los demás, aunque bautizados y nacidos de nuevo en Cristo, ofendemos, sin embargo, en muchas cosas; y si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros.

El artículo que tenemos es casi idéntico al original de Cranmer de 1553. Es importante notar el contraste con el artículo que lo precede. El creyente no solo es incapaz de ir más allá de lo que Dios exige, sino que ni siquiera puede llegar a ello. El título original lo dice con claridad: «Nadie está sin pecado, sino solo Cristo». El latín lo dice con sencillez: a quo prorsus erat immunis, tum in carne tum in spiritu, «del cual estuvo enteramente libre, tanto en su carne como en su espíritu». Fíjese en las cuatro doctrinas sobre Cristo que Cranmer enumera aquí.

Primero, está la verdadera humanidad de Cristo: «Cristo, en la verdad de nuestra naturaleza, fue hecho semejante a nosotros en todo». Esto remite al artículo II y a Calcedonia. Jesús no tuvo pecado porque, como ser humano, fue perfectamente obediente a la voluntad de su Padre celestial. Como afirma el artículo II, no debemos pensar que, por ser el Hijo de Dios, esa obediencia le era natural. Como nos dice Hebreos 5:8, aprendió la obediencia por medio del sufrimiento que fue llamado a soportar; dicho de otro modo, el Señor Jesús tuvo que esforzarse en su vida humana para obedecer. El ejemplo más claro se vio en el huerto de Getsemaní, cuando tuvo que someter su deseo humano natural de vivir a la voluntad de su Padre, para morir por nuestros pecados: «no lo que yo quiero, sino lo que tú» (Marcos 14:36). No debemos tomar a la ligera su lucha por someterse a la voluntad de su Padre celestial. La Escritura nos dice que en esas horas sudó sangre. Pero se sometió. Todo creyente debería estar agradecido por la obediencia activa del Señor Jesucristo. Siguió sin pecado aun cuando fue hecho pecado por nosotros en la cruz.

Segundo, está la ausencia de pecado en Cristo: «excepto solo en el pecado, del cual estuvo enteramente libre, tanto en su carne como en su espíritu». Si lo tomamos junto con lo anterior, vemos que aquí hay una alusión a la Virgen María. Si comparamos lo que se dice aquí con los lugares del Libro de Oración Común donde aparece la Virgen María, se ve que la teología anglicana es profundamente bíblica: sigue al Nuevo Testamento en lo que dice de María, donde nada sugiere que fuera una mujer sin pecado. María era pecadora, como todos los que han vivido. Que su hijo no tuviera pecado no tuvo nada que ver con ella.

Tercero está el sacrificio de Cristo: «Vino para ser el Cordero sin mancha, que, por el sacrificio de sí mismo hecho una sola vez, quitaría los pecados del mundo; y en él (como dice San Juan) no hubo pecado». El artículo afirma que el propósito de Cristo es cumplir el oficio de Mediador, y cita 1 Juan 3:5 para reforzar este punto: «Y sabéis que él apareció para quitar nuestros pecados, y no hay pecado en él». Juan señala algo importante que el artículo quiere destacar. Nuestros pecados son quitados, no en el sentido de que lleguemos a estar sin pecado, como lo estuvo el Señor Jesús en su vida terrenal, sino en el sentido de que estamos unidos a él como nuestro Mediador; en unión con Cristo ya no vivimos con temor, ni el pecado nos cierra el acceso a Dios. Seguimos pecando, pero nuestra confianza en la unión con él sigue siendo eterna. El «viejo Adán» puede moldear los designios y concupiscencias de nuestro corazón; puede que no hagamos lo que debíamos hacer y que hagamos aquellas cosas que no debíamos; pero delante del trono de Dios estamos en el «nuevo Adán», el Mediador perfecto.

Cuarto está la consecuencia de lo anterior, la condición pecadora de todos nosotros: «Pero todos nosotros los demás, aunque bautizados y nacidos de nuevo en Cristo, ofendemos, sin embargo, en muchas cosas; y si decimos que no tenemos pecado, nos engañamos a nosotros mismos y la verdad no está en nosotros». Esta afirmación hace eco del artículo IX al describir cómo nuestra condición sigue siendo la de quienes todavía son propensos a pecar, de modo que, sin Cristo, el juicio del último día debería seguir llenándonos de pavor. La permanencia del pecado en el creyente es la doctrina importante que hay que aprender frente al neo/pos/evangelicalismo de hoy, que ha olvidado que el oficio de Mediador de Cristo abarca toda su vida. Como creyentes cristianos, no estamos llamados a hacer lo que Jesús hizo, ni lo que nos parece que haría si viviera hoy. Somos salvos solo por la gracia de Dios; el Señor Jesús, desde luego, no lo fue. Su vida se vivió para otro propósito. Él es nuestro Salvador y Señor, no una persona que alcanzó una conciencia más honda de Dios y nos la transmitió con su ejemplo. ¡Que un ministro diga «Sea más como Jesús» es el comentario más opresivo y menos sensible, pastoralmente, que podría hacer! Hay un abismo de diferencia entre él y nosotros, porque todavía somos pecadores y debemos seguir dependiendo de nuestra unión con él para hallar gracia para el oportuno socorro (Hebreos 4:16). La única manera en que los creyentes pueden crecer para parecerse más al Señor Jesús es ahondar, por la palabra y el sacramento, en la comprensión y la conciencia de lo distintos de él que en verdad seguimos siendo, y por eso correr a someternos a él todavía más (Gálatas 2:20).

Original: 39 Articles—Guilt, Grace, and Gratitude (6), de Henry Jansma.

Publicado en Place for Truth, de la Alliance of Confessing Evangelicals, el 15 de septiembre de 2017. Traducción de Anglicanismo.com, publicada con permiso del autor.