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Tres credos, cuatro concilios, cinco siglos (el principio de Andrewes, 2.ª parte)

Por James Hodges

Publicado el · 6 min de lectura

Artículo de Anglican Compass, traducido y publicado aquí con su permiso. Original en Anglican Compass: Three Creeds, Four Councils, Five Centuries (Andrewes’ Principle Pt. 2) (en inglés)

Grabado de Lancelot Andrewes, obispo de Winchester, de medio cuerpo, con roquete y gola, en un óvalo con su nombre en latín
Lancelot Andrewes, Wenceslaus Hollar, siglo XVII. Dominio público. Ver en Wikimedia Commons: Lancelot Andrewes

Seguimos con la segunda entrega de una serie sobre el principio de la fe anglicana de Lancelot Andrewes (puede leer la primera entrega aquí (en inglés)):

Un canon puesto por escrito por Dios mismo, dos testamentos, tres credos, cuatro concilios generales, cinco siglos y la sucesión de los Padres de ese período (es decir, los siglos anteriores a Constantino y los dos posteriores) fijan el límite de nuestra fe.

— Lancelot Andrewes

La parte de la cita de Andrewes en la que nos fijamos ahora nos lleva de los estudios bíblicos a la historia de la Iglesia, y pone las barandas que necesita la enseñanza de la sola scriptura. Con demasiada frecuencia, nuestros hermanos y hermanas católicos romanos nos dicen que tener la Escritura como única regla infalible acaba degenerando en tener la Escritura como única regla. Es algo más que un simple juego de adjetivos: en Estados Unidos hay suficientes iglesias de tipo sectario para mostrar lo que ocurre cuando separamos la Escritura de quienes la interpretaron antes que nosotros. Afirmamos que la Escritura, y solo la Escritura, viene de Dios; ahora debemos tratar de responder a la pregunta: «¿Qué significa?».

Tres credos

Andrewes nos ayuda aquí. Afirma que no somos los primeros cristianos que intentan expresar cómo Cristo es a la vez Dios y hombre, o qué significa «creer en Jesús». Estamos a hombros de gigantes, lo entendamos o no. Andrewes nos llama la atención sobre los tres grandes credos de la Iglesia antigua: el Credo de los Apóstoles, el Credo Niceno y el Credo Niceno-Constantinopolitano (en inglés). (¡Podríamos añadir también el Credo de Atanasio, si nos sentimos sumamente anglicanos!). Juntos, estos credos son el mejor resumen del «mero cristianismo» que hay en el mundo.nota del editor E1

La Reforma protestante produjo, en los dos bandos, una oleada de declaraciones de fe. La Iglesia reformada redactó documentos como la Confesión de Westminster, la Confesión Belga y el Catecismo de Heidelberg; la Iglesia católica romana celebró el Concilio de Trento, que produjo numerosos cánones normativos y un catecismo. A las dos orillas del Tíber les haría bien volver a los fundamentos de la fe que todos compartimos. Los tres grandes credos de la cristiandad centran a los creyentes en el núcleo de nuestra fe, el abismo que separa una visión atea del mundo de una visión cristiana. Hemos de tener nuestros debates internos y seguir buscando la unidad y creciendo en ella.

Cuatro concilios generales

Las afirmaciones de Andrewes sobre la historia de la Iglesia continúan en la frase siguiente. Dice que el camino anglicano se atiene a los cuatro primeros concilios generales. Lo principal aquí son las formulaciones doctrinales y dogmáticas de esos concilios, como los credos de los que hablamos en el apartado anterior. Pero también apunta a algo propio de la tradición anglicana: Andrewes limita claramente lo que se toma de estos concilios antiguos, sin dejar de mostrarles un respeto abierto.

