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La exhortación del Libro de Oración para presbíteros fieles

Por Chris Findley

Publicado el · 10 min de lectura

Artículo de Anglican Compass, traducido y publicado aquí con su permiso. Original en Anglican Compass: The Prayer Book’s Exhortation for Faithful Priests (en inglés)

Retrato de Richard Baxter, de busto, con casquete negro y cuello blanco, sobre fondo oscuro
Richard Baxter, Robert White, 1670. Dominio público. Ver en Wikimedia Commons: Richard Baxter

Un día fresco y luminoso de diciembre de 1994, en Alabama, recibí mi nombramiento como subteniente del Ejército de los Estados Unidos. Estaba de pie, orgulloso, ante mis amigos y mi familia, con el uniforme verde de gala (una abominable creación de poliéster), mientras cada uno de los nuevos oficiales recibía las barras doradas de su nuevo grado. Uno de los momentos que más me conmovieron fue el juramento de oficial. Con la mano derecha levantada, repetí las palabras que decía el coronel que presidía la ceremonia:

Juro solemnemente que apoyaré y defenderé la Constitución de los Estados Unidos contra todos sus enemigos, extranjeros y nacionales; que le guardaré verdadera fe y lealtad; que asumo esta obligación libremente, sin ninguna reserva mental ni propósito de evadirla; y que cumpliré bien y fielmente los deberes del cargo que estoy a punto de asumir. Que Dios me ayude.

Aunque era joven, un recién graduado universitario de 24 años, sentí el peso de esas palabras. Era una responsabilidad grande. Se me llenó la cabeza con las muchas posibilidades y caminos que mi vida podía tomar en respuesta a ese juramento. Mi tiempo en el ejército resultó bastante rutinario, lo cual, a decir de todos, fue una bendición. Pero en esos años aprendí y crecí, como oficial y como persona.

Esa experiencia se parece a la de cualquiera que entra en el ministerio ordenado. El llamamiento es real. El trabajo de cumplir los requisitos para la ordenación (en inglés) es exigente, como debe ser. Por un lado, todo ordenando siente alivio al llegar por fin al gran día (muchas veces, irónicamente, vestido también de poliéster: el de una sotana-alba (en inglés)). Por otro lado, las palabras del Ordinal del Libro de Oración Común (en inglés) imponen seriedad. Como el juramento que hice de joven oficial del ejército, ponen sobre el ordenando una responsabilidad grande. El peso del oficio casi se puede tocar. Así como recuerdo mi nombramiento en el ejército, recuerdo bien las palabras que el obispo me dirigió en mi ordenación, hace más de veinte años.

La exhortación

Parte del rito de ordenación de todo presbítero es la exhortación, que pronuncia el obispo. Es un llamamiento enérgico a asumir las responsabilidades de este oficio y a entender su peso. La exhortación es más bien breve: 338 palabras, apenas una página del Libro de Oración. Pero su brevedad no le quita gravedad. En estos cuatro párrafos el obispo encarga al ordenando cuatro cosas distintas: administrar, guardar, trabajar y confiar. nota del editor E1

Administrar

El primer párrafo de la exhortación encarga al presbítero que sea

…mensajero, atalaya y mayordomo del Señor… para enseñar, prevenir, apacentar y proveer a la familia del Señor, y para buscar las ovejas de Cristo que están en medio de este mundo caído.

Este párrafo tiene un doble enfoque. El primero es cuidar del Cuerpo de Cristo, la familia de Dios. El presbítero vive esta mayordomía en las cuatro funciones que se enumeran: «enseñar, prevenir, apacentar y proveer». Todas estas tareas sirven a la salud y la protección de la Iglesia. Es un llamamiento a pastorear al pueblo de Dios.

A los ministros se les exige una cantidad increíble de tareas. Puede ser abrumador. Pero aquí, en la exhortación, se nos recuerda que estas tareas deben seguir siendo lo primero en nuestra mente y estar en el centro de nuestro ministerio. En su libro clásico El pastor reformado (The Reformed Pastor), Richard Baxter dice:

La fortaleza de los creyentes es la honra de la Iglesia.

— Richard Baxter (actualizado por Roger McReynolds), The Reformed Pastor in Modern English, 2020

Esa fortaleza es fruto de enseñar, advertir, alimentar y proveer con fidelidad, una y otra vez, y a veces de forma rutinaria.

