Saltar al contenido
Anglicanismo.com, inicio Menú Oficio diario

El monarca británico como gobernador de la Iglesia: guía anglicana para principiantes

Por Peter Johnston

Publicado el · 7 min de lectura

Artículo de Anglican Compass, traducido y publicado aquí con su permiso. Original en Anglican Compass: The British Monarch as Governor of the Church: A Rookie Anglican Guide (en inglés)

La joven reina Victoria, arrodillada ante el altar de la abadía de Westminster, recibe la comunión del arzobispo en su coronación de 1838
La reina Victoria recibe la comunión en su coronación, Charles Robert Leslie, hacia 1838. Dominio público. Ver en Wikimedia Commons: La reina Victoria recibe la comunión en su coronación

Durante los setenta años de su reinado, la reina Isabel II fue la Gobernadora Suprema de la Iglesia de Inglaterra. Ahora que Carlos III ha subido al trono, asume ese mismo papel y, como Isabel, promete «mantener y preservar de manera inviolable el ordenamiento de la Iglesia de Inglaterra, y su doctrina, culto, disciplina y gobierno, tal como están establecidos por la ley en Inglaterra».

Esto no significa que el monarca británico actúe como ministro de culto. Ni la difunta reina ni el nuevo rey están ordenados. La explicación la encontramos en los Treinta y Nueve Artículos de Religión.

«No damos a nuestros soberanos el ministerio ni de la palabra de Dios ni de los sacramentos (en inglés)». Más bien, a los soberanos les corresponde «que gobiernen todos los estamentos y rangos encomendados por Dios a su cuidado, sean eclesiásticos o temporales, y que repriman con la espada civil a los obstinados y a los malhechores».

— Treinta y Nueve Artículos de Religión, artículo XXXVII, Libro de Oración Común de 1662

¿Qué significa esto en la práctica? Por un lado, significa que el monarca tiene una responsabilidad singular: gobernar como cristiano. Esto se expresa de forma muy viva en el oficio de la coronación, en el que el monarca es ungido a la manera de los reyes de la Biblia, con un himno coral tomado de la unción de Salomón en 1 Reyes 1.

Sadoc el sacerdote (en inglés) y Natán el profeta ungieron rey a Salomón. Y todo el pueblo se alegró y dijo: ¡Dios salve al rey! ¡Viva el rey! ¡Dios salve al rey! Que el rey viva para siempre. Amén. Aleluya.

— Georg Friedrich Händel, Zadok the Priest (himno de coronación n.º 1)

Por otro lado, el monarca tiene la autoridad exclusiva de nombrar a los obispos ingleses y al clero de mayor rango, con el consejo de otros dirigentes políticos y eclesiásticos. Este modo de ordenar las relaciones entre Iglesia y Estado se llama a veces «erastianismo», por el teólogo del siglo XVI Thomas Erastus. Tiene una larga historia: se remonta a Enrique VIII, en el siglo XVI. Y sigue hoy, como se ve en la foto que encabeza este artículo, donde los obispos rinden homenaje a la reina recién coronada. Sin embargo, la historia anglicana es anterior al erastianismo, y hay razones para pensar que el erastianismo no marcará el futuro del anglicanismo.nota del editor E1

Iglesia y Estado en la Iglesia anglosajona

La evangelización de Inglaterra avanzó en parte gracias a la conversión de los reyes anglosajones, que después fueron generosos benefactores de la Iglesia. Esos reyes rara vez intervenían en la elección de los obispos de la Iglesia.

Una de las conversiones más notables fue la del rey Etelberto de Kent, que en el año 597 recibió al monje Agustín en su viaje misionero desde Roma. Etelberto no creyó cuando Agustín le anunció el evangelio por primera vez, pero recibió bien a los monjes y les dio un lugar donde vivir en Canterbury. Beda, el historiador de la primitiva Iglesia anglicana, explica que el rey Etelberto acabó creyendo y fue bautizado (en inglés), porque se sintió «atraído por la vida pura de los santos y por sus preciosísimas promesas, cuya verdad confirmaban haciendo muchos milagros» (I, 26). A partir de entonces, Etelberto «otorgó muchos dones a los obispos» y «añadió tierras y posesiones» para el sustento de los séquitos de los obispos (II, 3).

El propio Agustín eligió y consagró a su sucesor, Lorenzo, para que fuera el segundo arzobispo de Canterbury (en inglés) después de su muerte. Además, el papa Gregorio, que había enviado a Agustín en su misión, lo autorizó a «ordenar doce obispos en diversos lugares, que estarán sujetos a tu jurisdicción» (I, 29). Así, la primitiva Iglesia anglosajona, con el apoyo del obispo de Roma, elegía y consagraba a los obispos, a menudo por decisión de los propios obispos.

