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El camino anglicano: católico y reformado a la vez

Por Ray Sutton

Publicado en inglés el 22 de marzo de 2023 · 14 min de lectura

Artículo de Anglican Compass, traducido y publicado aquí con su permiso. Original en Anglican Compass: The Anglican Way: Both Catholic and Reformed (en inglés)

Catedral de Salisbury con su aguja gótica, vista entre altos árboles desde el jardín del obispo, con vacas junto a un arroyo
La catedral de Salisbury vista desde el jardín del obispo, John Constable, 1826. Dominio público. Ver en Wikimedia Commons: La catedral de Salisbury vista desde el jardín del obispo

«¿Qué es el anglicanismo?». He oído respuestas de todo tipo. Algunos lo definen como católico. Otros hablan de él como reformado. Y la mayoría propone como definición el «camino medio» (via media) (en inglés).

¿Via media?

Es verdad que la via media se ha convertido muchas veces en el rasgo principal con que se identifica el anglicanismo. Pero no es una definición positiva. Se aplicó por necesidad en un momento concreto, el llamado Acuerdo isabelino (1559-1563), que surgió tras los vaivenes de los monarcas ingleses (en inglés).

  • Enrique VIII separó a la Iglesia inglesa de la jurisdicción del papa en 1534, a raíz de su petición de que se anulara su matrimonio. Pero seguía considerándose católico romano.
  • Eduardo VI subió al trono tras la muerte de Enrique, en 1547, y llevó a la Iglesia inglesa a una reforma plena. Murió joven, y le sucedió su hermana mayor, María.
  • María subió al trono en 1553 y enseguida devolvió Inglaterra a la autoridad del papa. Bajo su autoridad sufrieron el martirio el arzobispo de Canterbury, Thomas Cranmer, otros dos destacados obispos ingleses (Hugh Latimer y Nicholas Ridley) y decenas de clérigos. Pero luego María murió.
  • Isabel, la otra hija de Enrique, subió al trono en 1558. Heredó una nación dividida, con sectores que favorecían a Roma o a la Reforma. Para asegurar a la nación algo parecido a la paz, Isabel necesitaba encontrar una via media que volviera a unir a Inglaterra. El Acuerdo isabelino no buscaba tanto dar una definición como unir a dos bandos en una sola iglesia y una sola nación.

Ya empezamos a ver el problema de usar el camino medio para definir el anglicanismo. Se limita a presentar el anglicanismo como algo situado entre dos visiones distintas de la teología y de la Iglesia. Es lo que yo llamo una definición que no define. Tras quinientos años, los caminos medios se han ido situando entre parejas distintas: Lutero/Calvino, católico romano/protestante, confesional/latitudinario, Iglesia baja/Iglesia alta, evangélico/anglocatólico, liberal/conservador, y así sucesivamente. Al final, sin embargo, lo que se entienda por via media no ofrece una definición real, sino solo una descripción vaga. Hay más connotación que denotación.

En cambio, si examinamos de cerca a los grandes defensores del camino anglicano en el siglo XVI, en un momento en que Inglaterra estaba separada del obispo de Roma, vemos que ofrecen una definición coherente. Entre los principales teólogos de ese periodo estuvieron el obispo John Jewel de Salisbury (en inglés) (1522-1571) y Richard Hooker (en inglés) (1554-1600). Los dos hablan de la Iglesia de Inglaterra con dos palabras unidas: católica reformada. Empecemos por el más antiguo de los dos términos: católica.

La Iglesia anglicana es católica

En primer lugar, los reformadores ingleses usan la palabra «católico» con un sentido más antiguo que el sentido, más estrecho, del catolicismo romano. Es un término que se confiesa en los antiguos credos Niceno y de los Apóstoles, que se remontan a los siglos IV y V. Estos credos hablan de creer en la «Iglesia católica», la Iglesia indivisa del primer milenio. Quizá la mejor explicación del origen del término «católico» es que viene de una expresión griega, kata holos, que significa «según el todo». (nota del editor E1)

Nota del editor · E1

En griego, la expresión es kath’ holou.

El cristianismo en Britania formaba parte de esta Iglesia católica indivisa. «Católico» se refería a todas las sedes antiguas de la Iglesia (Antioquía, Jerusalén, Alejandría, Constantinopla y Roma) y no a una sola parte de esta Iglesia histórica. Además, la Iglesia en Britania reivindicaba a Jerusalén como su sede fundadora, porque el cristianismo había llegado directamente desde allí en los primeros siglos, mucho antes de que la sede romana reclamara más jurisdicción en Occidente. Por desgracia, la Iglesia indivisa se partió entre Oriente y Occidente en 1054. Cuando eso ocurrió, la Iglesia oriental tomó el nombre de ortodoxa. La Iglesia occidental reclamó para sí la palabra «católica», ligada a su sede principal, Roma, y se llamó a sí misma Iglesia católica romana. Esto preparó el terreno para la confusión sobre la palabra «católico».

