Fidelidad en tiempos de discordia: la homilía XII en la era digital
Por Chris Findley
Publicado el · 13 min de lectura
Artículo de Anglican Compass, traducido y publicado aquí con su permiso. Original en Anglican Compass: Faithfulness in Contentious Times: The 12th Homily in the Digital Age (en inglés)
No es ningún secreto que vivimos en tiempos de discordia. La contienda y la división forman parte del aire que respiramos. Las herramientas de hoy, sobre todo las redes sociales, son tierra fértil donde se siembra buena parte de esa contienda. Por lo general ya no discutimos en el bar del barrio, ni siquiera en los periódicos locales, como hacían a menudo las generaciones pasadas. Discutimos de forma muy pública, en tiempo real y en línea, en plataformas como X, Facebook o TikTok.
El debate público y el desacuerdo tienen su lugar. Pueden ser muy útiles. Pero lo que ha surgido es otra cosa: una manera de hablar mezquina, que busca ganar a toda costa, y que a menudo es calumniosa, incendiaria y sumamente personal. Duele en especial ver cómo participan los cristianos en este tipo de actividad. La fealdad que muestran en línea los cristianos (¡incluso los ministros cristianos!) deja sin aliento. Esta conducta, impropia de Cristo, no solo se ha defendido y justificado: se ha normalizado. Es, por supuesto, un mal testimonio para cada cristiano en particular, pero además daña la unidad y el testimonio de la Iglesia de Jesucristo mucho más de lo que pensamos.
La amonestación de la homilía XII
Como cristianos anglicanos, haríamos bien en considerar las amonestaciones de nuestros formularios, en especial el duodécimo y último sermón del Primer libro de Homilías, Un sermón contra la contienda y las riñas. Nuestros antecesores en la fe sin duda lo entendían. Vivieron en días de división y de contienda. Muchos sufrieron una persecución violenta por sus opiniones. Otros trabajaron durante años en secreto. Algunos tuvieron que huir a países como Alemania o Suiza para continuar su trabajo. Habían visto a sus líderes y amigos encarcelados, torturados y martirizados.
Es asombroso que, de ese contexto violento, heredemos este sermón sobre cómo afrontar la contienda y la discordia con fidelidad y según la Biblia. Nuestros reformadores ingleses no compusieron estas homilías en la torre de marfil de la academia, sino en las calles y en las situaciones que vivía el pueblo cristiano en días muy tensos, divididos y a menudo violentos. Entonces, ¿qué puede decirnos esta homilía en el siglo XXI?
Con la fe por delante
Cerca del final de la homilía XII leemos:
Si somos hombres cristianos buenos y pacíficos, que se note en nuestro hablar y en nuestras lenguas. Si hemos abandonado al diablo, no usemos ya lenguas diabólicas. El que ha sido un reñidor injurioso, sea ahora un sobrio consejero. El que ha sido un calumniador malicioso, sea ahora un amoroso consolador. El que ha sido un injuriador vano, sea ahora un maestro espiritual. El que ha abusado de la lengua para maldecir, úsela ahora para bendecir. El que ha abusado de la lengua hablando mal, úsela ahora para hablar bien.nota del editor E1
Aquí la homilía nos insta a dejar que el evangelio actúe en nosotros. ¿Pensamos que las amonestaciones bíblicas sobre la conducta cristiana quedan de algún modo en suspenso en cuanto nos ponemos ante el teclado y abrimos X? Quizá tengamos que volver a pensar en pasajes como Efesios 4:31, donde Pablo nos enseña: «Quítense de vosotros toda amargura, enojo, ira, gritería y maledicencia, y toda malicia». ¿O qué decir de Proverbios 20:3? Allí leemos: «Honra es del hombre dejar la contienda; mas todo insensato se envolverá en ella».
En las discusiones en línea, sobre todo por los límites de extensión o de tiempo, la tendencia es golpear fuerte, rápido y sin piedad. A nuestra naturaleza pecadora le produce cierta satisfacción un buen desaire, un golpe certero o un comentario despectivo. Eso impide el diálogo y alimenta nuestro ego. Fíjese en el consejo de la homilía XII: «si al responder con terquedad a una persona rebelde hubiera esperanza de remediar su terquedad…». Si alguna vez se ha visto enredado en una pelea en línea, sabe que esta pregunta retórica dice la verdad.nota del editor E2
¿Y si tomáramos ante toda esta situación una actitud cristiana mucho más radical? La homilía sigue:
Pero, si uno no puede enmendar la falta de otro, o no puede enmendarla sin caer él mismo en falta, mejor sería que pereciese uno y no dos. Entonces, si no puede calmarlo con palabras suaves, al menos no lo siga en palabras perversas y faltas de caridad. Si puede apaciguarlo sufriendo, sufra; y si no, mejor es sufrir el mal que hacer el mal, decir bien que decir mal.
¡Eso es revolucionario!