Después, se nos llama a mirar hacia fuera, hacia las ovejas perdidas. La exhortación dice que debemos «buscar las ovejas de Cristo que están en medio de este mundo caído, para que sean salvas por Cristo para siempre».

Nuestra tarea pastoral va siempre unida a nuestra tarea misionera. Jesús nos recuerda: «La mies a la verdad es mucha, mas los obreros pocos» (Lucas 10:2). Fíjese en que lo que escasea en ese versículo no es la mies, sino los obreros. Así que Cristo no solo nos llama a cuidar de los que están en la Iglesia, sino también a trabajar siempre en los campos para la cosecha.

Guardar

El segundo párrafo se centra en guardarnos a nosotros mismos por causa del evangelio.

Si la Iglesia, o alguno de sus miembros, sufre daño o estorbo por su negligencia, deben saber la gravedad de su falta y el terrible juicio que se seguirá.

Esto recuerda las palabras de Pablo a Timoteo: «sé ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza» (1 Timoteo 4:12). Todos conocemos el daño que causan el escándalo y la caída moral dentro de la Iglesia, sobre todo cuando hay líderes de por medio. Aunque todos somos pecadores redimidos y tenemos nuestras propias heridas con las que luchar, debemos esforzarnos por ser diligentes en nuestra propia conducta.

También aquí Baxter me resulta convincente cuando dice a los demás ministros de su tiempo, en el siglo XVII:

Presten mucha atención a sí mismos, porque el tentador los tentará a ustedes más que a otros hombres. Si van a ser los que encabecen la lucha contra el príncipe de las tinieblas, él no los perdonará sino en la medida en que Dios se lo impida. Su mayor hostilidad es contra aquellos cuyo propio llamamiento consiste en hacerle el mayor daño.

— Richard Baxter, The Reformed Pastor, p. 21

La exhortación nos recuerda también que no perdamos la perspectiva, tanto sobre nosotros mismos como sobre la Iglesia. La Iglesia no es solo una organización de personas que piensan igual. Es la asamblea que Cristo mismo ha formado, la de los redimidos y rescatados por su sacrificio. Si hemos de cuidar de ella, tenemos que guardarnos a nosotros mismos.

Trabajar

El tercer párrafo de la exhortación nos llama a trabajar con diligencia. Dice así:

Trabajen con diligencia, de todo corazón, para llevar a los que están a su cargo a la unidad de la fe y del conocimiento de Dios, y a la madurez en Cristo, de modo que no haya entre ustedes ni error en la religión ni inmoralidad en la vida.

Es evidente que esto retoma el llamamiento a la mayordomía del primer párrafo, pero nos recuerda el esfuerzo que exige el ministerio. «Trabajen con diligencia, de todo corazón». Pero ¿con qué fin? ¿Hacia dónde debemos dirigir ese trabajo diligente? La exhortación nos lo dice. Es un llamamiento a la unidad de la fe, al conocimiento de Dios y a la madurez en Cristo. Es decir, debemos trabajar con diligencia para hacer discípulos fieles de Jesús.

Esto no solo exige diligencia, sino también un propósito claro. Significa que no debemos poner nada en lugar del discipulado. Puede resultarnos fácil quedarnos cortos y pensar que ya hemos hecho nuestro trabajo cuando alguien se hace miembro de la Iglesia o muestra interés por nuestra tradición anglicana. Esas cosas son buenas, desde luego, pero no son nuestra meta principal. En la Gran Comisión, en Mateo 28, Jesús nos llama a ir y hacer discípulos, bautizándolos y, en sus palabras, «enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado» (Mateo 28:20).

En su libro Real Life Discipleship, Jim Putman dice:

El discipulado es decisivo si queremos salvar a la iglesia del espectáculo del domingo por la mañana y hacer de ella un lugar donde haya relaciones reales y cambios reales.

— Jim Putman, Real Life Discipleship (NavPress, 2010), p. 21

Trabajemos con diligencia en la mies que el Señor ha puesto delante de nosotros y formemos discípulos fieles de Jesús.

Confiar

Podemos resumir el último párrafo de la exhortación en la palabra «confiar». Hay dos apoyos principales en los que debemos confiar. El primero es la Sagrada Escritura, y el segundo, el Espíritu Santo.