Cuando se apartó a Inglaterra de la autoridad papal, los eruditos católicos romanos empezaron a afirmar que la Iglesia inglesa había abandonado la fe y el orden católicos. Llegaron a sostener que Cranmer y otros habían creado una iglesia y una teología nuevas. Su premisa era que una iglesia no podía ser católica separada de Roma. Los eruditos ingleses respondieron que nada de eso era cierto. No se estaba fundando una iglesia ni una fe nuevas. Solo se volvía a la fe católica de la Iglesia indivisa, la de mucho antes de que la Iglesia occidental se llamara católica romana.

La defensa de Jewel

Isabel I pidió al obispo John Jewel de Salisbury (en inglés) que presentara esta réplica (arriba se ve la catedral de Salisbury, desde el jardín del obispo). En 1562 escribió su clásica Apología de la Iglesia Anglicana para probar que la Iglesia anglicana no era algo nuevo, como tantas veces se dice por error al atribuir su origen a Enrique VIII. La Iglesia de Inglaterra no empezó con él. Mucho antes de la Reforma, la Iglesia inglesa ya se llamaba «la Iglesia en Inglaterra». Jewel incluso nos recuerda que el cristianismo en Britania era todavía más antiguo.

Jewel demuestra que hubo una iglesia católica en Inglaterra durante casi siete siglos antes de quedar bajo la jurisdicción de la sede romana. El Evangelio llegó a Britania en tiempos del Imperio romano, en los dos primeros siglos del cristianismo. Allí se formó una iglesia plenamente desarrollada, con obispos, presbíteros y diáconos. Sus obispos participaron incluso en concilios de la Iglesia como el de Arlés (314) y el de Nicea (325). En otras palabras, según el sentido antiguo de «católico», la Iglesia en Britania funcionaba como parte del todo y sometida a él, sin estar bajo la autoridad del obispo de Roma. (nota del editor E2)

Nota del editor · E2

No consta que a Nicea asistiera ningún obispo de Britania. En el concilio de Arlés (314) sí los hubo.

Además, la Iglesia católica en Britania tenía una teología plenamente desarrollada, basada en las Escrituras tal como las entendía la Iglesia indivisa de los antiguos credos y concilios. Cuando hubo que corregir a uno de sus propios monjes, Pelagio, quien respondió a su teología fue el gran obispo del norte de África, san Agustín (siglos IV-V). Y la teología de Agustín se usó en el tercer concilio ecuménico, el de Éfeso (431), para condenar a Pelagio. El monje huyó de Britania, pero la Iglesia en Inglaterra se sometió a lo que decidió el concilio ecuménico. Era una parte autóctona de toda la Iglesia católica en la fe y en el orden, pero el obispo de Roma no tenía jurisdicción sobre la Iglesia en Britania.

Así, aunque la Iglesia anglicana había quedado sometida a Roma en su desarrollo medieval, la ruptura del siglo XVI supuso un regreso a su forma anterior. La Reforma inglesa no creaba algo nuevo; volvía a la fe que ha sido una vez dada.

La innovación romana

El golpe de gracia de la defensa de Jewel fue volver el argumento de la novedad contra la Iglesia católica romana de finales de la Edad Media. Señaló que era la Iglesia de Roma la que, en realidad, había adoptado una fe y un orden nuevos.

En cuanto a la fe, Jewel destaca un problema propio de finales de la Edad Media: entender la gracia como algo automático, sin la fe. Ese enfoque llevó a comprar y vender la gracia. Esa teología y esas prácticas eran desarrollos más recientes y equivocados. No eran lo que enseñan la Escritura y la Iglesia antigua: que la gracia nunca puede comprarse, que solo la muerte de Cristo es el fundamento de la expiación y que para la justificación solo se requiere la fe.

Habla también de la manera católica romana de explicar la presencia real de Cristo en la Cena del Señor como una innovación de los siglos X y XI. Es la idea de que la sustancia del pan y del vino se convierte en el Cuerpo y la Sangre de Cristo (transubstanciación). Teólogos de la Iglesia indivisa, como Ambrosio, negaron expresamente esa interpretación y solo usaron la expresión «presencia espiritual» para explicar la presencia de Cristo en el sacramento. Y la Iglesia universal había admitido varias perspectivas, siempre que no se rechazara la presencia real hasta el punto de reducir el sacramento a un mero símbolo.