Unidad, libertad, caridad
Nos haría bien volver a considerar el principio: «En lo esencial, unidad; en lo no esencial, libertad; en todo, caridad». Aunque muchos han atribuido esta frase a Agustín, lo más probable es que venga de un teólogo poco conocido del siglo XVII llamado Rupertus Meldenius. Sea cual sea su origen, el principio es útil si reconocemos que no todo es esencial y que debemos valorar la unidad en su contexto bíblico.
Doctrina u opinión
Hay una tendencia, sobre todo en nuestros días, a borrar la línea entre lo esencial y lo no esencial, y a confundir la doctrina cristiana auténtica con el partidismo sectario dentro de la Iglesia y con la opinión piadosa. Por eso, unos cristianos atacan a otros no por cuestiones de fe de primer orden, sino por asuntos de segundo o tercer orden. Está bien pedir cuentas a un hermano o a una hermana por negar lo que dicen los credos o, como anglicanos, por cuestiones relacionadas con los formularios. Eso sería cumplir la promesa de nuestros votos de ordenación: ser «mensajeros, atalayas y mayordomos del Señor» (Ordinal, «La forma y manera de ordenar Presbíteros», en el Libro de Oración Común de 1662).nota del editor E3
Es lamentable que nos ataquemos unos a otros por cosas como las vestiduras, el ceremonial, la música, levantar las manos o el color de la camisa clerical. En Romanos 16:17, Pablo nos exhorta: «Mas os ruego, hermanos, que os fijéis en los que causan divisiones y tropiezos en contra de la doctrina que vosotros habéis aprendido, y que os apartéis de ellos». La doctrina a la que se refiere el apóstol no es la doctrina de una rama concreta del árbol anglicano, sino la raíz misma del evangelio. Las palabras de la homilía sobre la contienda nos recuerdan:
… la terquedad en sostener una opinión engendra contienda, riñas y reyertas, vicio que, entre todos los demás, es el más pernicioso y pestilente para la paz y la tranquilidad comunes.
Tengamos libertad en lo no esencial y caridad en medio de todo. ¡Cuánto mejor testimonio sería este para la Iglesia!
¿Nos hemos acomodado demasiado a la contienda?
En cuanto a la unidad, creo que nos hemos acomodado demasiado a la contienda, la discordia y la división. La actual «sopa de letras» de jurisdicciones anglicanas debería bastarnos como prueba. Sí, hay momentos en que ya no es posible caminar juntos, sobre todo cuando se abandonan las doctrinas esenciales de la fe y la autoridad bíblica. Pero entre cristianos debería haber, de forma natural, deseo y reverencia por la unidad. El autor de la homilía (probablemente el propio Cranmer) dice:
¿Qué diría [san Pablo], pues, si oyera estas palabras de contienda que ahora andan casi en boca de todos: «Este es fariseo, este es evangélico, este es de la nueva especie, este es de la antigua fe, este es un hermano de nuevo cuño, este es un buen padre católico, este es papista, este es hereje»? ¡Oh, cómo está dividida la Iglesia! ¡Oh, cómo están cortadas y desgarradas las ciudades! ¡Oh, cómo la túnica de Cristo, que era sin costura, está toda rasgada y hecha jirones!
Pablo nos recuerda en 1 Corintios 1:10:
Os ruego, pues, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que habléis todos una misma cosa, y que no haya entre vosotros divisiones, sino que estéis perfectamente unidos en una misma mente y en un mismo parecer.
Esto exige un trabajo activo, humildad, sacrificio de uno mismo y un compromiso semejante al de Cristo. Exige un compromiso verdadero con el Cuerpo de Cristo, por encima de nuestras preferencias u opiniones. Exige un compromiso con el principio: «En lo esencial, unidad; en lo no esencial, libertad; en todo, caridad».
Buscar pelea
Aun así, tenemos que aceptar que a algunos les gusta la contienda, la discordia y el conflicto. El Nuevo Testamento da instrucciones firmes (y a menudo pasadas por alto) para afrontar estas situaciones. Fíjese en las palabras de Pablo en 1 Corintios 5, donde dice a la Iglesia
… que no os juntéis con ninguno que, llamándose hermano, fuere fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho, o ladrón; con el tal ni aun comáis.
Aquí, «maldiciente» es la persona que injuria, que usa un lenguaje ofensivo, que calumnia o que insulta. La homilía XII dice:
… san Pablo cuenta al reñidor, al pendenciero o al buscador de pleitos entre los ladrones y los idólatras… Y una lengua injuriosa es una pestilencia tan llena de contagio que san Pablo quiere que los cristianos rehúyan la compañía de tales personas, y que ni coman ni beban con ellas.
También vemos una orientación en las palabras de Pablo a Tito, donde dice: «Al hombre que cause divisiones, después de una y otra amonestación deséchalo, sabiendo que el tal se ha pervertido, y peca y está condenado por su propio juicio» (Tito 3:10-11). La homilía señala que el Nuevo Testamento no pide a la esposa que deje a un marido no creyente, ni a los cristianos que eviten a los no creyentes, pero sí pide que se evite la compañía de los que siembran contienda, división y discordia. En nuestra era digital, eso puede significar dejar de tratar con los «maldicientes» en el espacio en línea y negarse a entrar en el ir y venir interminable de las discusiones en internet. También puede significar una ruptura necesaria de la comunión, como indica Pablo.
