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Los Treinta y Nueve Artículos · La disciplina de la Iglesia

Entrega 33 de 38 · Artículo XXXIV · De las tradiciones de la Iglesia

Los Treinta y Nueve Artículos: La disciplina de la Iglesia (3), artículo XXXIV

Por Henry Jansma

Publicado el · 8 min de lectura

Artículo de Henry Jansma publicado en Place for Truth, traducido y publicado aquí con permiso del autor. Original en Place for Truth: The 39: Church Discipline (3) (en inglés)

En el índice: Texto del artículo XXXIV

El artículo XXXIV, sobre las tradiciones de la Iglesia, es otro ejemplo excelente de la aplicación de la sola Scriptura entre los formularios de la Reforma inglesa. Trata la cuestión de la uniformidad de las ceremonias en la Iglesia a partir de lo que ya se ha establecido: en el artículo VI, sobre la autoridad final de la Escritura; en el artículo XIX, sobre la naturaleza de la iglesia local, donde «se predica la pura palabra de Dios» y se administran los sacramentos conforme a la disposición de Cristo; y en el artículo XX, que pone el límite de la autoridad de la Iglesia en la conformidad con la Escritura.

XXXIV. De las tradiciones de la Iglesia.

No es necesario que las tradiciones y ceremonias sean en todas partes las mismas o del todo semejantes, porque en todo tiempo han sido diversas y pueden cambiarse según la diversidad de los países, los tiempos y las costumbres de los hombres, con tal que no se ordene nada contra la palabra de Dios.

Quienquiera que, por su juicio privado, voluntaria y deliberadamente, quebrante abiertamente las tradiciones y ceremonias de la Iglesia que no se oponen a la palabra de Dios y que están ordenadas y aprobadas por la autoridad común, debe ser reprendido públicamente (para que otros teman hacer lo mismo), como quien ofende contra el orden común de la Iglesia, y lesiona la autoridad del magistrado, y hiere las conciencias de los hermanos débiles.

Toda Iglesia particular o nacional tiene autoridad para ordenar, cambiar y abolir las ceremonias o ritos de la Iglesia ordenados solo por autoridad humana, con tal que todo se haga para edificación.

Este artículo tiene una historia más larga que la mayoría de los Treinta y Nueve Artículos. Su vida empieza en el centro de la Reforma de Europa. El primer párrafo procede de las notas de Cranmer sobre la Confesión de Augsburgo, así como de los Trece Artículos, artículo V, sobre la naturaleza de la Iglesia. Cranmer escribió los Trece Artículos en 1538. Se descubrieron entre sus papeles a comienzos del siglo XIX. Escritos cuando Cranmer era todavía arzobispo bajo Enrique VIII, muestran que ya situaba la reforma en Inglaterra como parte de la Reforma protestante, más amplia. Así que no sorprende que el artículo V de Cranmer tenga un lenguaje parecido al del artículo VII de la Confesión de Augsburgo.

La Iglesia es la asamblea de los santos en la cual se enseña con pureza el evangelio y se administran rectamente los sacramentos. Y para la verdadera unidad de la Iglesia basta con estar de acuerdo en la enseñanza del evangelio y en la administración de los sacramentos. No es necesario que las tradiciones humanas, los ritos o las ceremonias instituidos por los hombres sean iguales en todas partes. Como dice Pablo [Efesios 4:5-6]: «Una fe, un bautismo, un Dios y Padre de todos…» [The Augsburg Confession, texto latino, artículo VII, p. 43].

Fíjese también en las semejanzas con el artículo XIX, sobre la naturaleza de la Iglesia. El culto ha de dejar claro, con detalle y sin lugar a dudas, que lo que se proclama es solo el evangelio de Cristo. No traemos nada en sacrificio, salvo nuestras almas y cuerpos en sacrificio de acción de gracias y alabanza.

Nuestros antepasados anglicanos reconocieron siempre una tradición cristiana, pero solo una tradición que se basa en la Escritura o se deriva de ella, y no una que la iguale o la supere. La razón es sencilla: el fin de la Escritura es glorificar al Señor Jesucristo, el único Mediador. Por tanto, las tradiciones, los ritos y las ceremonias deben medirse según el propósito y el fin de la Escritura. La necesidad de esa medida es igual de sencilla: la presencia continua del pecado en el creyente, que hizo necesario que Dios, por su gracia, se nos revelara. El cristianismo es una religión revelada. Depende de la palabra de Dios para que le adoremos con temor y reverencia, porque nuestro Dios es fuego consumidor (Hebreos 12:28-29).

