Saltar al contenido
Anglicanismo.com, inicio Orar hoy

Artículos · Liturgia y oración

El oficio histórico de la Conminación: ¿cuál era el oficio anglicano del Miércoles de Ceniza?

Por Steven Wedgeworth

Publicado el · 7 min de lectura

Artículo de Steven Wedgeworth publicado en Ad Fontes, traducido y publicado aquí con permiso del autor. Original en Ad Fontes: The Historic Commination Service: What Was the Anglican Ash Wednesday Service? (en inglés)

El rey David, arrodillado y arrepentido, alza los ojos hacia un ángel que lleva una espada sobre las nubes
David arrepentido elige entre tres plagas, Pieter de Grebber, hacia 1635-1640. Dominio público. Ver en Wikimedia Commons: David arrepentido elige entre tres plagas

Hace unos años escribí un estudio histórico sobre el oficio del Miércoles de Ceniza en la tradición anglicana. La gran sorpresa fue que no se usó ceniza hasta hace muy poco (en inglés). Pero eso deja en pie la gran pregunta: si en el oficio del Miércoles de Ceniza no está el rito de la imposición de la ceniza, ¿qué hay entonces? ¿Cuál era el antiguo oficio anglicano del Miércoles de Ceniza?

Permítame presentarle el oficio de la Conminación.

Anuncio de la ira y los juicios de Dios contra los pecadores

Cranmer revisó a fondo la antigua liturgia del Miércoles de Ceniza en su Libro de Oración Común de 1549. En lugar de la bendición y la imposición de la ceniza, que por su naturaleza ponen el acento en objetos materiales santificados, el centro de este oficio era la palabra divina. Esta palabra toma sobre todo dos formas: las maldiciones del pacto mosaico y la oración de arrepentimiento de David en el Salmo 51. El oficio sigue un esquema de ley y evangelio, rasgo típico de Cranmer. También usa una dramatización litúrgica sutil pero poderosa: el ministro baja del púlpito al lugar donde se dice la Letanía (a menudo en medio del pueblo) y recita el salmo penitencial al unísono con el pueblo.

La Conminación se presenta como una especie de aproximación a una práctica disciplinaria que se ha perdido y que debería recuperarse: la «piadosa disciplina» de «la Iglesia primitiva». Es análoga a un rito especial de penitencia. Solo que, en lugar de limitarse a los «pecadores notorios», el oficio de la Conminación incluye a todos los miembros de la parroquia. Esta universalidad concuerda con el tema central de la Reforma: que todos, incluso los más justos en lo exterior, estamos justamente condenados por nuestros pecados y necesitamos que la gracia intervenga. Y es esta universalidad, que alcanza incluso a los presbíteros, la que da a este oficio su fuerza particular. Todos estamos juntos en esto. (nota del editor E1)

Nota del editor · E1

«Pecadores notorios» (notorious sinners) es la letra de las ediciones anteriores a 1662, como la de 1559. El Libro de Oración Común de 1662 dice: «las personas convictas de pecado notorio».

El comienzo del oficio

La rúbrica inicial nos indica que este oficio está pensado, de ordinario, para seguir a la Oración Matutina y a la Letanía. Como el primer día de Cuaresma siempre cae en miércoles, ese día siempre corresponde la Letanía. Desde luego, la Conminación puede usarse en otros días además del Miércoles de Ceniza, pero ha de usarse al menos ese día, y la exhortación inicial menciona expresamente el tiempo de Cuaresma. También conviene notar que la Oración Matutina y la Oración Vespertina de este día tienen salmos propios: tres para la mañana y tres para la tarde. Eso suma seis de los siete salmos penitenciales tradicionales. El séptimo, y el más famoso, aparecerá en el propio oficio de la Conminación. (nota del editor E2)

Nota del editor · E2

En nuestra edición del Libro de Oración Común de 1662, la rúbrica que encabeza la Letanía manda decirla después de la Oración Matutina «los domingos, miércoles y viernes».

El presbítero comienza el oficio de la Conminación explicando lo que va a ocurrir. Como se ha perdido la antigua disciplina, le dice al pueblo, se hará otra cosa: se leerán las maldiciones del pacto mosaico, tomadas en su mayor parte de Deuteronomio 27. Y después de que el presbítero lea cada condena, el pueblo responderá diciendo «Amén». Así reconocerá en voz alta la verdad de la justicia de Dios.

Maldición y advertencia

Con esa instrucción, el oficio pasa enseguida a las maldiciones. El presbítero lee en voz alta cada sentencia, una por una. A cada maldición, el pueblo responde: «Amén». Cranmer se tomó cierta libertad editorial al ordenar estas sentencias. Su modelo de partida es Deuteronomio 27:15-26, donde se manda a los levitas ponerse en pie sobre el monte Ebal y pronunciar diversas maldiciones sobre seis de las tribus de Israel por quebrantar las leyes de Dios. Pero Cranmer no sigue al pie de la letra el texto del Deuteronomio. A veces combina el texto del Deuteronomio con un pasaje paralelo, ya del Antiguo, ya del Nuevo Testamento. A veces pone en su lugar una maldición del todo distinta. Y lo dispone de modo que haya diez maldiciones. Como los Diez Mandamientos, el conjunto es un resumen completo de toda la ley. (nota del editor E3)

Nota del editor · E3

Deuteronomio 27:12-14 dice: «Cuando hayas pasado el Jordán, estos estarán sobre el monte Gerizim para bendecir al pueblo: Simeón, Leví, Judá, Isacar, José y Benjamín. Y estos estarán sobre el monte Ebal para pronunciar la maldición: Rubén, Gad, Aser, Zabulón, Dan y Neftalí. Y hablarán los levitas, y dirán a todo varón de Israel en alta voz».