Responder cuando hace falta
Entonces, ¿qué hacemos cuando tenemos que responder o tratar con una persona pendenciera? No es realista pensar que nunca tendremos que entrar en un conflicto. De hecho, evitar todo conflicto no es sano ni bíblico. Estamos llamados a contender «ardientemente por la fe que ha sido una vez dada a los santos» (Judas 3). Estas situaciones deben ser ocasión de discernimiento y de sabiduría, con oración.
Lo primero que propone la homilía XII es que respondamos con nuestra vida:
Esta es la mejor manera de refutar al propio adversario: vivir de tal modo que todos los que conozcan su honradez puedan dar testimonio de que se le calumnia sin merecerlo.
Pero la homilía sigue:
…hay un tiempo en que conviene «responder al necio conforme a su necedad, no sea que se tenga por sabio en su propia opinión» (Proverbios 26:5).
Si se nos difama o se nos ataca de tal modo que el mal que se nos hace es a la vez un ataque al evangelio mismo, o pone en peligro la salud espiritual de otros, debemos considerar con oración cómo quiere Dios que respondamos. Podemos responder con convicción y con celo, como vemos en el ejemplo de Juan el Bautista, Pablo, Pedro, Esteban y el mismo Jesús. El autor de la homilía dice:
Estas palabras agudas no procedían de ira, rencor o malicia, ni de deseo de venganza, sino de un ferviente deseo de llevarlos al verdadero conocimiento de Dios y de apartarlos de la vida impía, mediante una reprensión y una reprimenda serias y agudas.
Esta respuesta hace falta sobre todo en quienes tienen un oficio de dirección pastoral en la Iglesia.
Las tentaciones de la vida en línea
Los cristianos, sobre todo los que participan en las redes, se enfrentan sin cesar a varias tentaciones. Tenemos que estar en guardia contra ellas.
La reacción inmediata
Está la tentación de la reacción inmediata: respuestas instintivas, en el calor del momento, que pueden convertirse en chispas que encienden la contienda y que alimentan la justicia propia mucho más que la verdad.
El sesgo de confirmación
Está la tentación del sesgo de confirmación, en la que no vemos más opinión que la nuestra y creemos todo lo que los bots y los algoritmos ponen en nuestro muro. Estos confirman y alimentan el enojo, la malicia y la ira.
El catastrofismo
Está también la tentación de ver catástrofes en todo, que nos lleva a un enojo y una desesperación profundos porque parece que el mundo se viene abajo. Sentimos que tenemos que hacer algo, y entonces agravamos la tendencia a reaccionar.
La demonización
También tenemos que hacer frente a la tentación de demonizar: pensar lo peor de un hermano o una hermana en Cristo por lo que otros dicen de él o de ella, o por sus propias publicaciones descuidadas. Tengo varios amigos cristianos, buenos y fieles, que han sido atacados y demonizados con las acusaciones más horribles, con ataques personales y con amenazas, de parte de otros cristianos.
Ser una presencia serena
Recuerdo que hace muchos años oí a Bob Duncan (entonces obispo) animar a los que nos sentíamos llamados a oponernos a las innovaciones de la Iglesia Episcopal a ser una «presencia serena» en medio de la agitación y los problemas que vivíamos. Sigo pensando que es un buen consejo, bíblico. En esta era de las redes sociales, recomiendo también el consejo que da el arzobispo Foley Beach, que puede encontrar aquí.
Hay momentos para cuestionar, para debatir e incluso para discutir. Hay ocasiones en que hace falta una respuesta celosa, llena de santa convicción. A veces el conflicto es necesario. La Biblia nos muestra que la Iglesia primitiva tuvo su buena parte de debates y desacuerdos. Creo que tenemos que volver a aprender a hacerlo bien y con fidelidad, para que Dios sea glorificado incluso en nuestro desacuerdo. ¿Y si pusiéramos en práctica algunas de las lecciones tan oportunas que vemos en la homilía XII? ¿Y si escogiéramos otro camino, un camino cristiano, para tratarnos unos a otros?
Creo que a Cranmer le gustaría.
Creo que al Señor Jesús también.
Notas
Son de Anglicanismo.com y no forman parte del original.
Todas las citas de la homilía van con el texto de nuestra edición del Primer libro de Homilías. El autor cita la versión inglesa modernizada de Lee Gatiss, que en algunos lugares cambia la letra; se señala donde la diferencia importa. Las páginas que se dan son las de esa edición. Volver al texto (nota del editor E1)
En nuestra edición, la frase de la homilía sigue así: «…quien respondiera así ofendería menos […]». Tras ella viene el pasaje que se cita más abajo. La edición que cita el autor la convierte en pregunta. Volver al texto (nota del editor E2)
El autor cita el Libro de Oración Común de 2019 (p. 489), en singular; se da la letra de nuestro Ordinal de 1662, que dice lo mismo en plural. Volver al texto (nota del editor E3)