Cranmer sabía con qué facilidad la tradición puede corromperse por el pecado humano, en añadiduras hechas por los hombres. La lección del becerro de oro (Éxodo 32:4: «Israel, estos son tus dioses, que te sacaron de la tierra de Egipto») es que no se trataba de negar al Señor Dios, sino de representarlo según un entendimiento humano caído. La reforma según la palabra de Dios tiene que despojarse, por fuerza, de la presunción humana. Como nos recuerda Cranmer en su obra de 1548 «De las ceremonias: por qué unas se abolieron y otras se conservaron», que todavía está en nuestro Libro de Oración Común de 1662:

Nuestro exceso de ceremonias era tal, y muchas de ellas tan oscuras, que más confundían y oscurecían que declaraban y exponían los beneficios de Cristo para con nosotros. […] Además, la causa de más peso para abolir ciertas ceremonias fue que se abusó tanto de ellas —en parte por la ceguera supersticiosa de los rudos e ignorantes, y en parte por la insaciable avaricia de quienes buscaban más su propio lucro que la gloria de Dios— que no se podían quitar bien los abusos quedando en pie la cosa misma.

Como confirma la última frase del artículo, las tradiciones y ceremonias pasan por la criba de la única medida de la Escritura: «con tal que todo se haga para edificación». El lenguaje del artículo alude al uso que De las ceremonias hace de 1 Corintios 14. Del mismo modo, el artículo XXXIV toma en serio la preocupación de Pablo; de ahí la reprensión pública que merece cualquiera que se oponga a una práctica establecida que muestra con claridad a nuestro Salvador. Nuestras prácticas no deben ir contra la Escritura, porque solo por la palabra de Dios es edificado el pueblo de Dios. Dicho de otro modo, los anglicanos deben cuidar de no aislar la edificación de su fuente, el Señor Jesús.

Así, el artículo XXXIV confirma la libertad cristiana, pero solo con la condición de esta conciencia piadosa, que podría llamarse «disciplinada por el evangelio». Las decisiones sobre el culto —cuánta agua se usa en el bautismo, dónde se coloca la pila, qué instrumentos musicales se tocan, si se toca alguno, cuántos pasajes de la Escritura se leen, con qué frecuencia nos reunimos para la Cena del Señor, qué tipo de pan, de qué color el vino, qué postura debemos adoptar al orar en un oficio, qué vestidura debe llevar un ministro como signo de su oficio— se moderan siempre con la pregunta: «¿Con esta práctica se aclara o se oscurece la gloria del Señor Jesucristo?».

Si alguna vez hubo un momento para volver a examinar el artículo XXXIV entre los anglicanos norteamericanos, es ahora. A menudo me llaman para revisar nuevas liturgias de parroquias locales, redactadas por anglicanos que nunca han presidido un oficio anglicano. Lo que encuentro es que un ministro nuevo, inseguro pero muy entusiasta, mete en el orden casi todas las posibilidades litúrgicas habidas y por haber. El resultado es un producto farragoso y confuso que impide la edificación del cuerpo, porque el propio Señor Jesús queda oscurecido. El Libro de Oración de 2019 de la Iglesia Anglicana en Norteamérica (ACNA) es un paso atrás en la misma línea. Desde la perspectiva que dan los formularios históricos, surge esta pregunta: ¿se entiende con claridad el evangelio entre los ministros anglicanos de hoy? Si creemos lo que oramos, se podría concluir que no, en absoluto.

Hay una razón por la que las instrucciones del Libro de Oración Común de 1662 son tan escuetas: sus ritos son sencillos, no simplistas. Son sencillos porque su fin es uno solo: que el Señor Jesucristo sea glorificado. Cristo, que es el evangelio, se presenta y se explica con claridad, tanto en el contenido como en la estructura de sus ritos y ceremonias. ¿De verdad creemos que entendemos mejor el daño de los ritos y las ceremonias que nuestros antepasados anglicanos, que pasaron buena parte de su vida bajo su peso?

Cuando un miembro nuevo me pregunta por qué no se usan velas en el culto de nuestra parroquia, All Souls, en Cherry Hill, le pido que las busque en los oficios de la Oración Matutina y la Oración Vespertina del Libro de Oración, y luego en el orden para administrar la santa comunión. Volvió más tarde, desconcertado: «No he visto que se mencionen». Sonreí: «Así es. Porque no están ahí. Pero el Señor Jesucristo sí está».

Original: The 39: Church Discipline (3), de Henry Jansma.

Publicado en Place for Truth, de la Alliance of Confessing Evangelicals, el 22 de febrero de 2019. Traducción de Anglicanismo.com, publicada con permiso del autor.