En cuanto al orden, hubo un obispo de Roma desde los primeros días de la Iglesia. Pero no reclamó una jurisdicción universal hasta después de la división entre Oriente y Occidente, en 1054. Todos los obispos metropolitanos de las sedes antiguas, como Constantinopla, Jerusalén, Antioquía y Alejandría, se llamaban también papa. Además, ningún obispo de Roma asistió nunca a ninguno de los siete concilios ecuménicos ni presidió ninguno. Su jurisdicción tampoco cobró mayor autoridad sobre el Estado hasta más avanzada la Edad Media. Si alguien merecía la acusación de novedad, argumentaba Jewel, era la Roma medieval.

En esa línea, un arzobispo de Canterbury del siglo XX, Geoffrey Fisher, describió la Comunión Anglicana con el sentido antiguo de «católico», como una iglesia que no tiene

ninguna doctrina propia: solo poseemos la doctrina católica de la Iglesia católica [indivisa], recogida en los credos católicos, y esos credos los mantenemos sin añadirles ni quitarles nada. Nos mantenemos firmes sobre esa roca. Eso nos recuerda el inmenso tesoro que se ha puesto a nuestro cargo y la inmensa responsabilidad que tenemos en estos días de mantener firmes las tradiciones comunes que hemos heredado de quienes nos precedieron.

— Citado en el Church Times, febrero de 1951, p. 1

El arzobispo expresa lo que los primeros reformadores ingleses, como Jewel, querían decir con la palabra «católico». Está claro que a finales de la Edad Media hacía falta una reforma. Pero ese esfuerzo buscaba volver a las Escrituras tal como las entendía la primitiva Iglesia católica en Britania, antes de que se hiciera católica romana. La palabra «católico» dio forma a su manera de entender el otro término: «reformado».

La Iglesia anglicana es reformada

¿Cómo orienta, en concreto, el sentido antiguo de «católico» la manera de entender «reformado»? Al comienzo de la Reforma del siglo XVI había una expresión latina, muy difundida en el Renacimiento, que adoptaron todos los principales reformadores: ad fontes, que significa «de vuelta a las fuentes». Para los reformadores, las fuentes eran las Sagradas Escrituras y los primeros padres de la Iglesia, que redactaron los antiguos credos y se reunieron en los concilios ecuménicos históricos. Intentaban corregir los problemas de su Iglesia de finales de la Edad Media volviendo a las Escrituras y a la teología de la Iglesia antigua. Eran católicos reformados.

Por desgracia, la mayoría de los países europeos que intentaban reformar sus iglesias se toparon con límites. Salvo en Escandinavia e Inglaterra, la mayoría de sus obispos no abrazó la Reforma. Y aun cuando la abrazaban, no podían dejar la Iglesia romana por el estrecho lazo entre la Iglesia y el Estado. Un obispo no podía apartarse de una sin abandonar el otro, y eso era prácticamente imposible. Sin embargo, reformadores como Martín Lutero y Juan Calvino nunca rechazaron, en principio, un papel bíblico para los obispos. Calvino, por ejemplo, habla de la necesidad de «obispos piadosos» en el libro IV de su Institución. Pero, salvo casos aislados, en Europa no había obispos católicos reformados. Por eso se idearon nuevos modelos de Iglesia para suplir la falta de gobierno episcopal.

La parte inglesa de la Reforma, en cambio, tuvo una oportunidad única de reformarse según el antiguo criterio católico. Cuando el rey Enrique VIII apartó a la nación de la autoridad del obispo de Roma, toda la Iglesia inglesa, con sus obispos, presbíteros y diáconos, quedó en condiciones de reformarse después. Aunque Enrique siguió siendo, en lo esencial, católico romano, los monarcas ingleses posteriores, Eduardo e Isabel, permitieron que la Reforma inglesa aplicara el enfoque ad fontes más allá de lo que logró la Reforma europea en su conjunto.

Al mismo tiempo, este intento de volver a las Escrituras y a los primeros padres de la Iglesia tenía que responder a las controversias doctrinales de la época.

La reforma litúrgica

Esta manera de entender la reforma, propia de la Reforma inglesa, aparece en los formularios anglicanos clásicos: el Libro de Oración Común (en inglés) (libro de culto), el Ordinal (forma de ordenar obispos, presbíteros y diáconos) y los Treinta y Nueve Artículos de Religión (en inglés) (declaración doctrinal).