La investidura laica y la supremacía real

Durante el siglo X, los monarcas del continente europeo empezaron a intervenir con más fuerza en la elección de los obispos. Los monarcas ingleses no tardaron en adoptar esa práctica, llamada investidura laica: la elección e instalación de los obispos por los monarcas. Eduardo el Confesor, por ejemplo, uno de los últimos reyes anglosajones antes de la invasión normanda, anuló la elección que habían hecho los dirigentes de la Iglesia en Canterbury y promovió en su lugar a su amigo y consejero Roberto de Jumièges, que obtuvo el apoyo del papa y llegó a ser el primer arzobispo normando de Canterbury. Esta práctica se extendió tras la conquista de Inglaterra por Guillermo el Conquistador y sus sucesores, que sustituyeron a los obispos anglosajones por obispos del continente europeo.

En el siglo XII, los papas volvieron a reclamar la autoridad de la Iglesia para investir a los obispos, lo que dio lugar a la querella de las investiduras. Al final, los reyes de Europa aceptaron lo que reclamaban los papas, pero conservaron una autoridad considerable para proponer obispos que el papa luego confirmaba. Esos obispos, además, rendían homenaje a la autoridad secular de los reyes. El resultado de la querella fue que la autoridad sobre el gobierno de la Iglesia quedó concentrada a la vez en los reyes y en el papa, y se expresaba sobre todo en la elección de los obispos. Así quedó preparado el terreno para los conflictos del siglo XVI.

El Acta de Supremacía de 1534 y el rey Enrique VIII

En 1534, el rey Enrique VIII promulgó el Acta de Supremacía, que declaraba al monarca inglés «supremo» en la Iglesia de Inglaterra y le daba autoridad sobre el nombramiento de los obispos. La causa inmediata fue el deseo de Enrique de obtener la anulación de su matrimonio, que el papa, por razones políticas, se había negado a conceder. Visto en un contexto más amplio, el Acta de Supremacía puede entenderse como un episodio más del conflicto medieval entre reyes y papas.

Aunque Enrique no buscó él mismo reformar la Iglesia de Inglaterra, los reformadores ingleses aprovecharon la nueva independencia respecto de Roma para impulsar su visión de la reforma de la Iglesia. Pero el precio de su independencia del papa fue la sujeción continua al monarca. Esta tensión llevó al surgimiento del republicanismo en Inglaterra y, al final, contribuyó a la Revolución estadounidense (en inglés).

Monarcas y obispos, hoy y mañana

La Iglesia de Inglaterra sigue siendo una Iglesia establecida. Técnicamente, el monarca sigue nombrando a todos los obispos, aunque en la práctica las propuestas salen de dentro de la Iglesia. Pero la Iglesia de Inglaterra es hoy solo una pequeña minoría de los anglicanos del mundo, como explicamos en nuestra guía sobre la Conferencia de Lambeth (en inglés). En otras palabras, la gran mayoría de los anglicanos no debe lealtad a la Corona. Casi todos los obispos anglicanos los nombran las autoridades de la propia Iglesia. De hecho, Inglaterra es el único país en el que una autoridad política todavía nombra obispos anglicanos.

Dicho de otro modo, el futuro del anglicanismo casi con toda seguridad se parecerá más a la primitiva Iglesia anglosajona que a los últimos siglos de gobierno erastiano en Inglaterra. Y, dado el creciente secularismo de las autoridades políticas, probablemente sea algo bueno. La propia Iglesia de Inglaterra tiene ante sí el reto de mantenerse fiel a la fe que ha sido una vez dada y, a la vez, servir como Iglesia establecida de una nación que se seculariza.

Pero no deberíamos olvidar las muchas maneras en que la monarquía británica ha servido a la Iglesia, sobre todo durante el reinado de una buena monarca como Isabel II. Lo que la monarquía aportó fue una visión elevada de la unidad: la de un pueblo reunido por Cristo el Señor, con sus diferencias puestas en armonía bajo algo mayor, el culto a Dios. Aunque esa visión nunca se realizó del todo, la monarquía, en sus mejores momentos, ha gobernado la Iglesia con la mirada puesta en Juan 17 y en la oración de Jesús para que todos «sean uno».

Por causa del Señor someteos a toda institución humana, ya sea al rey, como a superior, ya a los gobernadores, como por él enviados para castigo de los malhechores y alabanza de los que hacen bien. […] Honrad a todos. Amad a los hermanos. Temed a Dios. Honrad al rey.

— 1 Pedro 2:13-14, 17

Notas

Son de Anglicanismo.com y no forman parte del original.

  1. La foto del original (la coronación de Isabel II, en 1953) no se reproduce aquí. Volver al texto (nota del editor E1)

Original: The British Monarch as Governor of the Church: A Rookie Anglican Guide, de Peter Johnston.

Publicado en Anglican Compass el 19 de septiembre de 2022 y revisado el 4 de agosto de 2026. Traducción de Anglicanismo.com, publicada con permiso de Anglican Compass. Las notas del editor son de Anglicanismo.com y no forman parte del original.

Más artículos

Más de obispos y ministerio · Todos los artículos