Una vez pronunciado el juicio de Dios y afirmado su carácter verdadero y justo, la parte siguiente del oficio es la homilía. Esta homilía es fija: es la misma cada año. En esto se parece, aunque es más larga, a las exhortaciones que se dan en el bautismo o antes de la Santa Comunión. Según cómo la pronuncie cada predicador, dura entre cinco y diez minutos. Su tono es urgente. Compuesta en gran parte de paráfrasis de Juan el Bautista, de los salmos, de los profetas y del mismo Jesús, la homilía es un llamado constante al arrepentimiento. Advierte del juicio eterno, con «lazos […], fuego y azufre, tormenta y tempestad». La realidad del infierno se pone con claridad ante la congregación.

Y entonces, hacia el final de la homilía, el mensaje da un giro. Con un pasaje de la Escritura que aparece en las «palabras de consuelo» de todo oficio de comunión, el pueblo oye: «Aunque hemos pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el Justo; y él es la propiciación por nuestros pecados». Entonces, si nos arrepentimos y venimos a él, se nos asegura que Cristo nos perdonará y «nos dará la bondadosa bendición de su Padre, mandándonos tomar posesión de su glorioso reino».

Arrepentimiento

Una vez que el oficio ha subido hasta su punto más alto, el clímax litúrgico llega por medio de un descenso. El presbítero baja, si ha estado leyendo desde el púlpito, y se arrodilla con el pueblo. Si el atril de la Letanía está en la nave, como solía ocurrir en los siglos XVI y XVII, el presbítero también ha salido ya del presbiterio y ha entrado en medio de la congregación. Se arrodilla junto a ellos, y todos se arrepienten juntos. Para este intervalo no se manda ninguna antífona ni himno. La iglesia guarda un silencio dramático mientras el ministro hace esta transición.

El salmo propio de la Conminación es el Salmo 51, el más importante de los salmos penitenciales. El presbítero y el pueblo oran juntos con las palabras de la Escritura, y ponen en sus labios las palabras de arrepentimiento que dijo por primera vez el rey David después de su gran pecado. Este salmo ofrece un modelo de arrepentimiento: comienza pidiendo misericordia, pasa a la confesión del pecado y a la afirmación del justo juicio de Dios, y concluye con una petición de perdón y una promesa de nueva obediencia y adoración.

Gloria al Padre, al Hijo y al Espíritu Santo; como era en el principio, es ahora y será siempre, por los siglos de los siglos. Amén.

Oraciones finales y bendición

Para terminar, el oficio pasa a un bloque de oraciones, que empieza con el habitual «Señor, ten misericordia» y el Padrenuestro. Como en la estructura de la Oración Matutina y de la Oración Vespertina, vienen luego una breve serie de versículos con sus respuestas y una serie de colectas. Estas oraciones son propias del oficio de la Conminación, aunque una es una versión ampliada de la colecta de la comunión del Miércoles de Ceniza. Lo importante es que el acento está ahora del todo en el perdón: «Oh Dios poderosísimo y Padre misericordioso, que tienes compasión de todos los hombres y nada aborreces de cuanto has hecho, que no quieres la muerte del pecador, sino que más bien se convierta de su pecado y sea salvo: perdónanos misericordiosamente nuestras ofensas».

Las dos primeras de estas oraciones finales las lee el presbítero, y el pueblo dice «Amén» al final de cada una. Pero la tercera oración han de leerla todos, clero y laicos juntos. Esta oración pide a Dios que vuelva al pueblo hacia sí, que le muestre su favor y su misericordia, que perdone sus pecados y que lo mire «por los méritos y la mediación» de Jesús. Tras haber comenzado con la terrible sentencia de la ley, la Conminación termina con la representación vicaria de Jesucristo en favor nuestro.

Y entonces el oficio concluye con la bendición de Dios. En lugar de las bendiciones habituales de la Oración Matutina y de la Oración Vespertina o de la Santa Comunión, la Conminación ofrece la bendición aarónica, el gran regalo del rostro sonriente del Padre vuelto hacia nosotros:

El Señor nos bendiga y nos guarde; el Señor alce sobre nosotros la luz de su rostro y nos dé paz, ahora y para siempre. Amén.

Original: The Historic Commination Service: What Was the Anglican Ash Wednesday Service?, de Steven Wedgeworth.

Publicado en Ad Fontes el 18 de febrero de 2026. Traducción de Anglicanismo.com, publicada con permiso del autor. Las notas del editor son de Anglicanismo.com y no forman parte del original.

Más artículos

Más de liturgia y oración · Todos los artículos