En general, Cranmer tomó como modelo el antiguo rito mozárabe de la Galia y de España para reformar la misa de finales de la Edad Media en lo que llegó a ser el Libro de Oración Común. No desechó del todo la misa medieval tardía; más bien, la reformó volviendo a modelos litúrgicos anteriores. Como se suele decir, «no reinventó la rueda». En el servicio de la Santa Comunión, por ejemplo, restauró lo que se llamaba la misa de los catecúmenos y la unió al sacramento de la eucaristía. (nota del editor E3)

Nota del editor · E3

Los estudios sobre las fuentes del Libro de Oración Común señalan como base principal el uso de Sarum, el rito medieval de Salisbury, junto con otras fuentes de su época. El rito mozárabe es el antiguo rito de España; el de la Galia era el galicano.

La misa de los catecúmenos era un servicio centrado en la Palabra de Dios, que preparaba a la persona para recibir el sacramento. Consistía en oraciones, la recitación de los Diez Mandamientos, la lectura de la Escritura, la confesión de la fe con el Credo Niceno (en inglés) y la predicación o enseñanza del ministro, y terminaba con las ofrendas y la oración. A veces a este servicio se le llama antecomunión (ante: antes de la comunión). Cranmer vio que era muy necesario enseñar al pueblo inglés la fe que ha sido una vez dada. Quería que llegaran a la Santa Comunión instruidos en las Sagradas Escrituras (catequesis).

La reforma doctrinal

Además, Cranmer reformó la doctrina según el énfasis de la Reforma en las Sagradas Escrituras. Enseñó y formó a la Iglesia inglesa en la autoridad de la Escritura, la salvación por gracia mediante la fe sola y la visión más antigua de la presencia real de Cristo en los sacramentos. Eran reformas que expresaban la doctrina a la luz de la comprensión antigua. Era volver a lo antiguo mientras se hacía frente a desafíos nuevos.

Cranmer sí usó ideas de otros reformadores en parte de su enseñanza. En algunos puntos le influyó mucho Juan Calvino, de Ginebra (Suiza), como se ve en su primera versión de los Cuarenta y Dos Artículos de Religión. Pero, a diferencia de otras iglesias de la Reforma, la Iglesia inglesa no se basa por completo en la teología de un solo erudito, ni siquiera en la de uno tan grande como Thomas Cranmer. Por eso, quince años después de la muerte de Cranmer, la Iglesia inglesa quitó los artículos más calvinistas para dejar un margen más católico en la manera de entender la soberanía de Dios. El resultado fueron los Treinta y Nueve Artículos de Religión, en 1571. (nota del editor E4)

Nota del editor · E4

El artículo XVII, «De la predestinación y la elección», ya estaba en los Cuarenta y Dos Artículos de 1553. Se mantuvo en los Treinta y Nueve Artículos de 1571 y figura entre los Artículos del Libro de Oración Común de 1662.

Así, el anglicanismo, tal como lo quiso la Reforma inglesa, fue plenamente reformado en el sentido propio de la palabra: re-formado, devuelto al antiguo catolicismo bíblico. Sin duda ha habido y hay teólogos anglicanos que acentúan uno de estos adjetivos sobre el otro. Pero las dos palabras no se pensaron para usarse por separado, como si cada una bastara por sí sola para definir el anglicanismo. Por separado, pueden cobrar vida propia y deformar su sentido original. El desafío de hoy es devolverles su papel de calificativos que, juntos, definen el anglicanismo. Y cuando lo hagamos, quizá, así como hubo reforma hace quinientos años, vuelva a haber hoy una verdadera reforma.

Una colecta católica y reformada

Termino con una colecta que es un ejemplo del anglicanismo católico reformado: la que abre el servicio de la Santa Comunión en el Libro de Oración Común. Es una oración compuesta originalmente por Alcuino, un erudito inglés del siglo VIII. Carlomagno lo llevó a Francia para establecer un sistema de escuelas cristianas. La oración es rica en teología bíblica y en la espiritualidad de los padres de la Iglesia.

Dios todopoderoso, ante quien todos los corazones están abiertos, todos los deseos son conocidos, y a quien ningún secreto se le oculta: purifica los pensamientos de nuestros corazones por la inspiración de tu Espíritu Santo, para que te amemos perfectamente y glorifiquemos dignamente tu santo Nombre. Amén.

Una vez, en una cena ecuménica, un arzobispo ortodoxo oriental nos sorprendió a varios al recitar esta famosa oración. Después comentó: «¿Han oído alguna vez una oración tan perfecta para comenzar el culto divino?». Yo diría que su perfección expresa la esencia de lo que es el anglicanismo: el cristianismo católico reformado.

Original: The Anglican Way: Both Catholic and Reformed, de Ray Sutton.

Publicado en Anglican Compass el 22 de marzo de 2023 y revisado el 6 de mayo de 2025. Traducción de Anglicanismo.com, publicada con permiso de Anglican Compass. Las notas del editor son de Anglicanismo.com y no forman parte del original.