Y, puesto que las exigencias de este santo oficio son tan grandes, dejen a un lado toda distracción mundana y procuren encaminar todo lo que hagan a este fin: lean, atesoren, aprendan y asimilen interiormente las Escrituras.

No podemos ser ministros fieles de Cristo si no somos estudiantes fieles de su Palabra. Esto vale tanto para el laico como para el clérigo. J. I. Packer tenía razón cuando dijo:

Todas nuestras ideas sobre Dios deben medirse, probarse y, donde haga falta, corregirse y ampliarse a la luz de la enseñanza bíblica.

— J. I. Packer, Concise Theology (Crossway, 1993), p. 34

Todo esto, por supuesto, se apoya en la confianza en el Espíritu Santo. La exhortación termina diciendo:

La voluntad y la capacidad que se necesitan las da solo Dios. Por tanto, oren fervientemente pidiendo su Espíritu Santo, para que ilumine su mente y fortalezca su resolución.

Aunque hay muchas cosas que pueden ayudarnos en la obra del evangelio a la que somos llamados, nada es más esencial que el Espíritu Santo. Al fin y al cabo, la obra es suya, no nuestra. La mies es suya, no nuestra. La obra del presbítero es nada menos que una participación en el sacerdocio de Jesús. Así que el sacerdocio es suyo, no nuestro. Debemos buscar su Espíritu Santo y apoyarnos en él.

Confianza en él

Cuando empecé en el ministerio, a los 27 años, era la persona más joven que mi diócesis había enviado nunca al seminario. Al salir del seminario era, como muchos recién ordenados, entusiasta y bastante orgulloso. El Señor tuvo mucha paciencia conmigo. Más de veinte años después, he aprendido que la única confianza que cuenta es la confianza en Cristo. Solo aprendemos esto cuando llegamos al punto en que tenemos que depender de él. Solo cuando Dios se lleva por delante todos los andamios que levantamos a nuestro alrededor descubrimos su fidelidad y aprendemos a confiar más plenamente en nuestro Señor.

A veces aprendemos estas lecciones porque somos duros de corazón, duros de cabeza y tercos. A veces la vida del ordenado nos pone ante situaciones desgarradoras que no podíamos imaginar. Hay muchos días oscuros y tormentosos. Más de una vez he sentido que había tocado fondo, que no me quedaba nada. Pero puedo dar testimonio de que el pozo del Espíritu Santo nunca se seca. Cuando Jesús prometió estar con nosotros hasta el fin del mundo, lo dijo en serio. Esto vale para cada uno de nosotros, ordenado o laico.

En la exhortación vemos el peso y la responsabilidad del oficio de presbítero. Es bueno que el Ordinal del Libro de Oración nos lo ponga delante, para que tomemos en serio el llamamiento del Señor sobre nuestra vida (en inglés). Pero, del mismo modo, la exhortación y el propio rito de ordenación recuerdan a todo pecador redimido que lleva alzacuello que esta es, en último término, la obra de Cristo. Es en su poder y por su gracia como procuramos vivir su llamamiento y servir a su Iglesia.

Notas

Son de Anglicanismo.com y no forman parte del original.

  1. El autor cita la exhortación en una forma moderna y abreviada, la del Libro de Oración Común de 2019 de la Iglesia Anglicana en Norteamérica (ACNA). Las cifras de este párrafo son de esa forma. En el Ordinal del Libro de Oración Común de 1662 la exhortación es más larga y dice, por ejemplo, que los presbíteros son llamados «a ser mensajeros, atalayas y mayordomos del Señor; a enseñar y prevenir, a apacentar y proveer a la familia del Señor; a buscar las ovejas de Cristo dispersas por el mundo, y a sus hijos que están en medio de este mundo perverso, para que sean salvos por Cristo para siempre»; y que «esa voluntad y capacidad las da solo Dios. Por tanto, deben orar fervientemente, y necesitan hacerlo, pidiendo su Espíritu Santo» (Libro de Oración Común de 1662, «La forma y manera de ordenar Presbíteros»). Volver al texto (nota del editor E1)

Original: The Prayer Book’s Exhortation for Faithful Priests, de Chris Findley.

Publicado en Anglican Compass el 9 de enero de 2026. Traducción de Anglicanismo.com, publicada con permiso de Anglican Compass. Las notas del editor son de Anglicanismo.com y no forman parte del original.

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