Históricamente, todos los reformadores magistrales (es decir, Lutero, Calvino, Bullinger, etc.) se atuvieron a los concilios de la Iglesia antigua de forma limitada. Afirmaron con el Concilio de Calcedonia, por ejemplo, que Cristo es una persona con dos naturalezas; afirmaron con el Credo Niceno que Cristo es «Dios de Dios, Luz de Luz». Aunque esto ha perdido aceptación entre los protestantes recientes, el anglicanismo lo mantiene con firmeza, y sostiene que los tres últimos concilios no llegan a ese nivel de autoridad. Las razones son evidentes cuando se examinan: estos concilios posteriores, sobre todo el segundo Concilio de Nicea, defendieron prácticas como la veneración de los iconos, algo que los anglicanos considerarían contrario a la Escritura.

En este apartado de Andrewes se ve con claridad el equilibrio que el anglicanismo conserva de su herencia protestante. Los concilios de los Padres de la Iglesia sostienen las tradiciones de la Iglesia, pero están sujetos a la Sagrada Escritura. Podemos honrar las decisiones de los hombres de otros tiempos, pero no deben ocupar el lugar de las palabras de Dios mismo. Debemos mirar las creencias y prácticas de nuestros Padres en la fe con el mayor respeto, y haríamos bien en contrastar nuestras interpretaciones de la Escritura con las suyas. Sin embargo, tenemos que estar dispuestos a mirar incluso a los concilios y decir: «Se equivocaron».

Cinco siglos y la sucesión de los Padres de ese período

Andrewes termina su definición de la fe apelando a «los Padres» de los cinco primeros siglos. Se refiere a los primeros creyentes, que tuvieron un papel enorme en dar forma al cristianismo. Estos hombres pusieron la base de toda doctrina fundamental. Toda controversia doctrinal importante en la Iglesia cristiana tiene su origen y su precedente en este período. Los Padres combatieron el arrianismo (que negaba la divinidad de Jesús), el nestorianismo (que negaba las dos naturalezas de Jesús), el montanismo (precursor de los carismáticos y del pentecostalismo) y el pelagianismo (en el corazón de la Reforma). No hay hoy ninguna controversia nueva; solo mostramos que ignoramos lo que vino antes.

El buen obispo Andrewes traza un límite en torno a los quinientos primeros años de la Iglesia. Es en este período, señala, en el que nos fijamos. Estos hombres estaban en el corazón del cristianismo: recibieron la fe de los apóstoles, se empaparon de ella cada domingo y la expusieron en sus escritos. Aunque es verdad que hemos ideado formulaciones teológicas nuevas y tenemos que responder a las preguntas de nuestro tiempo, también es verdad que nunca dejamos atrás del todo a estos grandes hombres, y que, cuando se trata de lo esencial del cristianismo, haríamos bien en mirar aquí. Ellos pueden ayudarnos a orientarnos en la actual «sopa de letras» que, a veces, representa al anglicanismo.

¿Ponemos el peso del cristianismo en un regreso premilenial de Cristo? Preguntemos a Ireneo qué importancia tenía para él. ¿Pensamos que deberíamos reservar la eucaristía para una o dos veces al año? Veamos qué piensa Tertuliano. ¿Sentimos la tentación de decir que solo los que van de traje y vestido al culto del domingo son los «verdaderos creyentes»? Podemos preguntárselo a Policarpo. Aunque falibles, estos hombres pueden ayudarnos a salir de nuestra mentalidad moderna y a preguntarnos en serio qué es lo que de verdad define nuestra fe. Hay sabiduría en que Andrewes apele a ellos; haríamos bien en escucharlo.

Notas

Son de Anglicanismo.com y no forman parte del original.

  1. El artículo VIII, «De los tres Credos», nombra como los tres credos «el Credo Niceno, el Credo de Atanasio y el que comúnmente se llama Credo de los Apóstoles». El que el Libro de Oración Común de 1662 llama «Credo Niceno» es el Niceno-Constantinopolitano. Volver al texto (nota del editor E1)

Original: Three Creeds, Four Councils, Five Centuries (Andrewes’ Principle Pt. 2), de James Hodges.

Publicado en Anglican Compass el 29 de julio de 2024 y revisado el 31 de julio de 2024. Traducción de Anglicanismo.com, publicada con permiso de Anglican Compass. Las notas del editor son de Anglicanismo.com y no forman parte del original.

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